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David Bowie: no soy una estrella del pop

Rodrigo Alarcón Publicado el 26 de Mayo de 2017 por

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La traducción de Bowie, el libro de Simon Critchley, acaba de llegar a Chile a través de Liberalia Ediciones. No es una biografía ni menos un volumen repleto de datos irrelevantes, sino un atractivo ensayo que intenta descifrar el enigma que todavía es la obra del músico nacido como David Robert Jones: por qué nos impactó tanto y por qué, ahora, nos sigue doliendo su muerte. Acá, cuatro apuntes sobre el texto.

EL FILÓSOFO

A Simon Critchley, filósofo calvo de ceño fruncido, profesor de la New School for Social Research de Nueva York, es posible hallarlo en columnas del New York Times y del Guardian, además de las solapas de libros con temas diversos: Derrida y Levinas, el suicidio, el humor, la democracia, Heidegger.

En Bowie, sin embargo, Critchley adopta desde la primera línea un tono confesional hacia la persona que -admite divertido- le ha proporcionado más placer en su vida, una “alegría constante y continuada”. También alude a la fenomenología, cita a Hölderlin, utiliza términos filosóficos en alemán y toma la Biblia como referencia, pero nunca abandona la primera persona y su experiencia como fan. Así nos enteramos, por ejemplo, qué discos escuchó en la cabina de una tienda, cuál robó de un escaparate y qué canciones sacaba en el bajo.

Es más, la primera imagen de su libro es la gloriosa actuación que Bowie hizo en 1972 en Top of the Pops, el big bang de Ziggy Stardust de la mano de ‘Starman’: ‘Lo que me impactó no fue tanto la calidad de la canción, sino la impresión que me causó el aspecto de Bowie. Era abrumador. Parecía tan sexual, tan perspicaz, tan astuto y tan extraño. Chulo y vulnerable al mismo tiempo. Su rostro transmitía un sagaz entendimiento: una puerta hacia un mundo de placeres desconocidos’, escribe.

Sin abandonar ese tono, Critchley luego recuerda la impresión que le produjo escuchar la cara B de ese single, ‘Sufraggette City’. ‘Colisión’, en realidad, es el apropiado término que utiliza: ‘La excitación puramente física de aquel sonido era casi imposible de soportar. Supongo que sonaba como a… sexo. No es que yo supiese lo que era el sexo. Era virgen. No había besado jamás a nadie y jamás había querido hacer. Cuando la guitarra de Mick Ronson colisionó con mis órganos internos, sentí algo potente y extraño que jamás había experimentado hasta entonces’.

EL INAUTÉNTICO

A lo largo de sus 115 páginas y 25 breves capítulos, Bowie sostiene implícita o explícitamente que su protagonista era mucho más que un nombre crucial en la industria del entretenimiento. ‘Bowie no era una estrella de rock cualquiera, ni una colección de clichés mediáticos e insulsos sobre bisexualidad y bares de Berlín. Fue alguien que hizo de la vida algo menos trivial durante un período de tiempo tremendamente largo’, escribe Simon Critchley.

En ese tránsito, desmonta algunas premisas que sobreviven, como lugares comunes, en torno al rock y sus géneros derivados. ¿Un ejemplo? La autenticidad, esa supuesta cualidad que tan a menudo aparece en entrevistas, reseñas de discos, comentarios de conciertos y obituarios. Por el contrario, retrocediendo hasta Andy Warhol, Critchley explica cómo la ausencia de ésta es una de las claves en la estética de Bowie. ‘La asquerosa lección del arte es la de la inautenticidad, desde el primer momento hasta el último; una serie de repeticiones y de recreaciones, imposturas que desmontan la ilusión de realidad en la que vivimos y nos enfrentan a la realidad de la ilusión’, describe en un pasaje.

‘La verdad de Bowie es inauténtica, completamente calculada, una absoluta construcción (…) El genio de Bowie nos permite romper ese lazo artificial que parece conectar autenticidad y verdad. Hay verdad en la obra de Bowie, una verdad emotiva, una verdad escuchada, una verdad sentida, una verdad encarnada. Algo que escuchamos con el cuerpo y dentro del cuerpo’, añade luego.

Luego describe a Bowie como “un algo utópico”, en contraposición a la rutina gris y aburrida de los “agujeros de extrarradio” que poblaban chicos como él. Bowie, dice, no solo rechazaba la calle, sino que era una figura demasiado glamorosa y extraña. Su música, por lo tanto, nunca se trató de un reflejo de la vida callejera, otro tópico gastado ya no solo en el rock, sino también en otros géneros.

¿Y qué hay de las letras? Aquí va otra premisa que hace estallar, aquella de las letras como narraciones autobiográficas. Critchley escribe sobre el deseo de hallar en las líneas de Bowie algún indicio sobre su ‘verdadera’ historia y personalidad: ‘Anhelábamos ver sus canciones como ventanas a su vida. Pero eso es precisamente lo que tenemos que dejar atrás si pretendemos malinterpretar a Bowie un poco menos (…) Bowie era un ventrílocuo”, dice. Estrategias oblicuas, esa idea de Brian Eno, es el término que usa: Bowie evoca la verdad por medio de ellas.

EL ANHELO

Se sabe y se ha repetido hasta el cansancio: a lo largo de los años, David Bowie fue uno y múltiples personajes, es decir, jugó con la noción de identidad. En ese tránsito, también acudió y huyó de diferentes géneros musicales. Al explicarlo, Critchley habla de un modelo que tiene cuatro fases: habitación, imitación, perfección y destrucción.

Luego pone un ejemplo: ‘Este patrón en cuatro pasos quizá resulte más obvio que nunca en la habitación del soul y el R&B norteamericanos que hace en Young americans. Una perfecta imitación de un género conduce también a una sutil elevación de éste, y luego Bowie se aburre, lo destruye y pasa a otra cosa. Station to station presenta vestigios evidentes de Young americans, pero Bowie ya está mudando de piel y con un ojo puesto en Low’.

En esa disciplina artística ‘para convertirse en una nada fluida y creativa’, sin embargo, hay elementos que permanecen. A lo largo del libro, Critchley habla de utopía y distopía, de religiosidad, de la recurrencia de la palabra ‘nada’ (‘We’re nothing, and nothing will help us’, canta en ‘Heroes’), pero sobre todo, rebate la idea de la soledad como una marca en la música de Bowie. Lo que atraviesa todas sus canciones, afirma, es lo contrario: un anhelo y, específicamente, un anhelo de amor, que se dispara en diferentes direcciones.

‘Si bien la música de Bowie nace del aislamiento, no es en absoluto una afirmación de soledad. Es una tentativa desesperada de sobreponerse a la soledad y encontrar alguna clase de conexión. En otras palabras, lo que define realmente bien la música de Bowie es la experiencia del anhelo’, argumenta, antes de hallar esa señal en canciones distanciadas por décadas: de la misma ‘Heroes’ a ‘Where are we know?’.

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En la música de Bowie, para Critchley, lo que hay es una aparente negación que en realidad esconde todo lo contrario: ‘Podemos oír un clarísimo SÍ, una afirmación absoluta e incondicional de la vida en toda su caótica complejidad, pero también de sus momentos de éxtasis y placer. Para Bowie, creo, sólo cuando desterramos toda la impostura de las convenciones sociales, el papismo y las triquiñuelas de la religión organizada y la felicidad obligatoria que infesta nuestra cultura podemos oír ese SÍ que resuena en su música’.

LA MUERTE

Bowie es un libro publicado por primera vez en 2014 y reeditado en 2016, con nuevos fragmentos escritos a partir de la muerte de su protagonista. Las páginas finales están dominadas por este episodio, además de los discos The next day y Blackstar, y vuelven a adquirir también el tono muy personal de los primeros párrafos.

El penúltimo capítulo, aquel en que Critchley intenta descifrar ‘Lazarus’ (la canción, el video y el musical), quizás sea uno de los mejores del libro. No solo está poblado por referencias a la Biblia, sino que es donde ese análisis estético se entrelaza de mejor forma con la primera persona. ‘¿Es Bowie Lázaro? ¿Es por eso por lo que escogió este último personaje para despedirse de nosotros? ¿Y está siquiera despidiéndose si escoge el personaje de Lázaro como el de alguien incapaz de morir?’, se pregunta Critchley en un párrafo.

Es en esos capítulos donde también se entiende cuánto hubo de estética en la muerte de Bowie, cuántos vínculos hay entre su obra y su fallecimiento. Cómo, por ejemplo, la idea de la muerte que ronda ‘Space oddity’ tiene perfecta sincronía con el modo en que se despidió Bowie, con Blackstar editado apenas unas horas antes.

En ese disco, entre muchas otras cosas, Bowie canta que no es una popstar. Cada una de las páginas de este libro comprueban esa frase o, al menos, que no era solo una estrella pop. Critchley lo sintetiza mejor: ‘Para mí, y para sus millones de fans, fue mucho más que eso. Fue alguien que, simplemente, nos hizo sentir vivos’.

Bowie
Simon Critchley

Sexto Piso / Distribuido por Liberalia Ediciones

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