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El rompecabezas

Mario Varas Arévalo Publicado el 14 de Noviembre de 2016 por

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Quiero escribir sobre Cohen, pero las hojas en las que escribo me parecen falsas. Doy vuelta la pieza buscando lápices y esquelas sueltas y sólo encuentro pedazos de papeles a medio escribir, notas sobre cosas que supuestamente iba a hacer si algún día tenía libre los miércoles, un recuerdo sobre un paseo por Gamero, por Avenida La Paz, por Guanaco, buscando puertas de casas de fachada continua con cristos de eucaristías de los ochentas hormados en cobre.

Encuentro algo que un amigo escribió sobre las bicicletas que bajan a toda velocidad por el cerro San Cristobal, hacia la pirámide. Un recorte de diario sobre porqué ese sector de Huechuraba se llamaba la Pirámide, con la explicación perdida, medio quemada. Un cuadernillo lila que me regaló una compañera de universidad el año ’99, en mi cumpleaños, que registró cinco años de mi vida que creía, para bien o para mal, perdidos para siempre. Dentro del mismo cuadernillo, unas servilletas del N’aitún, con dibujos de borracho, hechos por mi amigo Hugo y mi hermana Pepa, en una junta después de ver en vivo a Stereolab. Unas canciones que se me olvidó cómo cantar.

También encuentro la carátula de los grandes éxitos de Cohen, que tiene anotadas las notas de la guitarra en ‘Who By Fire’ y en ‘Bird on the Wire’ tiene rayada la frase “como loro en el alambre”, de un amigo que seguramente encontró que esa podría ser una buena traducción del título, en ese momento específico, archivado seguramente en el data center más ineficiente de mi memoria. Un bolso lleno de lápices pasta que me he quedado a lo largo de todos mis trabajos. Un cuento sobre un joven que pasaba por una experiencia tipo “el día de la marmota”, cuando lo torturaban carabineros, el año ’74, en los faldeos de un cerro en un fundo de Llay-Llay. Una ficha bibliográfica de un libro de David Leavitt, El Lenguaje Perdido de las Grúas, cuyo reverso tiene escrito CARVER con un plumón azul que me acompañó en las fechorías un año entero. Unas fotografías de un carrete viejo, cuando rompía los chalecos para darme no sé qué onda, sonriendo con una cara que he olvidado poner. Dejo todo eso en el par de metros libres del suelo de mi pieza, y no puedo armar mi propio puzzle. Recuerdo al gran artista del siglo pasado, Aaron Slobodj, cuya última gran obra fue enviar a distintos lugares del mundo dibujos y frases sueltas, parte de un todo indescifrable, antes de desaparecer el año ’64, sin dejar huella alguna. Encuentro en mi velador más cuadernos, con entradas a conciertos y pasajes de bus. Hay uno del 2004, mi primer viaje al sur, cuando no podía despegar los ojos de la ventana, donde imaginaba mis cenizas esparcidas por toda la carretera hasta Valdivia.

Hasta hace unas horas lo había olvidado todo. Sólo quería escribir algo. Es lo que pasa cuando alguien a quien uno admira fallece. Admirar es un acto de acción contemplativa, no es estático, sino más bien una fuerza que pone en movimiento toda nuestra maquinaria interna. Admirar en Leonard Cohen supone ver con otros ojos lo cotidiano y lo propio, y traducirlo a un lenguaje musical. Al final, admirar a Cohen es admirar lo cotidiano en él o desde él. Es comprender esa calma que uno siente cuando llega a una pieza de hotel (o a tu propia habitación, aquella con pósters que nunca querrás sacar, con imperfecciones que escriben cosas en tu cabeza mientras las observas, porque hay historia mutua), luego de un largo viaje. Ese espacio eterno mientras dura, entre dejar los bolsos en el suelo, sentarse a un borde de la cama, contemplar la ventana, haya o no luz, respirar (ese instante en el que uno siente realmente el aire, cuando no es un movimiento reflejo, sino un acto de amor) hondo pero sin parafernalia, ese pequeño instante, lo es todo.

De ese espacio, físico o adscrito a la memoria emotiva, surgen las canciones.

Bueno, pueden surgir de mil maneras distintas, en realidad, pero ningún texto y ninguna canción jamás te dirá la verdad a menos que duela. El resto es mentirse. Las canciones de Leonard Cohen son un rompecabezas de sí mismo, cuidadosamente expuesto, exquisitamente poco evidente, como el límite entre la poesía, la canción y lo real, los momentos que se cuelan como peces diminutos entre las redes de lo imaginario. Son construcciones sólidas y delicadas a la vez, de las cuales él tiene la llave. Basta ver algunas de sus presentaciones antiguas para entender el grado en el que Cohen vivía su música, donde lo pequeño es y será siempre trascendental.

Y sí, he ocupado un párrafo entero para hablar de mis cosas, de mi propio rompecabezas, y es que desde lo personal es el lugar al cual me acerqué a la música de Leonard Cohen. Desde esa tristeza que sonaba como tristeza pero que en su interior guardaba un nivel de comprensión del estado humano pasos más arriba que muchos de sus contemporáneos, hasta la aventura de lo sórdido, el amor en lo profano, los diálogos que surgen desde la soledad, de esa habitación de hotel, con la cortina medio abierta, algunas palabras y dibujos desordenados sobre la alfombra.

La muerte, la única certeza que tendremos jamás, no es el fin, ni el comienzo ni el medio. Es la amiga que te acoge. Es quien te susurra lo importante que es perderse y, a veces encontrarse, en ti y en otros, en cuadros y en canciones, en la calle, en el frío, en papeles viejos.

Es raro, a una distancia que en estas cosas de la música no se percibe, despedir a alguien que sabes jamás se irá, que será siempre cercano, un santuario robusto y sincero.

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