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La Cumbre del Rock: tu rabia no es por la música

Javiera Tapia Publicado el 9 de Enero de 2017 por

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Parece que hubo un terremoto este fin de semana, Chile se pegó en la cabeza, despertamos y de pronto estábamos en 1997. Durante estas jornadas, se discutió -al igual que en el 2012- qué es rock y qué no lo es, a raíz de las bandas que componían la última edición 2017 de la Cumbre.

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De nuevo se repitió la discusión cansina sobre qué es lo que puede entrar en este género musical, que pareciera ser una especie de Olimpo. El cartel de este evento ha incluido pop desde su primera edición, de forma creciente y cómo no, si con el paso de los años son los proyectos que no-son-rock los que han ido desarrollándose a la par de un público.

En el 2007 Saiko estaba presente en el Estadio Nacional y también Nicole. En la segunda entrega de la Cumbre en el 2009, Denisse Malebrán y la intérprete de ‘Despiértame’ se repetían el plato, junto a otros proyectos como Teleradio Donoso, Francisca Valenzuela y Gepe.

En el 2012 ya fue indiscutible, el pop existía en Chile, dejó de ser aquello que se veía con tanto resquemor una década atrás y son invitados Ases Falsos, Dënver, Astro, Gepe, Alex Anwandter, Javiera Mena, Pedropiedra y Francisca Valenzuela.

El solo hecho de que aún exista un evento que reúne lo más destacado de la música local y que se llame Cumbre del Rock, nos habla de una desactualización. Hay quienes puedan pensar que el nombre no importa, pero la verdad es que sí, porque carga con un peso simbólico, lo queramos o no. Y, bueno, ¿cuál es ese peso simbólico? El que podemos ver en conciertos, letras de artistas, formaciones de bandas o comentarios de pasillo en salas de ensayo, incluso.

Algunos simples ejemplos que todos pueden haber visto alguna vez. En los conciertos de rock, tradicionalmente, son los hombres el público mayoritario y siempre están adelante. Quienes están arriba del escenario, también son hombres. Y, cuántas veces ha sido posible escuchar en salas de ensayo cosas como “pero hueón, eso es muy gay”, “qué mamasán la hueá”, “toca rock po, hueón”, si es que algún músico se sale del riff y crea una pieza a partir de otra sensibilidad, alejada de aquella masculina pero de manual. Y en el 2017, también de museo.

Hay otro punto también muy interesante, respecto al reclamo por el cartel en esta oportunidad y también en el 2012. Desde la primera vez que se realizó este evento (2007), además de incluir pop, habían otros géneros, como el hip hop, el funk, reggae y el soul. Frente a esta inclusión jamás han habido reclamos, a pesar de no ser rock. Proyectos como C-Funk, Funk Attack, Zaturno, De Kiruza, Papanegro, Quique Neira y Movimiento Original, entre otros, sí pueden ser parte de ese lugar sagrado, sin discusiones. Estas son señales que podrían indicar que lo que molesta no es que la Cumbre del Rock no sea sólo de rock, sino que varía el carácter de lo que se está representando. La carga simbólica. Ahí entra la rabia.

No es una casualidad que desde el 2007 hasta la actualidad, el cartel de la Cumbre haya incluido cada vez más números que no tienen que ver con el rock puro y duro. La historia reciente nos ha mostrado que las propuestas más innovadoras provienen desde otros géneros y no sólo en Chile, sino a nivel mundial. Es innegable que el rock, tal como tradicionalmente se ha conocido, ha entrado en un bucle de ideas, sonido y posturas. Lo que algunos llaman “actitud”, en el 2017 se podría reconocer como comportamiento de manual. Y eso no es culpa de los otros géneros, no es culpa de los proyectos que no ven al rock como un modelo a seguir y tampoco es culpa de los nuevos públicos.

Hay algunos -los mismos que siguen con la discusión de qué es el rock y quién puede o no entrar a ese paraíso- también miran con desdén lo que se oponga a su misa. “Es música para no pensar”, “son canciones sin trasfondo político”, “es pura estética”. Lo mismo que se viene escuchando desde que la industria de la música nació como tal, prácticamente (y algo caradura, además, si pensamos en que el rock nació a partir del robo blanco al blues de los esclavos, nada es tan puro, amigos).

Pero ¿es una regla que el pop es vacío? ¿los proyectos locales de este género musical están huecos? Un rápido vistazo. Qué más actitud y fuerza atronadora que la de Mon Laferte, que se fue de Chile para dejar de ser una figura marcada por su paso en Rojo Fama Contra Fama, llegó a México y a punta de tocar en las plazas, en el metro y grabando en su casa, vuelve a tocar como una diva, a un lugar que jamás dio un peso por ella (ese mismo lugar que ahora la invita a colaborar y subirse al escenario, una y otra vez). Qué más trasfondo político que el de Javiera Mena, que a la hora de armar un equipo de trabajo para desenvolverse en un lugar tan machista como la música, contrata a mujeres. Y bueno, también está Alex Anwandter, quien fue capaz de pararse en el escenario y decir que el rock era un club de hombres, una verdad que ni siquiera las -poquísimas- mujeres que han pasado por ese evento en años anteriores han sido capaces de declarar, les guste o no.

La rabia con el variado cartel de la Cumbre del Rock no tiene nada que ver con los géneros musicales. Tiene que ver con un cambio de paradigmas, con un cambio de significados. Esos mismos pequeños cambios que vemos en las calles, el que vemos cuando te das cuenta que ya no parece gracioso reírse del maricón del curso. Ese que sientes cuando ves que está mal que le digan puta a tu compañera por ser sexualmente libre.

La rabia con el cartel de la cumbre este año y también la del 2012, tiene que ver con un cambio de lenguaje, con la dirección que tomó el canto y la perspectiva de la composición también, en un determinado momento. Esa rabia tiene que ver con el hecho de que hay otras formas de pensar, de hacer música y de ser libres. Algo que molesta en la música, en las calles, en los colegios y hasta en el Congreso.

Foto* Agencia UNO

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