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Música a un Metro: que no nos repriman la alegría

Bárbara Carvacho Publicado el 8 de Junio de 2016 por

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christopher leyton
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El pasado 16 de mayo, el Metro de Santiago lanzó una campaña que parecía millonaria en sus congestionados cerebros: Música a un Metro, plan que busca “ordenar” y controlar la presencia de músicos que han utilizado el fastidioso sistema de transporte como un improvisado escenario para ganarse unos pesos, y por sobre todo, exponer su arte.
Sin embargo, el programa inspirado en medidas que ha tomado el servicio subterráneo en grandes ciudades como Nueva York y Londres, dejó de ser la perfección cuando las bases salieron a la luz.

La que explotó en las redes sociales –y que llevó a la empresa a hacer un cambio en su documento legal al recibir críticas de personajes del sector como Nano Stern y Ana Tijoux- fue aquel punto que normaba a los artistas, acortando su creatividad con cláusulas dignas de dictadura: “el músico se compromete a no usar su interpretación como herramienta de causas políticas, sociales, ambientales, religiosas o de cualquier índole de carácter activista”. Esto, sumado a que los postulantes debían presentar un catálogo de doce canciones donde sólo dos podían ser de autoría personal. Vaya manera de promover el talento.

Metro se dio cuenta de su descabellada y fascista política por lo que este lunes eliminó la prohibición creativa de las bases, lanzando un amoroso comunicado en el que ratificaron que esta campaña sólo busca “construir comunidad y aportar a una mejor calidad de vida”, tanto para los usuarios como para los músicos, o eso dicen ellos.
El cambio no consideró una lista de normas que parecen querer limitar más que apoyar a la gente que a diario tratar de hacer de su pasión un trabajo.

Las condiciones

Ok, los artistas no van a tener que cantar canciones amarillas y sin contenido, pero sí van a tener que enfrentarse a medidas que parecen sacadas del manual del mal empleador. Amigo músico, estas son las reglas que deberás seguir en caso de ser uno de los afortunados 60 seleccionados. Buena suerte.

Todo lo que te pase a ti o tus equipos, aún cuando estés dentro de las estaciones, es de tu responsabilidad y la empresa no responderá por ningún daño ni pérdida. Si deseas ir al baño, tendrás que salir del recinto. Metro no te va a prestar uno. Si prefieres cuidar tu vejiga y tomas la decisión de salir de tu establecido lugar de trabajo, ojo que vas a tener que volver a pagar tu pasaje. Sí, volver, porque el subterráneo tampoco te dejará entrar a sus dependencias de manera gratuita, aunque tengas la credencial oficial colgando de tu guitarra.

¿Emocionado porque más de dos millones de personas podrán escucharte mientras transitan por los andenes del Metro? No lo hagas tanto. El horario sólo será en horas valle y en estaciones específicas que serán entregadas por la empresa de acuerdo al plan que armen, que no busca más que ordenar el tráfico de artistas que actualmente existen bajo tierra. ¿Hambre? repetir la experiencia del baño, porque está prohibido que tu hora de colación sea al interior de sus recintos.

Podemos imaginar la excitación en nuestros artistas urbanos por este privilegio que la millonaria empresa entrega -misma que hace alarde de su Responsabilidad Social Empresarial y su contribución a la cultura- pero no te alegres tanto porque, por supuesto que no tendrás ninguna remuneración oficial por tu trabajo y talento, sólo la ganancia entregada por los transeúntes del servicio, como lo vienes haciendo hasta ahora.

Es cierto que se trata de un plan para “oficializar” a los músicos más que una opción de empleo, pero si no están entregando ganancia tangible ¿por qué los cantantes e instrumentistas tienen que “dar autorización expresa, inmediata e irrevocable, sin que sea necesario efectuar pago alguno por ello, para que utilicen nombres, seudónimos, cuentas de Facebook, fotografías, con fines promocionales, de publicidad y de difusión del programa”?

Los aliados

María Irene Soto, gerente de Asuntos Corporativos y Sostenibilidad de Metro, cuenta que la medida no sólo busca “acoger” a los músicos, sino que también “ayudarles a potenciar su talento”, por lo que se contactó con el sello Universal para que los artistas más populares logren hacer un dueto con consagrados de la SCD, creaciones que irán en un disco anual de fin de año.

Nos parece que disfrazar el beneficio monetario como apoyo es bastante incoherente cuando el espacio entregado se está limitando a 30 minutos en sólo cinco puntos de todo el servicio.

Esos mismos treinta minutos que seguramente tendrán que ocupar más de alguna vez en ser parte de un móvil matutino de Mucho Gusto, el programa de Mega que también figura como uno de los difusores de la campaña.

Desde agosto, Metro le dará la “oportunidad” a sólo cinco músicos para hacer lo que vienen haciendo hace bastante tiempo mediante votación popular, mientras que otros 55 artistas verán su certificación por decisión de un aún desconocido jurado de artistas y trabajadores de la industria.

Tal vez la medida ya no mata la creatividad, ni la expresión libre, pero sí transforma el arte en un favor que debe ser ordenado y normado por quién tiene más poder.

La empresa aceptó que la música es, básicamente, la herramienta de causas políticas y luchas sociales, pero se le olvidó recordar que la música también es un trabajo.

Es hora de despedirse de la ya tradicional música de los vagones de la Línea 4, que convive entre vendedores de gomitas de eucalipto y predicadores evangélicos. En unos meses más, el disfrute quedará opacado por guardias controladores con mala cara y gente apurada que corre a la oficina. Una campaña que deja a gente como Paula Ramírez Moreira sin su felicidad diaria, que con tino y paciencia, se animó a escribir en LUN lo siguiente:

“Subir al Metro me parece una delicia siempre y cuando me encuentre con los cantores populares o urbanos de las líneas 4 y 5. Quiero rescatar la desbordante alegría que contagian en los vagones. Antes, cuando “no existían”, la gente no sonreía, ni se miraba. Son los únicos capaces de despegar a las personas de sus teléfonos -que vuelven a la gente más indiferente- y conectarlos con la realidad presente. Cuecas, hip hop, jazz, cumbias, boleros, rancheras, música clásica, folclore…

Ellos hacen su música, mientras los pasajeros vamos suspirando con el recuerdo que nos traen las melodías: los amores, las injusticias sociales, la infancia, los paisajes recorridos, el relajo, la fiesta.

Aplaudimos, nos miramos, nos hablamos, nos reímos, los que se atreven, bailan.

No reprimamos la alegría. Dejen que, por esos breves minutos de música, la gente se vuelva a conectar con las emociones personales y las del resto. Nos hace muy bien”.

Nosotros también esperamos que no nos repriman la alegría, el respiro en el hoyo caluroso y hediondo en el que se ha transformado el Metro.

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