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No era necesario

Javiera Tapia Publicado el 10 de Enero de 2017 por

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Llevamos pocos días del año y ya pudimos ver la postal más deprimente de todo el 2017, probablemente: Jorge González, con dificultades para moverse, apoyado en sus hijos, entregando un premio -cuyo peso es poco y nada- a una figura menos relevante que él, a la que además parece no importarle lo que está sucediendo.

Antes de aquella imagen, vimos al músico compartir un repertorio centrado en su trabajo solista, finalizando con himnos. Fue una buena elección, pero no se pueden obviar las dificultades tanto motrices como del habla que aquejan a González. Y verlo en un escenario de esa manera está completamente alejado de ser algo emocionante o conmovedor, tal como se ha calificado en diferentes medios.

Existe una épica tremendamente falsa en torno a lo que vimos el sábado. Y hay otros elementos que refuerzan esta visión. En primer lugar, anunciar como una despedida a algo que -en rigor- no lo es. No hay una desaparición del líder de Los Prisioneros del ámbito musical. En entrevistas y notas previas, se puede leer que Jorge González continúa componiendo, que seguirá publicando material e incluso que no están cerradas las puertas a, eventualmente, realizar presentaciones acotadas, en formatos para recintos pequeños.

¿Por qué es necesaria la despedida de un compositor vigente? ¿Por qué ahora? ¿Por qué de esta manera? Estas preguntas pueden tener muchas respuestas, las que pueden ir desde retribuciones económicas urgentes, hasta seguir ese manual que se ha construido por décadas y décadas, en torno a la música popular. El mismo librillo imaginario que invita a sentir como propia y personal una épica inventada, ese que dice que existen los ídolos, que hay que despedirlos cantando sus himnos, como si fuera un rito, cerrando una historia. Y muchas veces, al tomar al pie de la letra lo que dicta ese compendio de acciones y deberes, algo que es derechamente triste, se ve como “emocionante”.

Esta orquestación del sábado en horario prime tuvo otros elementos, como una introducción en las pantallas del recinto, con imágenes y frases con menos alma que las presentaciones del festival de Viña del Mar y también la interrupción de Ernesto Ottone, Ministro de Cultura, para entregar la Orden Al Mérito Pablo Neruda. De pie junto a González, le sonríe, intenta abrazarlo de manera incómoda y recibe indiferencia.

Este es el segundo intento de institucionalizar un relato, de acomodar la historia de una figura que, si bien ha sido parte de la industria musical y su negocio, nunca ha estado cerca de lo gubernamental. Tomando en cuenta la distancia -y oposición- que Jorge González siempre tuvo con la clase política ¿por qué un hecho como este puede pertenecer a un momento “emocionante”?

Si nos centramos en dos conceptos, obra y artista, el mapa conceptual nos lleva directamente a otros dos: discos y escenarios. No hay duda en que el trabajo de Jorge González es de una importancia vital para la memoria y el desarrollo de la música popular en Chile. Si tanto creemos que se debe honrar ese cancionero ¿por qué no tener el mismo respeto por el escenario y lo que eso significa en la biografía de un músico?

Algunas fuentes cercanas al compositor dicen que la decisión de subir y tocar en la Cumbre del Rock Chileno fue de Jorge González y, si esa fuera la realidad, nadie tiene por qué cuestionarla. Otros cuentan una historia diferente. Pero el punto está en cómo recibimos lo que sucedió y, de parte de la prensa, también cómo se comunica. Y el resultado de esto deja una sensación de egoísmo tanto del público como de quienes lo organizaron y quienes lo cubrieron dentro de sus pautas. Por qué hay que despedir a un músico que sigue haciendo música, por qué exponerlo a recibir y entregar galvanos que no tienen ninguna importancia. Por qué exponer a una de las figuras más relevantes de la música en Chile a un momento incómodo, triste y no emocionante. Por qué demandar como fan que ese ídolo se suba a un escenario a cantar esa canción que tanto te marcó, ¡si no puede hacerlo! Por qué nuestro receptáculo de recuerdos, de nuestras memorias y nuestra nostalgia necesitan del espectáculo para poder seguir viviendo. ¿No basta con saber que existen? Esa reafirmación es innecesaria.

“Jorge González se despide de los escenarios con un concierto en el Estadio Nacional” en el papel sí suena épico, emocionante, incluso hasta se podría pensar que será un momento cargado de solemnidad. Lo que sucedió el fin de semana no tuvo nada de eso. Y es preocupante que no lo podamos ver.

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