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Son hermosos ruidos: 25 años de Loveless

Daniel Hernández Publicado el 4 de Noviembre de 2016 por

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Loveless es uno de los discos que más me ha acompañado en mi vida. Un amigo me lo grabó a principios de los noventa en una casete TDK y, durante meses, durante años, fue un recurrente de mi walkman hasta que lo cambié por un disc-man y lo compré en cd. Y siguió siendo banda sonora habitual en mi vida. Muchas noches, buscando dormir, me lo ponía acurrucado bajo las sábanas y servía como excelente guía hasta ese punto intermedio entre sueño y vigilia. Porque Loveless parece eso, la banda sonora de unos sueños indefinidos mientras se van formando imágenes distorsionadas que no sabemos si interpretar como reales o puramente soñadas.

Hoy se cumplen 25 años de la publicación de un disco que marca un momento de quiebre en la música popular. La culminación y el punto y aparte en un estilo, el shoegaze que, aunque circunscrito a una época muy determinada, dejó cierta herencia en la música independiente y un puñado de clásicos perdurables (tampoco tantos, no nos vamos a engañar). Su rastro no es complicado de ver de manera obvia en muchas bandas del underground, sino en bandas masivas como The Smashing Pumkings, en el primer y mejor disco de Garbage o en Radiohead, y en tantas y tantas bandas que usan el estudio y las capas de guitarras como conductor de sonidos, no sólo de melodías.

Las circunstancias del disco son casi míticas. Dos años de tormentosa grabación y, según la leyenda, un cuarto de millón de libras gastadas en el disco por Creation, que casi los lleva a la quiebra. Creation en aquellos años era sinónimo de calidad y riesgo. En sus filas, contemporáneos de My Bloody Valentine, estaban Primal Scream, Teenage Fanclub, Slowdive, The Telescopes, Ride, Momus, Felt, House of Love, Boo Radleys, Adorable, Sugar… cómo entre esa miriada de nombres que componen lo más avanzado e imaginativo del pop de la época terminó una banda tan previsible como Oasis, es un misterio aún sin resolver.

Evidentemente, Loveless no surge de la nada, del vacío. Los EP’s del grupo (sobre todo el impactante You Made Me Realise junto a Glider y Tremolo, los dos últimos en los que ya aparecían canciones que, más tarde, también estarían en Loveless) y su disco anterior, el igualmente desarmante Isn’t Anything, daba pistas de que MBV no era un grupo más y que un día podrían cambiar el curso de la música. Y así lo hicieron. Isn’t Anything es un artefacto lleno de belleza dream-pop por momentos avasalladora (no hay más que escuchar ‘Feed Me With Your Kiss’ o ‘Loose My Breath’ para comprobarlo).

También se encuentran en Loveless rastros de bandas como Sonic Youth, Hüsker Dü o Dinosaur Jr. Las guitarras confusas, las voces etéreas enterradas entre capas de sonidos, los inesperados ruidos (¿son gritos de ballenas sampleados lo que se escucha al inicio de ‘Touched’?) forman un todo misterioso que siempre invita a la adjetivación excesiva.

Dos veces vi a My Bloody Valentine en vivo. La segunda es uno de los mejores conciertos a los que he asistido. La primera vez, el mejor.

En una noche en la que me había decepcionado Morrissey, llevado al extremo de vergüenza ajena con Babyshambles, con una lamentable actuación marca de la casa. Entusiasmado con Siouxie, sentido indiferencia absoluta ante lo inane de Rumble Strips, aún faltaban MBV y, tras ellos, Hot Chip y, por alguna extraña razón, Mika. MBV apenas habían regresado hacía un mes antes, y llevaban sin tocar desde 1992 (excepto una sola vez en 1994) y sin rastro de música nueva, pero daba igual, había que estar allí.

Una espera en la que los nervios por lo escuchado, por lo leído, por lo deseado del momento, se podía palpar en las primeras filas que se movían con la tranquilidad y lentitud de un elefante, pero que no dejaban de mirar al resto por el rabillo del ojo no fuesen a quitarles el sitio perfecto para lo que habíamos ido a ver. Hasta los que no sabían que esa era la razón de su presencia allí.

Y aunque nos conocíamos el guión, aunque teníamos claro que sonaría nada más empezar ‘Only Shallow’ y todo el mundo gritaría, y que gravitaríamos por sonidos de guitarras distorsionadas, de voces que no se iban a poder distinguir de los instrumentos, no importaba. Lo importante era lo que escupían los amplificadores, lo que escupían las pantallas. Un tipo detrás de mí gritó : “Louder!”.

¿Para qué quieres más volumen cuando estás metido en una espiral de atronadora belleza como la que sonaba en ‘When you sleep’, en el desarmante juego vaporoso de ‘To Here Knows When?’.

Y aunque sabíamos todo, o casi todo, era como si en cada momento fuera la primera vez que escuchábamos esas canciones. Y a la altura de ‘Soon’ el show podría haberse acabado y todos felices porque es una canción para escuchar durante cien vidas y tratar de buscar el bonus de la vida extra, para volver a escucharla otra vida más. Porque ‘Soon’ era lo más parecido a un single convencional que habita en Loveless. Y no hubiese pasado nada si se hubiese terminado ahí. Pero no, porque empezaron con la ruidosa ‘Feed Me With Your Kiss’ y aquello empieza a hacer pitar los oídos. Entonces, aunque ya sabíamos qué iba a ocurrir, uno podía sentir el nerviosismo de quien piensa que de verdad lo van a besar pero, cuando sólo queda un centímetro para que ocurra, se le pasa por la cabeza que la otra persona va a apartar los labios y podría contarle a sus amigos que en realidad sí había ocurrido porque había rozado el beso, pero oye, en realidad hasta que no se produce el beso no ha ocurrido. Pero sí que nos besaron.

No puedo precisar cuánto duró ‘You Made Me Realise’. No importa. El deseo era ese y se había cumplido. Cuando, tras la parte inicial del tema, comienzan a sostener la nota y todo se convierte en un extraño ruido blanco en el que a veces se distinguen pequeñas variaciones, sabes que jamás habías estado ante nada parecido. Y también sabes que no querrías salir de allí. Y salir es un buen verbo, porque la potencia desprende tal fisicidad que estabas dentro de un pegajoso cuerpo invisible llamado sonido. Si busco en el archivo de mi memoria, a lo que más se parece es al ruido de una turbina de un avión cuando toma velocidad en la pista a punto de despegar. A eso sonaba. También al mareante crujir que acompaña a un sismo. A algo parecido a eso me recordó. Una especie de derivación acompañada por fogonazos desde las pantallas que invitaban a la confusión de los sentidos. Y por debajo, casi imperceptible, el dibujo sutil de una melodía cambiante, como Dorothy en medio del tornado, arrastrada pero aún así presente.

Habían personas que se tapaban las orejas incapaces de soportar que los oídos les empezasen a doler. Pero eso estaba bien. Porque cualquier forma era válida para la experiencia. El suelo temblaba (o temblaba mi cuerpo). A ratos cerraba los ojos y me ponía la mano en el pecho, no buscando un latido, que era inútil en esa situación porque parecía que la sangre la bombeaba la música por el aterrador sonido que venía de todos los sitios, sino para sentir con más intensidad todo aquello. Para que nunca se terminase. A ratos miraba hipnotizado al escenario, apenas a un par o tres de metros, sin moverme. Un segundo más tarde, cerraba los ojos tratando de distinguir las pequeñas variaciones en el ruido de ese motor que había sustituido las pulsaciones de los que estábamos allí. Otro rato, me tapaba los oídos y abría la boca porque entonces el sonido actuaba diferente haciendo vibrar al cuerpo de otra manera. O cerraba los ojos y apretaba los dientes y mi nariz y mis mejillas aleteaban, me llevaba la mano al cuello, por donde pasa la aorta y allí, una tribu diminuta tocaba el tamtam, bajo mi piel. Todas las maneras eran válidas para tratar de agarrar la experiencia, mutarla y hacerla única a la vez que compartida. No sé cuánto duró pero ojalá aún estuviese metido allí adentro.

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