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2016: al siguiente nivel

2016: al siguiente nivel

Daniel Hernández

Si 2015 se caracterizó por la renovación de la escena del pop independiente en Chile, la aparición de nuevas bandas y formas de hacer, en 2016 ese nuevo empujón y renovación a la generación que despuntó en 2010, parece ya integrado en los circuitos estándar. A nadie le sorprende que Niños del Cerro abran para José González o que toquen en un festival auspiciado por Red Bull junto a grandes nombres de la escena nacional, como Astro o Dënver. Hace menos de un año, durante la tocata del primer aniversario de su sello, Piloto, celebrado entre amigos en un patio trasero de una casa, pensar en eso hubiera sido una locura. La aparición en medios, festivales y tocatas integrados con las bandas de trayectoria más longeva parece ya un hecho, y de la novedad se ha pasado a la normalidad y a tratar de encontrar un público más amplio que el de base para tratar de que esos proyectos musicales sean sustentables en el tiempo.

El 2016, por otro lado, parece indicar otra tendencia reseñable y es la de una consolidación de, precisamente, los actos más veteranos de la escena del pop-rock chileno, buscando asaltar nuevos espacios, muchos de ellos emblemáticos, en apuestas inéditas por recintos mayores que, significarían, cierto grado de consagración dentro del aún estrecho circuito local.

No hay que dejar pasar por alto este asunto, si Javiera Mena y Gepe han aparecido ya en el mayor escenario del país. Aún cuando se pueda discutir la relevancia artística del mismo, a nivel de exposición es imposible negar la importancia del festival de Viña de Mar. En el caso de Gepe, fue un apoyo importante en su salto a audiencias más masivas que culminó, meses después, con su concierto en solitario más importante hasta ese momento: en un Caupolicán repleto. Gepe pudo, desde un sello independiente como es Quemasucabeza, conquistar el más paradigmático de todos los recintos de la capital (su capacidad varía de entre los, aproximadamente 4.000 a 5.500).

El problema de las salas de conciertos en Santiago y en el resto de Chile es algo que no se acaba de afrontar desde los sectores de la industria y, siendo el directo uno de los elementos centrales en la música en la actualidad (para la mayoría de los músicos es su gran fuente de ingresos), nadie parece incidir en la escasez y la precariedad de los existentes y la necesidad de una renovación y la creación de nuevas salas que den espacio a una demanda creciente de los mismos por las bandas pero, no hay que dejarlo de lado, también por el propio público. Hacer un análisis de las existentes en Santiago lleva a la desesperación. Cuesta encontrar salas decentemente acondicionadas, con un sonido sólido. Por no hablar del equipamiento de las mismas, casi ninguna con un backline propio que ofrecer como complemento a los alquileres y valores de ellas, a precios que el común del público no puede imaginar pero que es capaz o bien de frustrar las intenciones de tocar en ciertos recintos, o, de hacerlo, arriesgarse a pérdidas no menores, incluso con la llegada de una buena cantidad de público.

Cualquiera que esté metido en el mundillo musical sabe de conciertos que los asistentes ven como un éxito y que los organizadores se van con cuantiosas pérdidas. El local, el transporte, el sonido, las luces, los impuestos, la tasa de la SCD, el pago a los músicos, el catering, la promoción y muchos otros imprevistos van sumando gastos muchas veces imposibles de afrontar con la venta de entradas. Se dan situaciones en las que, llenando, se producen pérdidas. Y no podría pensar, “que no lo hagan”. ¿Debería el músico dejar de tocar?. No, la profesión de músico, fuera del glamour que se vende, es dura y, la mayoría de las veces, se trata de resistir para llegar a algún lugar en el que las cosas encuentren un equilibrio. En 2016, de alguna manera, parece estar ocurriendo eso.

Como comentamos, tras Viña, Gepe y su sello decidieron arriesgar y agendaron una tocata en el Caupolicán que resultó ser un éxito. Pero Gepe parecía un caso aislado entre los nombres que se hicieron más conocidos tras llamar la atención dentro y fuera del país sobre el pop local en el período 2010/2011. El Caupolicán es (y, por su tamaño) debe ser el emblema de la consolidación de un músico chileno. En los próximos meses, varios compañeros de generación seguirán los pasos de Gepe. Él mismo repetirá en ese recinto el 1 de octubre. Será su regreso a un espacio de ese tamaño, tras pasar por otro lugar emblemático como se ha vuelto a convertir el Teatro Cariola (entre 900-1500 espectadores aproximadamente de capacidad), en el que el pasado año celebró los 10 años de su debut discográfico, Gepinto. Su gran amiga y colaboradora ocasional, Javiera Mena, aprovecha esa misma excusa, los 10 años de su debut en el mundo el disco, con el ya mítico Esquemas Juveniles, para afrontar su primer Caupolicán. Esto se dará el 4 de septiembre.

A Javiera Mena parece haberle costado un poco más llegar a la masividad y su paso por Viña, no exento de polémica, parece haber sido el empujón que le faltaba para ello. Aunque su nombre era suficientemente popular, a la hora de convocar gente en sus shows parecía faltarle ese punto que la hiciera llegar, como una de sus canciones dice, “al siguiente nivel”. La presentación de su último trabajo –Otra Era- se hizo en el Teatro Cariola y al momento de comenzar el concierto aún se podían adquirir entradas en boletería. Tras el ciclo de ese disco, el desafío es enorme pero ella ha demostrado -de sobra- no arrugarse ante situaciones de ambición. Con una carrera fraguada en la independencia más absoluta (apenas su debut estuvo en un sello y no parece una circunstancia determinante en su repercusión), la compositora y productora está, sin duda, en el mejor momento desde el inicio y parece liberada de ataduras pasadas hacia nuevas alturas artísticas y comerciales. La excusa de los 10 años del magistral Esquemas Juveniles será el punto de quiebre para comprobar a cuanto asciende su poder de convocatoria.

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Una trayectoria amplia a lo largo de varios proyectos como Teleradio Donoso y Odisea antes de partir con su propio nombre, hacen de Alex Anwandter uno de los nombres que siempre va a acudir cuando se habla de pop en Chile. En el año en que su debut tras las cámaras en el largometraje “Nunca Vas a Estar Solo” está recibiendo elogios en festivales de todo el planeta (incluido en el prestigioso Festival de Berlín) y, a la espera de que llegue a las salas chilenas, Anwandter no descuida lo musical. Acaba de editar el aplaudido Amiga, un salto cualitativo en su carrera por ser explícitamente político. En sus entrevistas recientes pone en primer plano la toma de conciencia sobre su realidad y sobre la realidad del país, y eso ha tratado de plasmarlo en este nuevo trabajo. También es uno de los nombres que va sonando en las quinielas de cara a ser la figura “joven” para el festival de Viña. Con todos estos antecedentes, el próximo 30 de julio se enfrentará al desafío del Caupolicán, en el que será, también para él, el mayor reto en directo de su carrera, hasta el momento. Un concierto en el que promete sorpresas y que será único, y que se unirá a todos los que comentamos en la toma de pulso de la capacidad y tamaño del público local para con los proyectos pop.

Pedropiedra se suma al desafío con un show en el Teatro Cariola. Recién editado su disco Ocho, el cuarto de su carrera como solista tras pertenecer en el pasado a proyectos como CHC, su caso es de los más llamativos porque aunque tiene éxitos radiales como ‘Inteligencia Dormida’ o ‘Las Niñas Quieren…’, mantiene un perfil comercial más bajo hasta este momento. No es una figura tan descollante en el extranjero como los antes citados, y su proyecto musical se había mantenido en un perfil medio en el ámbito local. De ahí la valentía de afrontar esta empresa de presentar su directo en un escenario de tal envergadura. Será el 10 de septiembre, justo antes de comenzar las fiestas patrias.

Quien podría estar en condiciones de afrontar su primer Caupolicán sería Camila Moreno, dados los antecedentes. En menos de un año ha llenado dos recintos como el Cariola y, hace apenas una semana atrás, La Cúpula, en la que no cabía ni un alfiler, en un show de altura en lo escénico y ambicioso como pocas veces en el pop reciente. Dos horas y media (quizá demasiado largo para una artista de tan sólo tres discos, pero se entendía por el contexto de esa presentación), con una puesta en escena que iba de la mano con las circunstancias y con la sensación de que ese recinto se le quedaba pequeño. A punto de ser (buena) madre, sin duda debería estar en los planes a futuro, tras la acogida esplendorosa de un disco que ya es parte de los clásicos contemporáneos de la música de Chile, tras su triunfo sin discusión en los Premios Pulsar y aparecer en todas las listas de lo mejor de 2015 en la prensa especializada.

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Camila Moreno en La Cúpula. Foto por Ignacio Orrego

En situación similar están Ases Falsos, tras llenar sin problemas una Cúpula, un Cariola o un Arena Recoleta, y tener una de las fanaticadas más fieles de la escena musical local. Parecen ser uno de los que deberían probar suerte en ese recinto. Las peculiares características de la banda, su relación con los medios y sus presentaciones tan medidas, quizá estén retrasando ese asalto al Caupolicán. El otro nombre que sonaría en todas las apuestas sería, lógicamente, Ana Tijoux.

Otros proyectos que fueron centrales en la explosión pop del año 2010 parecen más lejanos a llegar a ese recinto. Mientras Astro anuncia un receso, quizá definitivo, sin jamás haber tocado en solitario en arenas de ese tamaño, Dënver presentó no hace mucho su disco nuevo Sangre Cita en el Teatro Cariola, al igual que había presentado allí su anterior Fuera de Campo. El concepto de pop total de su nuevo trabajo los hace, paradójicamente, menos accesibles que otros de los citados nombres y quizá esa sea la razón de no alcanzar un público tan masivo como ellos.

Pero no todo es el Caupolicán. Las metas se van alcanzando por etapas y un par de bandas han alcanzado o pueden alcanzar las suyas en fechas recientes. En el primer caso está Niño Cohete. Con un trabajo quizá bajo perfil, sin un éxito radial reconocible, presentaron hace pocas fechas en un Teatro Oriente absolutamente agotado (unas 800 localidades) su último trabajo La Era del Sur. Viendo las cifras de las otras bandas citadas podría parecer una cantidad de público no tan llamativa, pero es justo las bandas que consiguen convocar entre 400-1000 personas las que forman industrias sostenibles, la llamada “clase media”, que ni son marginales, ni su objetivo o posibilidades es ir a por el Movistar Arena. Repletar el Teatro Oriente es un éxito remarcable que debe destacarse y que debería empezar a considerar a la banda, como una de las de mayor convocatoria del pop independiente local. A por ese mismo recinto se lanza Prehistóricos esta misma semana, en el mayor concierto de la banda hasta el momento, y la prueba de fuego (al menos comercial) de su lugar en la escena.

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Niño Cohete en Teatro Oriente. Foto por Jaime Valenzuela

Lo apuntado anteriormente, de que las cifras han de tomarse en su contexto vale para el concierto del próximo viernes de Niños del Cerro. Con una semana de antelación agotaron las entradas de la Sala Master (150 de capacidad aproximada), lo que indica un elevado interés para esta banda nueva, que fácilmente podría haber doblado el recinto, dada la demanda para la presentación del extraordinario Nonato Coo (estrenado en exclusiva esta misma web hace unos meses).

Otros que han buscado hacer conciertos significativos son Matorral, con una gran presentación en el Cine Arte Alameda (unas 300 localidades) la pasada semana. Una presentación para estrenar su mejor trabajo hasta el momento, con un show de gran nivel en la puesta en escena y sonido, o Diego Peralta que presentará su disco Nuevo Hogar, en el mismo recinto este mismo viernes, en la cita más grande de su trayectoria ya de varios discos.

Diferentes ambiciones para diferentes realidades, pero que dibujan un panorama y una tendencia de consolidación de una realidad en este 2016, la de un crecimiento de la capacidad de convocatoria, del ensanchamiento de los límites del público en Chile para la música chilena, y la propia libertad de los músicos en tratar de hacer proyectos en vivo más sorprendentes, con una producción mayor y sin complejos frente a los que se presentan en cualquier otro lugar ante públicos similares.

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