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¿Acaso Me llamo Sebastián acaba de redefinir al quinto Beatle?

¿Acaso Me llamo Sebastián acaba de redefinir al quinto Beatle?

En medio del lloriqueo mundial por lo poco que pagan los servicios de streaming a los artistas —que, la mayoría de las veces pierde de vista la responsabilidad de los sellos en todo el asunto (principalmente porque cortan un porcentaje importante de la torta)—,  se asoma tímidamente el que pareciera ser el verdadero problema de la industria. No tiene tanto que ver con la justicia de la repartición de las ganancias —y no descansa en soluciones neblinosas, como Tidal—, sino más bien con el avance tecnológico y nuestra capacidad de desarrollar una industria proactiva.

Si les han dicho que vivimos en el peor momento de la industria musical y se lo han creído, permítanme compartirles una reciente investigación de Pitchfork. Allí se nombra entre muchos otros datos interesantes un episodio más drástico, acontecido hace casi un siglo: En plena Gran Depresión, la industria musical de Estados Unidos se vino a piso pasando de $1,4 billones de dólares en 1921 a apenas $100 millones de dólares en 1933.  Sin embargo, en los años ’40s, un cambio tecnológico volvería a impulsar a la industria cuando Columbia lanzó el formato de vinilo 12″ y 33 rpm, mientras su competencia RCA publicó el formato 7″ y 45 rpm.  Formatos que perduran hasta hoy.  En los años ochenta, Herbert von Karajan, el reconocido director de orquesta austríaco,  jugaría un papel preponderante en el desarrollo del CD, de hecho el primer CD comercializado en la historia es de él.  Karajan insistió en que el nuevo formato, que también venía a solucionar los problemas de piratería que sufría la industria con el casete, lograra almacenar 74 minutos para que cupiera en un solo disco la novena sinfonía de Beethoven.

Ambos ejemplos comparten un factor común: la relación innata entre tecnología y música y la necesidad inherente de avanzar juntos. El gran quiebre, como la mayoría de nuestra generación sabe, se produjo en 1999 con la irrupción de Napster y la pérdida de control sobre los formatos por parte de la industria y la posterior disociación entre tecnología e industria musical. La industria ya no busca apoyarse en el desarrollo tecnológico, porque vive en el paraíso con ingresos muy por sobre lo que habían obtenido jamás. Finalmente colapsa por sus propias decisiones, mientras los sellos y productores independientes proliferan en la periferia con modelos de negocios basados principalmente en los shows en vivo. Pero lo cierto es que jamás existirá tanta audiencia que quiera pagar por un show en vivo como la oferta que hoy existe. Santiago es el mejor ejemplo de esto; la salida de la mayoría de las bandas chilenas a mercados como el mexicano no es más que una respuesta a la lenta reacción de los productores de eventos y a los dueños de locales de música en vivo, también a la legislación; una que pone al mismo nivel de un cabaret a un bar con música en vivo, necesitando la aprobación de la junta de vecinos, que por supuesto jamás querrá tener un posible fan con incontinencia urinaria en la puerta de su casa.

En la otra vereda está también la ansiedad de muchos músicos por participar en eventos de marcas, que sucede única y exclusivamente porque hoy en día son los que pagan y bien. No habrá locales, pero sí hay marcas que pueden vestirte, alimentarte, popularizarte y pagarte. Suena bonito, pero no es sorpresa que esto también conlleve a un problema de falta de discurso, donde vemos a artistas nacionales que temen provocar o, cuando menos, verbalizar una opinión que podría ser contraria a la de sus auspiciadores, desembocando en un interés circunstancial. Quizás así explicamos el auge del Pop en nuestro país, un género musical que descansa en un discurso subjetivo y que no requiere necesariamente  de compromisos sociales para subsistir. El manoseado reportaje de “Chile Paraíso del Pop”, esconde también nuestra vergonzosa  incapacidad de generar un discurso que convoque a una audiencia por el mero hecho de la calidad musical de nuestras composiciones.

De ahí que el video presentado por Me llamo Sebastián, “La Vaca Infinita”, una idea que busca financiar —final y honestamente— su carrera como músico y no sólo un proyecto, pareciera ser una salida al mismo tiempo tecnológica y musical. Si estamos de acuerdo en que probablemente el gran aporte de internet al mundo actual es la amplitud de redes, entonces este proyecto abre el abanico desde el que los seguidores pueden relacionarse con los artistas y la manera en que se accede a los contenidos. A nivel artístico, La Vaca Infinita, podría resolver la falta de compromiso no sólo de los artistas con su propio discurso, sino también de una audiencia acostumbrada al acceso fácil con listas de invitados, eventos masivos gratuitos y la piratería.  En palabras de Sebastián este proyecto pretende levantarse sin grandes empresarios, sin sellos discográficos, y de la manera mas independiente posible. […]  con recompensas para grabar, hacer conciertos, giras y crecer.

Aunque parece lisa y llanamente una extensión del sistema de crowdfunding, en realidad es más parecido a una suscripción a un artista de tu preferencia, con contenidos y eventos exclusivos, precios preferenciales,  merchandising, etc. El glorificado “valor agregado”, necesario en la música para subsistir en un período de escasez de ingresos netos por ventas de contenidos. La idea de apoyar a ciertos artistas los obliga a tener un discurso con el que convencer no a las marcas ni al gobierno, sino a sus propios seguidores y obtener su confianza traducida en esta suscripción, quienes muy probablemente terminarían convenciendo a otros  a unirse a ese grupo, en el sentido amplio de la palabra. La famosa figura del quinto Beatle redefinida al presente simple.

Son muchas las variables a explorar en este posible modelo y no las voy a compartir aquí en razón del espacio (y la paciencia), pero es un inicio, ¿no?

Foto* Injuv.fm – Edith Aros

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