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De por qué iré a Limp Bizkit (y seré feliz)

Publicado el 14 de Julio de 2011 por

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Me da risa cuando alguien dice que me encuentra indie. Es gracioso porque el indie es como el Seinfeld de los géneros musicales -en realidad, no se trata sobre nada- y porque nadie escucha My Bloody Valentine y Slint desde la cuna, a menos que sus papás sean la gente más cool del mundo. Yo, penquista transplantado a una población en La Florida, no podría decir lo mismo sobre mi madre, acérrima fan de Miguel Bosé y Mecano (no te enojes, Negra, igual lograste que me gustaran).

Antes de entrar al liceo, donde caí rendido ante el descubrimiento de maravillas como Sonic Youth, Pavement, Stereolab y Jeff Buckley, me compré “Follow The Leader” de Korn. Ver el video de ‘Got The Life’ en el Canal 2 bastó para convencerme. Eso fue en séptimo básico, en 1998. Al año siguiente, Limp Bizkit apareció en mi vida mediante una nota en la Zona de Contacto y ese hit llamado ‘Nookie’ que sonaba una y otra vez. Una y otra vez.

Llegó así la época dorada del aggrometal, la música que necesitábamos escuchar los adolescentes enrabiados que nacimos muy tarde para el grunge, los mismos que después seríamos demasiado cínicos para tomar en serio el emo. He ahí el punto clave de toda esa época, para mí y para la gente que la vivió como yo: la pureza de carácter, la falta absoluta de conciencia sobre nosotros mismos que exhibíamos todos los que éramos hasta capaces de sufrir escuchando ‘No Sex’, (aunque fuésemos vírgenes).

Gracias a Limp Bizkit, entre otros grupos, tuve la oportunidad de conocerme a mí mismo, de abstraerme por primera vez de mis gustos y apreciar las contradicciones de mi propio pudor en desarrollo. El póster que adornaba la puerta de mi pieza era la portada de “Significant Other” (500 pesos en la feria artesanal del 14 de Vicuña) y creo que no saco nada con negar que, de haber tenido más plata, quizá me hubiese conseguido unos lentes de contacto como los de Wes Borland. Filo con verme ridículo usándolos detrás de mis gruesos anteojos. Eso sí, nunca realicé la compra intermedia: la infame gorra roja de los New York Yankees. Si bien creo nunca haber sentido el impulso de conseguirla, sospecho que de alguna manera –sólo explicable mediante alguna retorcida teoría psiquiátrica que hasta ahora desconozco- igual quería una.

Incluso tuve mis primeros arranques de esnobismo, una enfermedad contra la que casi todo amante obsesivo de la música debe luchar –y vencer- alguna vez, a propósito del grupo. Me era imposible respetar por igual a los que sólo conocían los singles radiales de la banda tanto como a los que mostraban más curiosidad, los que descubrimos en el tardío hallazgo de “Three Dollar Bill, Yall$” un pasadizo hacia Snot, Helmet y Hed PE; los que fantaseábamos con ir al Family Values Tour cuando veíamos ocasionalmente algún concierto de Rey Chocolate o Rama; los que eran más como yo. Finalmente, sincerándome, de eso se trataba.

Pero, en la época de “Chocolate Starfish and the Hog-Dog Flavored Water”, me empezó a caer mal Fred Durst. Imposible que un rubio taquillero, figurón, millonario y habitué de la Mansión Playboy pudiera hacerme sentir identificado mientras yo iba radicalizando mi forma de ver el mundo. Incluso me parecía estar obligado a odiarlo, aunque nunca lo hice, ni renegué de su importancia en mi historia. Lo que sí pasó fue que dejé de querer al grupo. “No eres tú, soy yo”, le dice el pateador al pateado. Fue algo parecido. Y además muy puntual, porque no extrapolé esa reacción al resto del aggrometal, Korn y Deftones jamás dejaron de gustarme, me alegré mucho cuando Rékiem alcanzó el número 1 en MTV y los comentarios que degradaban al género siempre me parecieron poco sensatos.

Así pasaron varios años. También pasaron la música y la vida, que me llevaron a experimentar uno de los peores momentos para cualquier ratón de discoteca: esa gran ruptura amorosa que ensucia todas y cada una de las canciones que te gustan. Prohibido escuchar Leonard Cohen, Silvio Rodríguez o Magnetic Fields. Si hasta La Casa Azul me daba pena. Y de pronto, igual que los ateos que ante el infortunio se ponen a rezar, Limp Bizkit estaba de vuelta en mis parlantes con el álbum que supuestamente había matado la magia. ‘Boiler’ ahora sí que tenía sentido y razón. Si a mí me faltaba el coraje para gritarle “¿cómo pudiste hacer algo así? / espero que sepas que nunca volveré” a la culpable de todo, al menos había quien lo hiciera por mí.

“Recuérdame que alguna vez fui libre, alguna vez fui cool, alguna vez fui yo”, dice la letra de ‘A Reminder’, mi lado B favorito de Radiohead. Yo creo que la muerte empieza cuando uno se olvida de eso y que en los discos está el secreto para conservar el brío. La primera vez que entrevisté a Gepe, me dijo que para él había música que era como amar a la mamá. Aunque pelees con ella, no puedes resistirte cuando cocina algo rico y te llama a la mesa, tienes que ir. Es exactamente lo que representa Limp Bikizt para mí: una conexión con la más tierna y desprejuiciada adolescencia. Un asunto personal.

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