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La noche en que el rocanrol fue realmente peligroso

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Los Rolling Stones ya se autoproclamaban como la banda más grande del mundo el 6 de diciembre de 1969, cuando finalizaron su gira por Estados Unidos con aquel infame festival gratuito para 300 mil personas en el circuito automovilístico de Altamont, en California. Así se puede escuchar en la introducción de Get yer ya-ya’s out! (1970), el álbum que recogió esas presentaciones en vivo, y también en Gimme Shelter, la película que los históricos hermanos David y Albert Maysles filmaron junto a Charlotte Zwerin y estrenaron en 1970.

Era una de las más célebres encarnaciones de los Stones. Con Mick Taylor apropiándose de la guitarra, con Keith Richards incendiando la otra, con Mick Jagger convertido en un concentrado de energía, lujuria y miradas demoníacas. Con Charlie Watts y Bill Wyman como un metrónomo que sostenía todo el pulso de la banda. Y en casi dos horas, la película retrata la historia que desembocó en la noche más oscura de los Stones, antes de las giras multimillonarias, las pantallas de alta definición, los fuegos de artificio y la mercadotecnia al servicio de una boca con la lengua afuera.

Antes de todo eso, los Rolling Stones eran una banda que podía actuar en un escenario pequeño, con el público pegado a la tarima para sentir más de cerca el fuego interno que transmitían mientras Mick Jagger cantaba aquello de que por más que ha tratado y tratado, nunca está satisfecho. Y así se ven en la película. En plenitud, por ejemplo, abriendo un concierto en Nueva York, con una versión irresistible de ‘Jumpin’ Jack Flash’; o haciendo su deliciosa lectura del blues tradicional con una versión inolvidable del ‘Love in Vain’ de Robert Johnson. El filme los captura en los estudios de Muscle Shoals, a medio camino entre el tedio, la fascinación y el estupor, escuchando las primeras versiones de “Wild horses”. Muestra los tira y afloja de representantes, autoridades y periodistas, consiguiendo un lugar para el concierto. Y, sobre todo, retrata a una banda que se convertía en el paradigma del rocanrol, es decir, una música que es al mismo tiempo rebeldía, sexo, fuego, energía y violencia, a veces todo revuelto en un mismo instante de electricidad.

¿Cuántas veces habrá que ver Gimme Shelter para que sus secuencias más violentas dejen de sorprender? Es como una espiral en que el desenfreno se va apoderando poco a poco de las cientos de miles de personas que se apelotonaron ahí en Altamont, sumergidas en las más diversas sustancias. Lo que debía ser una postal de la contracultura en boga por entonces, terminó de la peor forma. Primero están los Flying Burrito Brothers tocando ‘Six days on the road’ en estado de gracia, cuando aparecen los primeros intercambios de golpes entre el público y esos motociclistas brutos y feroces llamados Hells Angels. Al rato, ya se escuchan los llamados a la calma y los clamores por doctores o ambulancias. Luego, la vorágine no se detiene: hay que desalojar el escenario para hacer espacio a los Jefferson Airplane, que detienen su ‘The other side of this life’ en pleno éxtasis, con una batahola sobre el escenario y el cantante Marty Balin golpeado por los mismos Hells Angels.

Como una cruel paradoja, la primera canción de los Rolling Stones que aparece es una versión especialmente sucia de ‘Sympathy for the devil’, cuyos primeros versos se escuchan con el caos ya desatado entre el público más cercano al escenario. Lo que sigue son minutos en que solo se estira la cuerda, para ver cuánto aguanta antes de cortarse para siempre. Hay un momento, en pleno solo de la misma ‘Sympathy…’, en que los muchachos de las primeras filas miran estupefactos a Mick Jagger, le gritan algo, le mueven la cabeza en señal de reprobación, hasta que el vocalista decide retomar el baile, moverse hacia el costado y mirar desafiante a otro sector del público, como ignorando el inminente desenlace.

Al final, justo después que Jagger repite innumerables veces la frase ‘I pray that it’s all right’, en una versión particularmente guitarrera de ‘Under my thumb’, es cuando el brillo de un cuchillo rompe la oscuridad. El joven afroamericano Meredith Hunter se acerca con una pistola en la mano, Alan Passaro -uno de los Hells Angels- lo intercepta a puñalada limpia y así es como se pinta una de las noches más oscuras de los Stones. Los Maysles lo grafican magistralmente, no solo registrando el desconcierto del instante mismo, sino también mostrando a Jagger revisando la secuencia, cuadro a cuadro para dilucidar qué es lo que ocurrió exactamente. “Fue tan horrible”, dice frente a las cintas de grabación, con el ceño fruncido ante el horror que había tenido frente a sus ojos. Resignado, resoplando, estira sus articulaciones y se retira, antes que la película explote con aquellos versos nunca más certeros de ‘Gimme Shelter’, la canción: la guerra, el asesinato, están a solo un tiro de distancia.

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