The Stones Roses acaba de difundir su primera canción nueva en más de dos décadas. La expectación por el estreno de ‘All for one’ se sintió hasta una ciudad tan lejana como Santiago de Chile. A eso ayuda el bombardeo informativo: que se han reunido a grabar, que se estrenará un single tal día y a tal hora, que es el adelanto de un nuevo disco. Una bola de nieve.

Escribo esto desde la vereda del auditor fascinado hace años por los Stone Roses. Y digo con ellos y no con su música porque el encanto trasciende las composiciones. La carátula de ese disco debut, con el fondo a lo Jackson Pollock, con los limones-remedio-contra-las-lacrimógenas, es una pieza clave de esa fascinación. También la pose del grupo, los cortes de pelo, la ropa, los bailecitos de Ian Brown, la locura de fines de los ’80 en Manchester o lo que podemos imaginar de ella. Todo aquello cabe en la fascinación por el pop, todo aquello cabe en la fascinación por los Stone Roses.

Sin embargo, en los días previos, la nueva canción apenas me producía curiosidad. Vivimos una época de magnificencia, donde cada pequeño gesto es amplificado por los medios digitales y sus infinitas réplicas. Como un nuevo disco de Radiohead, como el cartel de un gran festival, el anuncio de una nueva canción de los Stone Roses puede seguirse al modo de una cuenta regresiva. Cuántos me gusta, cuántos compartidos, cuántos retuits. Toda noticia se vocea como gran golpe, pero la mayoría parece no estar a la altura de las expectativas. No por su magnitud, sino por la fanfarria desproporcionada que las precede. No creo que ‘All for one’ sea una mala canción, como dicen algunos, pero tampoco que haya merecido tal pompa.

Retornos como el de los Stone Roses ignoran que, por naturaleza, la música es un arte efímero y que lo que atesoramos de ella es su registro y su recuerdo, muchas veces confundidos. Ese maravilloso disco debut fue hecho en circunstancias irrepetibles y lo que nos fascina es la tensión con ese pasado, la vibración del momento. Los músicos siguen viviendo, por supuesto, pero el instante es irrepetible y su réplica es siempre fallida.

¿Por qué es necesario que vuelvan las bandas? Una respuesta: así podemos ver, al menos una vez, a todos aquellos que no alcanzamos a ver en su momento. Está bien, pero eso se soluciona con un concierto, una gira y no mucho más. Es una celebración, más que un intento por estirar la cuerda, y los Stone Roses lo capturaron muy bien en el emocionante documental Made of Stone. ¿De verdad necesitábamos una nueva canción? ¿Alguien creía que iba a tener la arrogancia de ‘I wanna be adored’, la melodía encantadora de ‘She bangs the drums’, la marcha implacable de ‘I am the resurrection’, el ritmo adictivo de ‘Fool’s gold’? Si no lo hicieron con Second Coming, por qué habrían de hacerlo ahora.

Es fácil escribir un argumento así con un teclado y no con un contrato jugoso sobre la mesa, es cierto, pero no es ese el punto: The Stone Roses tiene todo el derecho a reunirse, a alimentar su cuenta corriente, a salir de gira por el mundo (y ojalá lleguen hasta acá). Pero también nosotros tenemos el derecho a no conmovernos con la máquina publicitaria y la retromanía. Tenemos derecho a escuchar a las bandas que nos enamoran también como un reflejo de su época y a recordar que el paso del tiempo es inexorable. Se va una época, se acaban sus bandas y es así no más. Para eso quedan los discos, las fotos, los recuerdos. Qué perfecto sería The Stone Roses si solo hubiese grabado ese debut, sin secuela.

A esta altura, parece que los únicos que resisten la tentación del retorno son los Smiths. Por eso, su estatura crece día a día. Por ahora.