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Coiffeur: Romper con todo

Coiffeur: Romper con todo

Guillermo Alonso (en adelante, Coiffeur) se hizo de un prestigio en nuestro país, a base de reiteradas visitas y presentaciones. Con dos álbumes, Primer Corte y No Es, el cantautor invadió discos duros y memorias emotivas propensas a la dulzura de su apuesta acústica. Entre ambos elepés se intuía cierta continuidad, una línea que fue borrada con la aparición de El Tonel de las Danaides, su nueva placa. Un trabajo que lo muestra más contemplativo y ensimismado que nunca, y sobre el que conversamos con él en la casa de Rodrigo Santis de Congelador.

“Hubo un tiempo prudencial de espera. Me parece que eso fue necesario, aunque se estiró, porque la producción se tomó con bastante tranquilidad y eso al final de cuentas aportó mucho. Era algo que necesitaba profundamente. Cuando estaba terminando No Es, tuve un presagio: estaba en el estudio y me di cuenta de que a partir de ese momento habría un quiebre, fue un presentimiento muy fuerte. Dije ‘ya está, lo próximo tiene que ir a otro lugar’”, cuenta el argentino, refiriéndose a los cuatro años de lapso entre sus trabajos.

“En un punto, por aburrimiento, sentía que debía usar nuevas palabras y armonías, como si hubiera una parte mía agotada. Tenía que hacerme cargo de eso, fue un proceso bastante doloroso, ahí encontré la analogía con la mudanza. Que no se entienda como algo dark y melancólico, sino como una cuestión existencial, de hacerse preguntas sin encontrar respuestas certeras, sólo verdades relativas. Es dejar un espacio y habitar otro, en forma simbólica. Puede llegar a ser angustioso, porque uno parte y deja un lugar donde estaba cómodo. Todo eso ocurrió a nivel personal y musical”, explica.

Coiffeur se toma su tiempo para elucubrar pensamientos en voz alta. Habla lento y reposado, como si fuese un anciano con un generoso repertorio de historias que contar y la convicción de que vale la pena esperar por lo que tiene que decir. “Necesitaba tomar cierta distancia sin volverme frío. Mi pretensión era generar un relato que se abriera todo el tiempo, que cada cosa fuera desplegándose sin cerrarse. Los otros discos eran bastante concretos y literales, más como habitaciones donde uno se mete, mira, experimenta y se va. La intención que yo tengo ahora es la de crear espacios que no tengan límites”, se explaya.

Sobre esa persecución de lo infinito versa también el nombre del álbum. El Tonel de las Danaides alude al barril sin fondo al que fueron condenadas, en la mitología griega, las hijas del rey Dánao. Luego de asesinar a sus maridos, por mandato paterno, el castigo que recibieron fue llenar aquel tanque por toda la eternidad. “Ahí está esa idea, aunque dudé sobre el título en todo momento porque no quería quedar como un intelectual. En mi periodo de búsqueda, la mejor opción era leer mucho, hasta que di con la palabra ‘danaides’ y me gustó mucho, después encontré su significado y la historia. No me interesa hacer una bajada tan estricta del asunto, pero está íntimamente relacionado con el disco y lo que dice”, afirma el trasandino.

“Sigo centrado en la canción, ése es su esqueleto. Las armonías y las atmósferas estaban planteadas desde los acordes, después me junté con Pablo Grinjot (que es violinista y violista) y tocamos e improvisamos. Le hablé del lenguaje de la música para películas y, aunque creo que no logramos eso, se convirtió en un nuevo punto a desarrollar”, cuenta sobre el armado de la placa. “También escuché varios discos, como el Jóia de Caetano Veloso, del que no sé qué decir. Cuando lo conocí, sentí que él había hecho todo muy bien, igual que Noah Georgeson. Después, charlamos mucho con los productores sobre lo que yo quería. En un momento, nos fuimos a una quinta y grabamos para probar cómo sonaba, de hecho, en la versión final hay varios ambientes y ruidos. Así hicimos El Tonel, que yo siento que es de todos, aunque lleve mi nombre. Es el que menos me pertenece en solitario, diría que es más de banda”, resuelve.

Con o sin acompañantes, Coiffeur estaba decidido a desgarrar al tedio desde el cuesco. “El aburrimiento venía en el mundo de las letras y el de la música. Yo quería romper con todo. Siento que llegué a un lugar que me interesa, es cuestión de parámetros, pero creo que en la línea coiffeureana hubo una ruptura”, opina. Ese mismo cambio se hizo evidente cuando, en el concierto de Antofagasta, la gente le preguntaba sorprendida por qué ahora trataba diferente a su guitarra, como si anduviera en cámara lenta.

“Estoy empezando a tocar con un trío de cuerdas, intentando retratar el planteo del disco, donde no teníamos el presupuesto para pagarle a una orquesta, pero la idea era sonar como una. Entonces grabamos muchas veces los instrumentos, tratando de sacar provecho a la limitación. En algunas canciones, queríamos un sonido de cámara; en otras, más orquestal. Como las producciones de Scott Walter y otros de los setentas, que a mí me interesan mucho. De repente, existe la posibilidad de viajar solo y entregar las partituras a personas de cada lugar, esa opción también me gusta”, declara.

“Yo esperaba que les resultara más difícil, pero parece que no, por suerte. Eso me pone contento. Rompe con un prejuicio mío, con un pensamiento que tenía sobre que lo nuevo les iba a costar mucho, en relación a los anteriores. En general, tuve buen feedback y buenas críticas”, cuenta. Eso sí, para él, lo más reconfortante no se encuentra en el exterior. “Me siento muy contento porque la sensación que tengo con este disco nunca me había pasado. Antes, no encontraba la manera de llegar donde yo quería, y creo que eso jamás se logra. Pero ahora escucho El Tonel y quedo tranquilo con el concepto, con el desarrollo creativo”, confiesa.

La satisfacción del argentino se debe al logro de un entramado complejo, que invita a la introspección y que pasea por conceptos tan profundos como el heideggeriano Dasein, con el que bautizó a una de las canciones del largaduración. “Quería generar un relato, desde las letras, pero sin ser lineal ni usar introducción, nudo y desenlace. Uno puede buscarlo y encontrarlo, es muy laberíntico, por eso decidí que los títulos de las canciones no contuvieran palabras que aparecieran en la misma letra, para abrir el sentido y dar una impresión que se fuera ampliando”, complementa.

“Hay una especie de juego que me interesa compartir. Últimamente pasa que escucho discos, leo libros y veo películas, pero me resulta más atractivo lo que me interpela o me genera preguntas y me deja pensando. Esto es comunicación, uno busca poner en común sus propias inquietudes. Me parece algo necesario para mantenernos todos despiertos, con una energía que tenga ida y vuelta”, afirma. Puede que sea la antítesis de lo que todos esperaban y que se extrañe aquel juguetón pulso acelerado, pero Coiffeur sabe que su misión va más allá de acompasar amoríos juveniles. La abstracción es un camino sin retorno y él ya lo emprendió.

 

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