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BMTH: “hay bandas de rock que no tienen ni un solo hueso, nos sentimos incómodos en esa frontera”

Bárbara Carvacho Publicado el 26 de Marzo de 2019 por

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¿’Pray For Plagues’? Cosa del pasado. No uno que se pueda obviar o esconder, pero pasado al fin y al cabo. De los niños con caritas adorables y death growl que escuchamos en el Count Your Blessings del 2006, poco queda. Siguen luciendo jóvenes, sí, y a veces uno que otro grito se le escapa a su líder-vocalista-productor-modelo-ídolo-de-escena, Oliver Skyes.

Han pasado más de diez años, Myspace perdió un montón de música y los oriundos de Sheffield se aburrieron de ser otra banda más tratando de sobrevivir en el un de cadáveres del emo, el hardcore y el metal core. Poseros para muchxs, referentes para otrxs, Bring Me The Horizon no sólo ha sobrevivido, lo ha hecho con olfato, atentos a sus seguidores y a sus propios intereses musicales personales.

Antes del regreso de la banda a nuestro país, pudimos conversar con Jordan Fish, también productor del trabajo de la agrupación, además de tecladista y coros. Cinco años lleva en esta aventura; antes de girar por el mundo, y ser marido y padre, su música se canalizaba en un proyecto musical del barrio que lejos estaba de aterrizar en un Lollapalooza.

“Wow, Workship. Un dato profundo. Y añejo, jajaja. Supongo que tuve un poco de suerte, considerando que todo partió en el vecindario”, inicia la conversación al ser consultado respecto al secreto para mantener la vigencia, sobretodo siendo hijo de internet y su población de haters, o con un grueso de seguidores adolescentes, que tienden a crecer y dejar en su cajón más oculto los discos de épocas doradas.

“Estoy en conocimiento de los haters de nuestro trabajo, pero nos hemos esforzado un montón para poder disfrutar de nuestra música y hacer lo que queremos. Estoy cien por ciento involucrado en lo que tocamos y creamos, lo que es bueno no sólo para el resultado final, también para no morirte de agobio. Este proyecto pudo haber sido un fracaso, pero hubiese sido mi fracaso porque he puesto mucho en esto. Lo hemos intentado una y otra vez”.

Su convicción no queda flotando si es que se revisa la discografía de la banda, evidencia de la intención de los músicos para llevarse siempre un poco más allá, romper etiquetas, sacarse el estigma que puedan cargar por la adolescencia.

“A la gente le gustan las etiquetas y los rotulados musicales. Creo que lo más probable es que sigamos siendo una banda de rock para la gente. Con rock me refiero a la norma más corriente y básica. Hacemos música que podría catalogarse como tal y tendemos a tratar de borrar esa frontera entre lo que la gente piensa que somos y lo que vemos nosotros, lo que piensan que podemos hacer y lo que realmente hacemos, o lo que deberíamos o no hacer”.

Jordan ha demostrado en sus teclados que no quiere ser el clásico tecladista de rock, pero no porque tenga algo personal con el género, más bien parece ser algo con sus exponentes. “Hay bandas de rock que no tienen ni un solo hueso, nos sentimos incómodos en esa frontera. Sabemos que nuestra música horroriza a muchos de los seguidores tradicionales de este género, también a los del pop; pareciera que estamos en medio de muchas cosas. De todas formas, me parece encantadora la fusión inusual que logramos: que a veces es una bofetada de golpe ligado al metal pero otras es algo totalmente opuesto”.

“A ratos sabes que estás escuchando rock pesado, rock rock, pero de pronto estás haciendo algo mucho menos rudo de lo que solíamos ser. Creo que nos gusta tener en cuenta esa dualidad cuando escribimos y componemos, vamos pensando nuestra red con un sonido peculiar en la cabeza. No queremos una repetición eterna de la historia de nuestra música, y sentimos que la gente está disfrutando el último trabajo así que podríamos decir que estamos mutando estilos y rompiendo etiquetas personales”, agrega.

Quieren alejarse de lo que escucharon mientras crecían pero, al mismo tiempo, esperan rescatarlo en una frecuencia más similar a lo que son hoy. Quieren llevarse a otros lugares. Ese fue el fin de Amo, su último disco, para el que se tomaron cuatro años, el limbo de tiempo más largo en toda su historia de estudio.

“Tener más espacio libre -o trabajar durante mucho tiempo en un disco- lo hace totalmente diferente. Cuando terminamos That’s the Spirit, nos dio esta necesidad de algo distinto; es como en la política o el fútbol cuando las personas dicen que para la próxima temporada quieren desafiarse.

Tuvimos dos cosas en mente: el tiempo a nuestro favor y el querer cambiar. Suena mucho más simple de lo que es, porque puedes empezar un camino de experimentación donde aparecen muchas cosas que pueden funcionar pero que no todas son útiles. Tampoco queríamos volver a repetirnos ni a caer en clichés que vivimos en el pasado. Quisimos algo aventurero, interesante y emocionante. Esa fue la fuerza principal de Amo, no queríamos hacer sólo cuatro acordes sin ninguna inquietud, queríamos emociones, ángulos distintos”, cuenta asegurando que fue mucho más difícil el tener más tiempo. “Creo que hicimos un gran avance en cuanto a originalidad y eso es gratificante”.

Lo pensaron bien, y así apareció Dani Filth y Grimes como apoyos vocales y “aportes energéticos” a los tracks que acompañan, ‘Wonderful Life’ y Nihilist Blues’, respectivamente. Trece canciones en las que a ratos son los hermanos chicos de Avenged Sevenfold y en otros los primos lejanos de Skrillex. La fusión del nacido a finales de los ochenta, el adolescente de garaje y emo, y el adulto que hoy revuelve entre sus viajes personales en pro de música. Y hay mucha música dando vueltas entre Sykes, Matt Kean, Lee Malia, Matt Nicholls y Jordan.

“Es verdad que quisimos alejarnos de los géneros que nos tomaron en la juventud, pero al mismo tiempo quisimos rescatar cierta onda noventera”. No es fácil ponerse de acuerdo, comenta, sabían que querían combinar ritmos inusuales con una estructura de acordes peculiares, sumado a una melodía diferente, pero en la práctica fue un recorrido mucho más largo.

Respecto a su instrumento y trabajo como productor de este largo, asegura que el mero hecho de tener bases de canciones más flexibles le permitió incursionar en tintes más majestuosos, incluso épicos. “Antes mis opciones eran más escuetas, mucho más ligadas a la línea sonora del rock pero ahora le metimos un poco de vanguardia electrónica donde podemos involucrar efectos y teclados bien electrónicos sin descuidar la guitarra o la batería. Supongo que es el primer paso para que quede claro que vamos a mutar. Escuchamos todo tipo de música y tenemos muchas influencias, y creo que en Amo se puede apreciar una vibra de décadas pasadas, ochentas o noventas, que son las referencias y contextos en los que nos desarrollamos como personas”.

El desafío fue tomar toda esa /onda/ y hacer que funcionara con el rock de la década pasada. No querían hacer una versión diluida de lo que los influenció cuando pequeños, no querían nostalgia ni dolor por el paso del tiempo. “Queríamos rave alemana, rock de campo, herencias del blues, y sé que hay un montón de canciones así pero en Amo puedes encontrar otros detalles: hay una continuidad con nuestra historia pero con muchos más pliegues en el proceso”. El detalle es el que sorprende, dice.

“Fue agotador pero logramos generar experimentos de estudio que nos dieron sonidos a los que realmente pertenecemos técnicamente. Sin duda es una de las cosas más difíciles que hemos tenido que hacer. Muchísimo trabajo. Mucho estrés. Son las cosas que te dan el empuje; siento que llevamos tanto rato cavando que ya no vale la pena rendirse. Empezamos jóvenes así que tenemos la garantía de la experiencia que nos permite no abdicar, hemos generado confianza en nuestras capacidades. Estamos tratando de escribir la música que nos nace, aunque eso signifique una historia de fracaso”.

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