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Matorral: El pasado ya fue

Matorral: El pasado ya fue

Rodrigo Alarcón

A veces, los cuatro músicos que conforman Matorral parecen anhelar la invisibilidad. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, intentan desviar las miradas, o más bien los oídos, hacia la música. Así lo repiten en esta entrevista y, quizás por eso, el concierto que realizarán este jueves 30 para presentar su disco Gabriel (2015) será en el Cine Alameda. Allí presentarán sus once nuevas canciones, mientras en la pantalla se verán imágenes especialmente creadas para la ocasión por el artista Gabriel del Favero, hermano de Antonio, guitarrista de la banda. Sus rostros, sus figuras, quedarán recortadas sobre la música y las imágenes.

Será la primera vez que muchas de esas canciones suenen en vivo, porque cristalizaron por primera vez en el estudio. Nunca sonaron en una sala de ensayo, así que los integrantes de Matorral han pasado las últimas semanas aprendiéndolas : “El disco tuvo mucho de hacerse en el minuto en que se grababa. Obviamente había una idea previa, pero los arreglos específicos surgían en el momento. Además, en la edición y mezcla hubo gestos musicales que se movían de lugar o sencillamente se omitían”, explica Antonio del Favero, quien se encargó de la producción junto al cantante Felipe Cadenasso. El bajista Gonzalo Planet y el baterista Italo Arauz completan la alineación.

“Cuando empezamos a hacerlo en vivo, llegó un punto en que volvimos a escuchar el disco, a veces por pistas, para ver qué quedó de lo que hicimos y realmente hubo que reaprender algunas cosas. Ha sido un reaprendizaje para nosotros mismos”, detalla Antonio.

Luego de Remoto Control (2013), Gabriel es el segundo disco creado por la actual formación de Matorral, una banda que ha tenido varias encarnaciones: sus primeros registros datan de 2003, con Iván Molina en la batería como el motor de un trío a medio camino entre la psicodelia y la música de raíz chilena. Hoy, son un grupo completamente distinto. O no tanto, según se desprende de esta conversación.

Gabriel es un disco hecho con la idea del estudio como espacio de creación, no de un simple registro de lo que hacen en vivo. ¿Van a continuar esa idea en el futuro?

Felipe Cadenasso: No sé, depende de la música que hagas. Nosotros le damos vuelta a algunas cosas timbrísticas y por eso era mejor grabar y después reaprender la música. Es un buen desafío, porque amplía las posibilidades y efectivamente puedes tocarlo. Por decir una cosa específica: tenemos una canción con una frase de trompeta, ¿cómo toco el teclado si tengo que tocar la trompeta? La solución fue que Antonio graba las frases de trompeta y luego las dispara a tiempo, lo que nos encanta porque así la frase está tocada y no es una grabación. Así, vas aprendiendo que el uso del estudio también permite ampliar todos los aspectos.

¿Qué atractivo tiene trabajar todo en estudio, da más libertad?

FC: Mucha. También permite realmente escuchar la música, salirte de ti y decir “ya, olvidemos que toqué y si me gusta o no”. Por ejemplo, para Remoto Control empezamos a sacar cosas que teníamos grabadas. Probamos harto en el estudio, pero al escuchar podíamos decir que un vacío funcionaba súper bien, por ejemplo, porque si la guitarra hacía el acorde, al tiro se descubría toda la armonía. En cambio, era más misterioso que no estuviera el acorde completo, sino que solo el bajo, así no tenías idea si era un acorde mayor o menor, pero según la melodía de la voz te dabas cuenta. Todo ese tipo de cosas fue por no tener temor a manipular las pistas que grabamos. Decir “es bacán esta guitarra, pero no va porque gana más si entra después”.

¿Eso lo dan los años tocando? Porque cuando empiezas, siempre quieres que esté tu guitarra, que suene fuerte.

Antonio del Favero: Absolutamente. En estos dos discos hemos aprendido mucho a manejar los planos, a entender cómo funciona lo que uno quiere en términos estéticos. El cliché de una “buena” mezcla es el bombo y la caja fuertes, un bajo súper lleno, pero cuando escuchas tu propia música y piensas cuál es la estética que quieres darle a las canciones, te atreves, por ejemplo, a vaciar las canciones, lo cual para mucha gente es un suicidio. ¡Esta la voz sola con la batería! ¡Terrible, está todo muy expuesto! Empiezan a aparecer elementos de cosas que nos gusta escuchar, como el jazz, donde los planos son muy distintos a los de la música pop o rock.

También es un asunto de ego: quiero que se escuche lo que yo toqué.

AF: Por supuesto. El ego es un temazo, no es trivial, porque es el tipo de cosas que corrompe a las bandas.

FC: La cosa es dónde poner el foco. Por suerte, estamos de acuerdo en ponerlo en la canción y eso permite liberarte de ese ego, no darle vueltas y preguntarte por qué te sacaron solo a ti de la mezcla, por ejemplo.

AF: Hay canciones, por ejemplo, en las que yo no toco nada. Y no importa, no reclamé.

¿Qué tanto ha cambiado la imagen que tienen del disco, desde que salió el año pasado hasta ahora?

AF: Quizás es muy reciente aún. Con Remoto Control me pasa que al tocar en vivo las canciones, descubrimos sonidos que nunca recreamos. Con Gabriel me pasa un poco eso, escuchar ciertos momentos que ya hemos desarrollado distinto en vivo y a veces uno echa de menos en el disco lo que pasa en vivo o viceversa. Pero está bien, es un diálogo.

FC: Cuando grabamos Remoto Control, lo que tocamos era menos parecido a lo que terminó siendo el disco. Teníamos la intuición de ir hacia un lugar y fuimos a buscarlo, pero también había algo levemente más convencional de banda, de lo que había sido Matorral. Cambió harto en las mezclas, sacamos hartas cosas. En este disco trabajamos harto en el estudio, pero teníamos más claro lo que estábamos haciendo.

AF: Eso se da porque al grabar había una lucidez estética que todavía no teníamos en Remoto Control. No hubo tanta intervención en los timbres, como sí sucedió ahí, donde derechamente hay canciones que partían en guitarras acústicas y terminaron basadas en un teclado, sin guitarras, como ‘Buitres’. Acá fuimos a buscar algo más directamente en el minuto en que se grabó.

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Gabriel ha tenido muy buenas críticas y en los últimos Pulsar fueron premiados dos veces. ¿Se esperaban esta recepción?

Teníamos miedo igual -responde de inmediato Antonio del Favero, riendo.

FC: Puede ser. Yo no esperaba que tuviese tan buenas críticas, pero sí estaba tranquilo porque lo encuentro amable. Es un cruce un poco raro: las canciones no tienen las estructuras típicas de la música popular, pasan cosas que se escapan del mundo de los hits de la música más oreja, pero a la vez, tienen algo amable. Hay cierta madurez y la incertidumbre era saber si se escucharía…

AF: Con esa apertura.

FC: Claro, porque a veces los discos se escuchan esperando algo. Te dicen “está bueno, pero no va a poder lograr tal cosa”, como si fuese algo malo. A mí me sorprendieron para bien las críticas, porque también eso valida algo hacia atrás. Tengo amigos músicos que nos dicen que es increíble cómo fuimos cambiando, pero yo lo encuentro natural. Incluso cuando tocábamos un rock mega sicodélico, en la época de Resonancia en la zona central (2007), en mi cabeza la fantasía era mucho más musical de lo que sonaba.

¿No era tan distinto a lo de ahora?

FC: Era una idea que estaba atrás, pero no tenía las herramientas para concretarla porque escuché rock toda mi vida. Hay canciones como ‘Quién duerme’, que es súper folk, pero la secuencia de acordes tiene algo más misterioso. Yo eso lo linkeo absolutamente con lo que nos gusta hacer ahora.

Pero probablemente no se notaba hacia fuera.

FC: Porque no tenían por qué saber el trasfondo, pero incluso la gráfica de Resonancia… no es la de una banda de rock tocando la guitarra en la portada, por decir algo. Lo que me agrada es que hay gente que ahora se da cuenta que nuestra carrera era mutable, que no estábamos tan pegados como pensaban.

AF: Cuando hablamos de la evolución de la banda, no puedo dejar de recordar el primer disco solista de Felipe (El movimiento, 2009), que fue una inflexión radical. En Resonancia… hay canciones que a uno le llamaban la atención porque se desmarcan de la idea de este rock más lanzado, psicodélico, pero con El movimiento uno nota que había mucho más. De hecho, se fue a otro extremo, a otros timbres, a otro modo de cantar.

Además que es un disco solista, pero involucraba a otros músicos, algunos de Matorral.

FC: Claro, está Gonzalo. Yo le decía que tenía esas canciones y podíamos hacer un disco más acústico con Matorral, pero él me dijo que lo sacara como solista mientras movíamos Resonancia…. Como dice Antonio, eso alimentó lo otro.

AF: Las posibilidades compositivas de Felipe quedaron menos monocromáticas. Al tiro fue evidente que había más de lo que la gente podía escuchar a partir de lo que mostraba Matorral. Grabar un disco como El movimiento es un cambio radical, mucho más brusco y, para mí, más clave para lo que vino después. Ahí hay canciones bajo otra estética.

Yo iba a plantear que Remoto Control fue un cambio radical, pero veo que ustedes no lo entienden así. Al menos, ¿significó alejarse de las convenciones del rock? ¿Cómo lo ven, con la perspectiva del tiempo, además?

FC: Hay un continuo, en el sentido de que hay rasgos de eso, sobre todo, en la segunda parte de Resonancia… Los discos solistas nos permitieron probar otras cosas y ya para Un ejercicio (2013) estábamos muy involucrados. Cuando nos planteamos trabajar un disco nuevo de Matorral y le dijimos a Ítalo y Antonio que se sumaran, el mismo Antonio me decía “¿qué voy a hacer, si tú tocas guitarra y es muy reconocible en Matorral?”. La idea era hacer otra cosa y en los primeros ensayos al tiro se notó, por ejemplo, en tocar lo más despacio que pudiéramos, porque queríamos probar los timbres y escuchar las voces.

Eso cambió mucho, tu forma de cantar, ¿por qué?

FC: Yo no puedo escuchar la música de antes, porque la voz es terrible y tampoco quería cantar en esa época. No tenía un espacio para explorar la voz, porque tocábamos súper fuerte. Ahora empezamos al tiro a tocar con menos decibeles. Fue súper entretenida esa época, porque sentamos bases que hasta hoy perduran, que son acuerdos implícitos en la sala de ensayo. No tiene que ver solo con decibeles, sino con un rollo de interpretación.

AF: También hubo cosas explícitas, abiertamente hablamos de probar otras cosas. Se sentó una base a partir de una instancia que ninguno había vivido a ese nivel, de estar en una banda y realmente escuchar lo que estaba pasando, generar un diálogo musical. Ahora yo soy adicto a eso, a la posibilidad de que una banda dialogue al momento de ensayar y componer. Además, a todos nos obligó a ser extremadamente precisos como músicos, porque el error lo escuchábamos todos y, por último, por orgullo quedabas muy expuesto. Ahí es cuando empiezas a pensarte como banda de una manera distinta, a ver que tienes más posibilidades musicales de las que imaginamos. Eso lo exploramos en Remoto Control y, sin duda, en Gabriel. Todo es posible, no hay arreglo que no podamos hacer. Esa posición, con tu propia música, es un lujo. Yo lo vivo así.

FC: La idea fue hacer esto pero sin estar tiesos y sufriendo, sino que disfrutando. Eso nos ponía en un plano que nos gusta mucho, que es lo que transmite Mark Hollis o gente que hace música popular cercana al jazz, porque eso tiene… no sé si decir elegancia, porque no es solo eso, sino que es una seriedad. Es decir que no estoy jugando, no solo quiero agarrar la guitarra eléctrica y hacer un berrinche. Eso es válido, pero aquí queremos hacer otra cuestión.

Es un punto interesante, porque a diferencia de otras cosas más técnicas, la intensidad del volumen es muy evidente y estamos muy acostumbrados a que sea alta. Nadie se lo cuestiona demasiado.

AF: Es lo que nos gusta de la música clásica, por ejemplo.

FC: Son otras influencias, es lo que pasa con el jazz. La batería está amplificada con dos micrófonos mega ambientales y el bombo suena más chiquitito, pero entra alguien y mete un saxo del infierno.

AF: Hay un enfoque en la musicalidad y no en impactar. En el pop y el rock, a veces, hay una lógica de impactar a la audiencia por motivos extra musicales. Puede ser una guitarra, pero con un volumen o un efecto que te atornilla el cerebro. Es válido, pero nos interesaba que todo lo que suceda musicalmente en Matorral tuviera que ver con la música.

FC: Hay cierta densidad que nos interesa que no tiene que ver con el volumen, sino con lo que pasa armónicamente. Es como que alguien considere que la música de Stravinsky es liviana porque no tiene decibeles. ¡Es más rockera que muchas bandas de rock! Es brutal armónicamente, va por donde quiere, hay algo por acá y otra cuestión disonante por allá, de pronto se unen… es psicodelia total, mind blowing, pero no tiene que ver con el volumen. Lograr ese tipo de atención nos interesa.

Pero en la primera etapa de Matorral tú eras un guitarrista muy rockero, que hacía solos largos, usabas ese lenguaje y -supongo- lo disfrutabas.

FC: Es que era lo que podía hacer. Mi familia no era tan musical y cuando aprendí a tocar, lo primero que escuché fue rock, entonces al tiro aprendí ese lenguaje. Ahora lo pienso y soy muy fan de AC/DC, pero dentro escuchaba temas que tenían cambios poco comunes para ellos y ya me llamaban la atención. Yo lo pasaba súper bien tocando guitarra, al tocar en Fruto Prohibido aprendí el lenguaje del R&B y después podría haber tocado esas frases toda mi vida, pero ¿qué más? Ahora miro para atrás y digo “puta, que soy lento. Podría haber aprendido otras cosas mucho antes”. Para mí es muy loco mirar atrás. Hay canciones como ‘Dentro de las piedras’ que digo ¡qué freak! Es como si hubiese sido otra persona, pero también recuerdo lo que me pasaba. En Matorral era difícil controlar lo que sucedía, era una banda desbocada, por lo que nos pasaba en nuestras vidas y todo. Después cambiaron muchas cosas. Era otro mundo musical, pero fue el camino. Me da un poco de vergüenza cuando miro atrás.

¿En qué sentido?

FC: No es que lo encuentre malo, pero prefiero no escucharlo, tiene una carga, ya fue. Yo compongo harto y guardo cosas, pero ya no reviso las del 2003, llego hasta el 2009 o 2010, porque tienen que ver con lo que hacemos ahora. Se me hace difícil pensar un show rescatando material de atrás. Quizás algunas cosas podrían ser, pero tendrían que entrar en esta nueva interpretación.

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