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Tomasa del Real o cómo “cualquiera con WiFi puede ser dueño del mundo”

Tomasa del Real o cómo “cualquiera con WiFi puede ser dueño del mundo”

Hace unos buenos meses que un grupo de amigos se las pasa entonando frases como “cómprame cosas, eterna choriza”, “de día deportiva, de noche sata”, o “en mis tetas le escondo la mota”. Desde ese punto que la curiosidad sobre Tomasa del Real -nombre adquirido tras molestias de algunos que la tildaban de “negra” y “poco femenina”- comenzó a crecer. La popularidad de Valeria Cisterna subía como la espuma, igual que las ganas de saber quién estaba detrás de esta confrontacional mujer, más cuando las anécdotas sobre ella aumentaban, dentro de ese mismo grupo de amigos, que tanto esperaban sus presentaciones en alguna disco de Bellavista.

Como poco importaba cuántos pitos se fumaba, si le hacía a otras drogas, o si le gustaban las mujeres, llegué a la oriunda de Iquique con una inquietud mayor: ¿qué es la música para Valeria? ¿Cómo la joven del norte se convierte en esta exhuberante cantante que se pasea por Europa y Estados Unidos de gira? “No sé si tuve canciones que me marcaron y si las tuve ya las olvidé”. Una de las primeras interacciones con Cisterna sólo logra ampliar la incertidumbre. “Yo sé que la gente siempre piensa que uno por cantar es súper nerd de la música, pero al menos yo no. Yo soy nivel usuario, toda la vida he estado escuchando reggaetón”, seguido de esto, Tomasa me envía diez links de Youtube con sus piezas favoritas del género por estos días. Aquí va la que más me gustó.

Valeria no tiene canciones favoritas ni discos de cabecera, y su proyecto nace con la idea de molestar a sus amigos utilizando su creatividad, tal como lo hace desde el colegio con el diseño de vestuario, las clases de karate, las reuniones de scout, entrenamientos de tiro al arco y la organización de eventos. Llegó a la música sin desearlo realmente. De hecho, este arte “nunca fue un tema importante” en su vida. Mientras sus amigos iban a tocatas emo y pasaban la pena y la rabia con canciones, ella bailaba Fulanito y se aprendía los temas de Aqua, mismas bandas que la acompañan desde sus primeros cassettes que grababa en su equipo llamado Wachulero Moon, en directa homenaje a las Sailor Moon.

Tal vez ni ella misma logra entender cómo llegó a convertirse en cantante. El ejercicio de ponerse audífonos y salir a caminar con algún artista acompañándola no existe en la vida de Cisterna. De hecho, su ritual musical se basa en abrir Youtube y dejarlo correr hasta que aparezca algo que llame su atención lo suficiente como para guardar el nombre. En una de esas lo escucha en el futuro. Aún así, encontró momentos para musicalizar con reguetón su vida, como aquellos paseos en auto por Iquique junto a sus amigos -que terminaron por convertirse en la base de inspiración de su trabajo- tomando el acento centroamericano y las joyas, para transformarlos en odas a la fiesta en el norte.

“Yo creo que los reguetoneros no hacen discos, sino singles que duran un mes y luego ya son desechables. El género es así”, me dice Valeria en su primera respuesta, la que buscaba conocer cuáles eran los diez discos que habían marcado su vida como Valeria y como Tomasa.

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Cualquiera con un buen WiFi puede jugar a ser el rey del mundo

El misterio que envuelve a Tomasa del Real va desde este apodo inspirado en las mujeres africanas, hasta su posición casi solitaria de reguetonera. Cuando trato de descifrar qué se siente andar sola en esta carrera que ha estado liderada históricamente por hombres que escudan la misoginia en halagos y frases que consideran románticas, Valeria anula la conversación. “No me imagino a alguien preguntándole a Daddy Yankee qué se siente ser hombre haciendo reguetón”, me dice, y es verdad. No debería sentirse algo muy especial el ser mujer en tal o cual género, pero es una lástima que frases como “a nadie mantengo, me pagan por las fotos, por los eventos”, “quiero ver cómo se te sube la temperatura, como cada vez se te pone más dura”, o “soy la bomba de Hiroshima, sabes que soy la más cochina”, no tienen un trasfondo más que hacer rimas pegajosas. Aquí no hay poder, sólo una réplica de las canciones que han acompañado a la artista a lo largo de su vida.

“Es tema. Me lo preguntan siempre”, dice, aún cuando considera que es irrelevante. “Yo en lo personal no me cuestiono esas cosas, a mí me da lo mismo con quién tirai o lo que sea que te haga hombre o mujer”. Afortunada Tomasa, que no ha tenido que “pasar momentos fomes por ser mujer” y que siente que el género no la afecta, al contrario.

Pechugona, directa y viciosa. Si Tomasa empezó su viaje musical sin un mensaje, hoy al menos ha adquirido uno. “Hoy tengo algo para decir: no quiero que todos sean de una manera u otra. Quiero que sepan que uno no necesita ser el mejor”, o conocer muchos discos, “ni ser flaca, ni hombre, ni mujer, ser cuico o flaite”. Se nota en el público que va a sus presentaciones que el reguetón logra reunir a lo mejor de Vitacura y Maipú, a travestis, gordos, gays, y adictas al ritmo. El punto con la artista es bailar y pasar un buen rato al ritmo de su neoperreo, término acuñado por del Real para promocionar su música en las mismas plataformas sociales que la han elevado al punto en el que hoy se encuentra.

“Hoy en día tenemos Internet, y cualquiera con un buen WiFi puede jugar a ser dueño del mundo”, como ella hace. Todo logrado luego de abrazar su amor y su odio, de ser sincera con ella misma. “Yo me abracé y logré compartir lo que tenía para decir”, algo que va más allá de sus canciones favoritas o sus discos de cabecera. Y su sinceridad es esa: no saber de música, sólo hacerla.

Ahí está la oriunda del norte, convirtiéndose en la reina del mundo a través de un género que considera desechable. La verdad es que Tomasa del Real no respira música, no anda ñoñeando con datos, ni mucho menos es docta en su manera de hablar sobre esta rama. Y no es que sea necesario o excluyente para ser parte del arte, pero el misterio que la envuelve es bastante más sencillo de lo que se puede llegar a pensar.

La chica que llegó a la música “más que nada por molestar a mis amigos en momentos de ocio” no tiene mucho para decir sobre las raíces de lo que hace. “Lo más lindo que me deja la música es poder seguir mi vida como antes cuando mi trabajo era ser cien por ciento tatuadora”, o sea, “poder viajar por el mundo, conocer gente hermosa, ganar buenas lucas, pasarlo bien y ser feliz”. A medida que Tomasa del Real lo pasa bien, también lo hacen sus seguidores. Para bailar y hacer de los beats perreables una bandera de lucha, habrá que buscar a otro exponente. Tomasa prefiere quedarse con el título de la más choriza.

Fotos: Francisco Ávila para Pousta