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Blonde Redhead: Carrera con obstáculos

Blonde Redhead: Carrera con obstáculos

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Viernes 28 de septiembre, Teatro La Cúpula, Santiago
Foto por Felipe Fontecilla

No estaba cómoda Kazu Makino. Los problemas de retorno aguaron los primeros minutos de Blonde Redhead en Chile, y la cantante del grupo lo hizo notar. El empalme neoyorquino, perfeccionista hasta la crispación, se lleva pésimo con los errores porque está poco acostumbrado a fallar. Aunque, de no ser por la mención, casi nadie hubiese advertido el contratiempo: la memoria muscular de la vocalista hizo que el apuro pasara desapercibido. Fue sólo una de sus muestras de clase, porte y gracia; Makino rompe la simetría estética en Blonde Redhead, la de ver en acción a los idénticos hermanos Pace, pero cohesiona el resto con el oficio que dan 19 años tocando en vivo.

Poco importó el contratiempo de audio. Lo que sí pesó fue el tonelaje de las canciones del trío, extraídas principalmente de sus últimos discos, “Penny Sparkle”, “23” y “Misery Is a Butterfly”; controversiales entre fanáticos conocedores por el progresivo redondeo de bordes sonoros que en los 90 solían ser afilados. Más allá de las odiosas comparaciones con ese pasado, regido por limitantes preceptos del shoegaze y el dream pop, Blonde Redhead defiende sus temas recientes con justa razón: tienen la sustancia necesaria para justificar un show en que la música habla por sí misma y no deja mucho por explicar.

Vaporosa, 'Love or Prison' empezó a tejer la telaraña en la que el trío, del que sólo se veían siluetas en un comienzo, capturó a La Cúpula. Las inquietantes 'Falling Man' y 'Oslo' antecedieron al golpe de gracia, 'Spring and by Summer Fall', cuya guitarra debe seguir tan atascada en las cabezas de los que estaban ahí como el cencerro de 'Dr. Strangeluv' y el tarareo de '23'. Acuoso a ratos, humiento cada otro tanto y siempre aturdidor. Así fue el debut de Blonde Redhead en nuestro país, cerrado con disculpas por el problema técnico del inicio, y 'Equus' para desequilibrar la balanza a favor suyo y olvidar de una buena vez los baches. Prueba superada. El sabor de boca al final: dulce como la voz de Kazu Makino.

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