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En Órbita: mirando por el retrovisor

En Órbita: mirando por el retrovisor

Quizás la actuación de The Sonics sea un buen ejemplo de las contradicciones que plantea un festival por el revival como En Órbita, cuya primera edición se realizó el sábado en el Espacio Broadway, con una asistencia apenas regular. Solo el saxofonista Rob Lind estuvo en su génesis, pero los norteamericanos dieron una vibrante actuación. En ella combinaron clásicos de Here are the Sonics (1965) y The Sonics Boom (1966), los dos discos que los convirtieron en una banda imprescindible, con las canciones del más reciente This is The Sonics (2015), que, por cierto, no se aleja demasiado de lo que habían hecho hace 50 años. Fue un encendido concierto, animado además por fanáticos que armaron una fiesta en las primeras filas. Es emocionante, también, tener al frente a un intérprete como Rob Lind, aun cuando parezca más un señor de edad que un salvaje rocanrolero de garage. Sin embargo, también es inevitable desatender que la que está en el escenario es más parecida a una banda tributo, con incorporaciones que ni siquiera integran la formación actual, como Jake Cavaliere (The Lords of Altamont) en el teclado y Evan Douglas Foster (The Boss Martians, Dirty Sidewalks) en la guitarra.

Algo similar ocurrió con Os Mutantes, nombre que en realidad designa solo a uno de los fundadores, el cantante y guitarrista Sérgio Dias. Es emocionante, nuevamente, escucharlo interpretar ‘A minhna menina’ o comandar una renovada versión de ‘Bat macumba’, ambas del maravilloso debut homónimo de 1968. También lo es descubrir paulatinamente la cita al solo de ‘While my guitar gently weeps’, pero nuevamente es ineludible preguntarse: ¿es esto realmente Os Mutantes?

Así las cosas, los mejores momentos de En Órbita fueron aquellos donde la mirada no estaba puesta exclusivamente en el retrovisor. A Place to Bury Strangers, por ejemplo, entregaron estupendos pasajes de ruido y una fervorosa actuación, con instrumentos volando por los aires y un epílogo de antología, con los tres integrantes tocando bajo el escenario y mezclados entre el público. Del mismo modo, Camila Moreno dejó claro que era absurdo el horario original que se le había asignado -14.30 horas- y aprovechó el espacio que originalmente Los Jaivas tenían en el cartel para brindar un formidable concierto, a la hora de mayor convocatoria. Él Mató a un Policía Motorizado hizo lo propio, con un repertorio basado en La dinastía Scorpio (2012) que fue recibido con efervescencia por las primeras filas. Si a la medianoche ya el frío se había apoderado del Espacio Broadway, allí el fuego quemaba gracias a algunos de los momentos más conmovedores de la jornada.

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Más tibia -como era de esperar- fue la recepción que tuvo la reunión de Föllakzoid y Atom, quienes repasaron III (2015) bajo la oscuridad y el parpadeo de una pantalla, entregando el absoluto protagonismo al sonido: un ritmo hipnótico y múltiples detalles que aparecen y desaparecen. Es un show que si no atrapa al auditor, lo deja completamente fuera de su ámbito, y por eso hay una dosis importante de atrevimiento al programarlo en horario estelar. También Dead Meadow entregó instantes para atesorar, cuando el calor comenzaba a dar tregua y el público se asomaba en mayor número. Al cierre, The Dandy Warhols ofrecieron una correctísima actuación, pese a los problemas técnicos evidenciados por ellos mismos desde el escenario y que -pasadas las una de la mañana- la convocatoria ya había disminuido. No fueron los únicos: temprano, a la encendida reunión de Guiso (“venimos desde el pasado”, introdujo el guitarrista Álvaro Guerra) le faltaron guitarras en ese mismo escenario; más tarde, The Holydrug Couple apenas remontó el vuelo hacia el final de una presentación basada en el estupendo Moonlust.

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Un párrafo aparte merece la actuación de Los Mirlos, ajenos al rock que dominaba el cartel. Aun cuando son otro ejemplo de músicas que tuvieron su momento de mayor actualidad hace décadas -se iniciaron en 1973 y recién debutaron en Chile- su presentación fue de las mejores postales del festival. En una hora de actuación y con sus característicos uniformes verdes, hicieron escasas pausas y fueron encadenando, una tras otra, aquellas grandiosas cumbias conducidas por la guitarra reverberante de Danny Fardy Johnston. Menos cool y más sencillos que sus colegas de cartel, lanzaron copias de sus DVD al público, pidieron hurras por Chile y Perú y contagiaron a una mayoría que, hasta entonces, había permanecido ausente y casi apática. Un revival también, pero muy sabroso.

Si quieres ver imágenes del festival, visita nuestro álbum, por Maira Troncoso.

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