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El Inmortal del Traje Blanco

El Inmortal del Traje Blanco

Por Carlos Mella L.

Descontextualizado, pero sentido desde el corazón.  Las siguientes líneas, son para el “Inmortal del Traje Blanco”. ”Tío Lalo”, a usted dedico estas líneas con todo mi respeto y admiración.

Siempre supimos que este momento iba a llegar. Algún día el “Tío Lalo” tendría que abandonar este mundo. Tarde o temprano, la apuesta la iba a ganar “la pela”, y aunque no quisiera, al igual que todos, tendría que cumplir su destino e irse “de espalda al loro”.

A pesar de que era solo cosa de tiempo, la partida de este insigne artista nacional, ha causado que por un momento el pernil se atragante en la garganta y el pipeño pierda su dulzura. Nadie debe quedar indiferente a la partida del gran Eduardo Parra.

Lo deben saber los cantores de cueca, quienes deberán hacer sonar su voz, panderos y guitarras, de tal manera que no se escuche ningún llanto ni lamento.  Las ramadas  no deben cerrar sus puertas, en ellas deben ser recibidos todos aquellos que quieren pasar las  penas zapateando y moviendo los pañuelos negros en señal de la tristeza que embarga a nuestros corazones.

Lo deben saber los marineros quienes a pesar de  seguir invadiendo nuestros puertos en busca de las caricias de amantes sin nombre, no podrán obtener ninguna sonrisa de estas estrellas, quienes nunca superarán la partida de uno de sus clientes “regalones”.

Lo deben saber los historiadores, quienes a pesar de haber leído todos los libros de Jocelyn- Holt, Sergio Villalobos o Gabriel Salazar, nunca podrán tener la sabiduría de nuestro “tío querido”. Un conocimiento aprendido directamente de las calles y la tradición popular, materias que no aparecen en ningún texto, ni pueden ser almacenadas en alguna biblioteca.

Y es que aunque nunca siguió una corriente ni perteneció a alguna escuela delimitada por el tiempo y el espacio, “El Tío Lalo” es un artista que supera cualquier clasificación reduccionista. Nunca asistió a ningún conservatorio, pero siempre fue un genio de la música. No leyó ningún libro para aprender a tocar guitarra, pero sus composiciones aparecen en todos los  textos relacionados con la música nacional.

Así partió  otro integrante de la familia artística más importante del siglo XX chileno.  Se fue para juntarse con la enorme Violeta y el incomparable Roberto.  En el cielo lo espera el Nanito Nuñez; Fernando González  Marabolí y Segundo Zamora, verdaderas fuentes de inspiración para las nuevas generaciones de cueca que han aparecido con el correr de los años.

Su legado musical será  el instrumento con que “el Tío Lalo” se mantendrá dentro de nuestra memoria para siempre.  Al escuchar sus composiciones podremos ver su teñida blanca con corbata roja,  su enorme manejo con la guitarra y su gran sentido del humor.

Así fue “Tío Lalo”, y de esa misma forma debemos recordarlo. Con grandes sonrisas y tonadas picarescas. Con ramadas que no cierren, y bailarines de cuecas que dejen su alma “en la cancha”.  Con perniles gigantes y pipeños deliciosos. 

Sólo de esta forma, la vida y obra del hombre que “en Mejillones perdió su amor” siempre permanecerá presente en nuestra historia oficial, esa que  se reescribe diariamente en las calles de nuestro país y que nunca podrá ser incluida en ningún manual.

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