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El otro Lollapalooza (y no te enteraste)

Daniel Hernández Publicado el 24 de Marzo de 2016 por

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Mientras cerca de 15 mil  jóvenes bailan al ritmo que marcan los ritmos elegidos por Flosstradamus, delante de mí, tres de ellos -como muchos otros- lo hacen subidos en los asientos que rodean la pista del Movistar Arena. Dos chicas adolescentes y un chico de su misma edad sudan, se mueven de manera espasmódica y reparten feromonas (reales o metafóricas) de manera inconsciente. Hay algo perturbador y bello en ese gesto que repiten otros varios de miles de personas en el mismo recinto. De repente, una de las chicas, la que está en medio, presa del ritmo febril se quita la polera quedando en sostén mientras no para de bailar. No hay nada de impudicia en el gesto y sí de liberación momentánea.

Como ella, muchas otras chicas están así o con la parte superior de un bikini, mientras ellos muestran pectoral, liso y aún sin marcas. Tras el gesto de arrancarse la polera se gira a su izquierda y besa en los labios a su amigo para, un segundo después girar a su derecha y hacer lo mismo con su amiga. Los tres siguen bailando esos fragmentos de canciones que se suceden sin solución de continuidad sólo interrumpidas, más bien acompañadas por las arengas que llegan desde la mesas de sonido alimentadas por las proyecciones. Mientras tanto, fuera de ese recinto, ocurrían una serie de conciertos que, a los allí presentes, no les podía importar lo más mínimo.

Lollapalooza 2016 Parque O´Higgins, Santiago, Chile. Escenario: Flosstradamus Banda: Perry´s Stage by VTR (Claudio Santana/Getty Images/Lotus Producciones)

(Flosstradamus por Claudio Santana/Getty Images/Lotus Producciones)

Entrar en el Movistar Arena durante las dos jornadas de Lollapalooza era como llegar a otro mundo. Sin duda a otro festival que no tenía nada que ver con el que cuentan los medios. Haciendo un repaso a las crónicas locales de lo acontecido ninguna (ni siquiera la de este medio, la que más, de manera extensiva y mejor ha cubierto el evento en Chile) se detienen en contar lo ocurrido en el gigantesco recinto llamado para la ocasión Perry’s Stage. Si uno trata de buscar los imprescindibles en las recomendaciones previas, aquello que iba a marcar el festival, tampoco vería recomendado a los artistas de la mezcla que desfilarían por la Arena más grande del país excepto en contadas notas, como una no demasiado trabajada en La Tercera de hace unos días. Lo que ocurría en el Movistar era invisible antes del festival, lo fue durante el mismo, y lo está siendo al terminarse. Una parte sustancial del mismo parece no haber ocurrido más que en los recuerdos de los que allí estuvieron.

Esto no es nuevo. Cada año sucede lo mismo con la programación electrónica. Y es extraño dado que, daba igual el momento en que uno se acercase a ese lugar, siempre estaba lleno hasta arriba. Era sorprendente la capacidad de convocatoria independiente del nombre que en ese momento estuviera tras los mandos de la mesa de mezcla. Las 5 mil almas danzantes no desaparecían. Estamos hablando de, aproximadamente, una cuarta parte de los asistentes. Pocos, apenas ninguno, de los conciertos en los diferentes escenarios del Parque O’Higgins, pueden presumir de convocar tal cantidad de gente. Pero nadie habló de ello.

Bien es verdad que cualquier festival que se precie suele disponer de un área electrónica propia en forma de escenario. Pero, si por ejemplo lo comparamos con otro de los grandes festivales en Chile, el Primavera Fauna, sus sesiones o live sets son mucho más de nicho y orientados al mismo público que va al propio festival. En este caso, la selección está pensada como un festival en sí mismo. Hecha con conocimientos, inteligencia e intenciones de saber qué quiere el público al que va a congregar. Si el festival tiene aspectos criticables (desde organizativos a editoriales) este, claramente, no sería uno de ellos. Tener a A-Track, Duke Dumont o Zedd le otorga al cartel un peso que ya quisieran muchos festivales exclusivos del género.

Este año se ha vivido, de manera excepcionalmente patente, un rejuvenecimiento del público asistente. También de los artistas convocados. Y esto debería ser motivo de celebración. Pero no fue así. Nada más anunciarse el cartel no era raro leer/escuchar las quejas de que era el más flojo de todos los años, que había perdido su esencia, y que no tenía apenas interés. Todo ello motivado por la ausencia de grandes nombres de los años 90, auténtico motivador, al parecer, para mucho del público y, sin duda, para la prensa. No es nada nuevo que la prensa musical desprecie los gustos de los aficionados que se van incorporando como nuevas generaciones a lo que mueve la música. Se miró con desconfianza a Bill Halley, a Elvis, a los Beatles, a los Pistols, a la música disco, a Madonna, a las raves, al indie, al dubstep y se seguirá desconfiando cada vez que aparece un nombre o estilo que atraiga sobre sí nuevos aficionados a la música, a los que no les importa (ni tendría porqué) lo que escuchaban sus padres. Pero estos, desconfiarán y criticarán. Como hicieron con ellos. No es nuevo. Como tampoco lo es nuestra capacidad para olvidar cuando estuvimos ahí.

¿Qué es lo que más te ha gustado del festival?
– “A-Track, Zedd y Jack Novak”.

Quien responde, sudorosa y aún excitada, es Constanza, a la que aún le faltan un par de años para cumplir los dieciocho.

“Lo mejor fue cuando apareció de sorpresa Skrillex y pichó un rato con RL Grime. Y los remolinos“. Así piensa y me explica Pablo justo antes de irse corriendo a ver a los sudafricanos Die Antwoord y dar por finalizado el festival por este año. Con los remolinos se refería a los momentos en los que el público hace un círculo en cualquier lado de la pista y comienza a bailar en una especie de mosh que se convierte en circular.

Repasando los citados medios musicales uno lee que los grandes triunfadores fueron Alabama Shakes, Tame Impala o Eminem. También Jack Ü o Die Antwoord, aunque el caso de estos dos últimos es especial. Pero ninguno de los nombres estelares pertenece a los que aparecieron dentro del Movistar Arena. Curioso porque en el slot más complicado de todo el encuentro -las últimas actuaciones del día domingo- había mucha más gente en Kaskade que en el show de la supuesta cabeza de cartel Florence and the Machine. Pero mucha más. A pesar de coincidir con Die Antwoord, concierto al que el público objetivo del Dj norteamericano estaba llamado, el Movistar Arena, como si de una obligación numérica se tratase, seguía repleto. Afuera, por supuesto, todos parecían ignorarlo.

De manera ininterrumpida se sucedieron las sesiones durante los dos días. A diferencia del resto de escenarios, entre un artista y otro apenas de dejaba un margen de quince minutos para que el ambiente festivo, de estar en el centro de una discoteca, no decayese. Y eso ocurría. Hay una gran cantidad de ese jovencísimo público que apenas ha salido de la pista de baile. Primero porque no dejaban de divertirse ni un minuto y, segundo, porque apenas nada de lo que ocurría afuera les interesaba. Y esto es relevante. La absoluta desconexión entre los dos Lollapalooza. El que ocurría afuera, bajo el sol, el que reflejan los diarios y noticieros televisivos y resúmenes periodísticos. Y otro, a la sombra, no sólo física sino informativa. Uno en el que el único requisito es (no de manera literal) bailar hasta morir, como la canción de Rob Dougan.

Sentado alrededor de la pista mientras las pantallas escupían imágenes de Akira de Katsuhiro Otomo mirando la sesión de Zeds Dead, veía una balsa inflable pasear por las cabezas de las miles de personas que no paraban de saltar y agitar sus brazos. Una balsa en la que se iban turnando chicos y chicas para navegar por ese mar de manos y cabezas como parte de un ritual de hedonismo con banda sonora en la que, al contrario de lo que muchos tienden a desdeñar, siempre importa qué está sonando. El desprecio desde el mundo roquista a lo que ocurre es las discotecas, en las macrofiestas electrónicas es manifiesto. Así como, queda patente, lo es desde la prensa. El dubstep hace unos años pasó a ser la bestia negra de los medios y aficionados musicales más exquisitos. Aunque el odio (el mismo que tuvo la música disco a finales de los 70, por cierto) ha pasado porque ya no centra el foco de sus iras, como en otros momentos lo fue (y sigue siendo) el reggaetón, es sorprendente la vigencia del estilo y su variantes, en especial la más agresiva, el brostep que funciona de manera matemática con el público para enardecer a las masas.

zedsdead

Zeds Dead (Lotus Producciones)

Mientras la balsa de plástico seguía surcando cabezas apareció Skrillex para acompañar a RL Grime en la parte final de su set, lo que desató la euforia aún más. Si eso era posible. Pero el ambiente era muy diferente en ambos lugares. Afuera Noel Gallagher reinterpretaba una música que ya nació vieja. Las diferencias entre ambos públicos eran notables. Mientras en el caso del roquero inglés el público -fuera de los fans realmente involucrados- miraba esperando a que pasase algo, en el Dj Set del Movistar Arena no había que esperar a que pasase algo, porque algo estaba pasando todo el rato. Las diferencias eran observables. En tanto que para el ex Oasis había más gente dormitando o tumbadas sobre el pasto, haciendo que el concierto fuera una banda sonora de fondo, un muzak del que sólo se desperezan si alguien los pisa para atravesar ese campo lleno de personas entre el sueño y la vigilia, dentro no había ese problema. Todos y cada uno de los asistentes estaba concentrado en pasárselo bien, en compartir con los desconocidos que lo rodeaban. Un rato después Zeds Dead con su mezcla entre trap, EDM y grime hacía bailar sin descanso a los asistentes Mientras, afuera, el rock simplón y plano de Mumford and Sons convocaba a otros miles de personas. Muchas de ellas sin fuerzas sobre la hierba.

Por supuesto que, musicalmente, no hay muchas diferencias revolucionarias entre ambas estancias. Todo sigue fórmulas aprendidas y ahora con el EDM cada vez más brutal, heredero del gabber noventero, como rey de las pistas los comportamientos se asimilan, en gran medida, al rock de estadio. El público responde a las arengas del Dj, cuando aparecen canciones reconocibles los gritos, eso sí incesantes, suben de decibeles, y siempre es el mejor público que se haya tenido. Incluso gestos como el de Gramatik de ser acompañado por su colaborador F.A.Q. en la guitarra e incorporar sonidos orgánicos siempre en sus sets, es considerado de manera muy positiva por el público asistente, quien responde a los guitarreos como los seguidores del hard-rock a un solo infinito que no es más que puras florituras que tampoco suman demasiado.

Lollapalooza 2016 Parque O´Higgins, Santiago, Chile. Escenario: Perrys Stage by VTR Banda: Gramatik (Claudio Santana/Getty Images/Lotus Producciones)

(Gramatik por Claudio Santana/Getty Images/Lotus Producciones)

Pero las diferencias vienen del propio público. De esos adolescentes y post-adolescentes reunidos allí por puro hedonismo, sin necesidad de una conexión intelectual con lo que ocurre en el escenario, porque ellos construyen el show de igual manera. Y sin tener que esperar a un single para pensar que ese es el gran momento de la velada. Porque cada 30 segundos es el gran momento del evento. En apenas 5 minutos en la sesión de Zeds Dead sonaron un remix propio de ‘Lies’ de Marina and the Diamonds, ‘Tainted Love’ de Soft Cell, un trozo del estribillo de ‘Livin’ on a prayer’ de Bon Jovi con el pitch acelerado y con una base rítmica propia, M83 y hasta el coro del ‘I Like to Move it Move It’ de Real 2 Real. Todo ello mezclado con loops de sonidos, canciones que Shazam no fue capaz de reconocer y con momentos de silencio esperando un gran subidón. Sin descanso. Sin tener que esperar al hit radial. Mientras tanto, afuera miles de personas asistían dormitando a lo que eran capaces de ofrecer el grupo del que Mark E. Smith de The Fall dijo “pensé que sólo eran un grupo de retrasados mentales haciendo folk irlandés”.

En dos momentos los públicos confluyeron. El sábado en la sesión de Jack Ü, para muchos uno de los grandes momentos del festival. La inteligencia del programador del escenario del Movistar Arena -Álvaro Aranda- antes comentada queda patente: en ese escenario, a esa hora, se presentaron los argentinos Todos Tus Muertos. La razón es obvia: todo el público potencial estaría viendo al súper grupo ideado por Diplo y Skrillex. Y, a juzgar por la cantidad de personas, eso se notaba.

Curiosamente, durante ese concierto/sesión el resto del público, los que no pisaron el Perry’s Stage, pudieron saborear parte de lo que se cuece dentro el resto del tiempo. Enloquecidas mezclas, luces deslumbrantes, arengas hacia el baile y mezclas entre éxitos mainstream (sonaron seguidos ‘Gasolina’ de Daddy Yankee y ‘Sorry’ de Justin Biever) y música heredera de la cultura rave. Algunos de los roquistas se rasgarían las vestiduras en ese momento tal cómo pasó en el Sónar de 2005, cuando en plena era de inicio de su gigantesca exposición mediática, Diplo -entonces productor y novio de M.I.A.- pinchó en aquel festival de Barcelona (templo de la música avanzada y vanguardia), temas como ‘Papichulo’ de Lorna o ‘Látigo’ de Toby Toon, entre varios hits de reggaetón, para escándalo de los asistentes que habían ido a ver a Luke Vibert, Mouse on Mars, Matthew Herbert, LCD Soundsystem o la propia M.I.A.

El otro momento de confluencia de los dos mundos del Lollapalooza fue el concierto de Die Antwoord, para bastantes el mejor (o al menos el más divertido) del festival. Su (gran) show fue básicamente lo mismo que pasaba bajo el techo del Arena: rap, visuales impactantes, herencia del trance y del breakbeat hardcore y un desprejuicioso menú pensado, únicamente, para la diversión. Poniendo lo carnal y epicúreo sobre lo cerebral e intelectual. Sintiendo que están rodeados de gente con la que compartir en vez de personas por las que luchar por ganar un espacio para hacer una foto o grabar el coro de su canción preferida.

Aunque yo abandoné hace más de diez años el mundo de las discotecas me sigue fascinando, como entonces, la constante renovación de los ciclos. Así como los festivales de indie o de rock envejecen encima y abajo del escenario a similar ritmo, la electrónica y todos los géneros más festivos como el trap o el reggaetón, se han convertido en el Dorian Gray de la música y, a medida que pasan los años, su público es cada vez más joven, más enérgico y busca una comunión mayor con los que comparten, frente a la experiencia del rock que desconfía de lo anterior y se convierte cada vez más individual y hasta egoísta.

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