Al hablar de Corazones (que hoy cumple 25 años desde su publicación), debe ser imposible para cualquiera remitirse a lo externo y no indagar en su historia personal. Todos tienen un pedazo de su vida, una anécdota, un segundo, ligado a este disco de Los Prisioneros y eso es, exactamente, lo que lo convierte en un clásico y en un testamento rítmico de la historia reciente de Chile.

Recuerdo el cassette del Corazones dando vuelta en el salón de mi casa desde que tengo conciencia de oír música. Nací en 1988, por lo tanto, mis primeros recuerdos de la música tienen que ver con Los Prisioneros, Virus, Sumo y Los Jaivas, la música favorita de mi papá. Por más cliché que pueda sonar, mi primer viaje en tren lo hicimos en familia, con mi papá escuchando el Corazones en su personal estéreo. Yo iba en un tren al sur, escuchando ‘Tren al Sur’ con él. Tengo en mi cabeza el tacto de la esponjita de los audífonos en mis manos, el metal frío de la tapa del dispositivo en las piernas y la voz de mi papá haciendo los falsetes de González delante de todos en el vagón, sólo para entretenerme.

El cuarto álbum firmado por Los Prisioneros, para los críticos de la época resultó ser un cambio nefasto, y le dieron diversas lecturas. Para algunos fue –y sigue siendo- el primer trabajo solista de Jorge González. Para otros, una traición a las guitarras que tan maravillados los tenía por esos años, gracias a Metallica, el hard rock ochentero o la novísima llegada del grunge. Para los más ciegos y sordos, un disco despojado de crítica social y contenido político.

Pero esa decepción también habla del machismo que ha reinado en la historia de la crítica musical, desde que esta existe. Los solos de guitarra son de hombres. El virtuosismo en los instrumentos era –y es- un ejercicio competitivo con el que aún muchos músicos aún intentan llenar ese espacio que lo que en alguna parte de su construcción en la masculinidad, no existe.

González estaba entregando –de la mano de Santaolalla en la producción- un testimonio político con sintetizadores de fondo que también se traduce hasta el día de hoy, en un debate de género ligado a la música. El pop, siendo una mariconada, estaba gritándonos a todos en la cara lo que las guitarras afiladas no estaban diciendo.

Corazones le demostró a Chile que las rabias y las penas también se podían bailar ¿Por qué Chile? Porque no todos podían ir hasta Providencia a comprar discos a Fusión, para escuchar new wave. Y ese es el Chile al que Jorge González siempre le quiso hablar.

Música Inmortal

Para la generación a la que pertenezco, este disco resultó ser un sabio manual de estilo para conducir la vida. Así al menos, se puede explicar su compañía a medida que crecíamos. Publicado en 1990, no teníamos conciencia durante esa década de lo que significaría, así como tampoco sabíamos que estábamos creciendo en una sociedad que día a día se contradecía a sí misma, por avistar cambios en medio de bases añejas, que resultan ser cadenas que nos atan hasta el día de hoy, 25 años más tarde.

En los noventa reinaba la idea del joven apolítico, que no le importaba nada y que todos pueden relacionar de forma directa con la voz de Marcelo Ríos diciendo “no estoy ni ahí”. Por supuesto, para la reafirmación de los nuevos tiempos del sistema neoliberal chileno, nada más beneficioso que instalar este imaginario de la generación  que vendría a trabajar a las mismas empresas, que encontraron el paraíso en los cimientos, construidos por Pinochet y Jaime Guzmán. Ardua labor que continuó la Concertación.

Nuestra enseñanza básica se desarrolló con este telón de fondo. En la tele y las radios, nos decían que no nos importaba nada, pero Corazones venía a decirnos lo contrario. ‘Cuéntame una historia original’ nos hablaba de las peleas de los papás en la casa, de lo que significaba salir con esa angustia, para sentarte en la plaza a conversar con tu amigo, al que también le estaba pasando lo mismo.

‘Noche en la ciudad’ nos hablaba de lo mal que se veía la vida nocturna en Santiago, en oposición a esa idea de orden pulcro, que significa seguir la rutina tradicional de cenar en familia y madrugar para trabajar, recibiendo un sueldo de mierda.

‘Corazones Rojos’ es quizás, el manifiesto feminista más certero escrito en Chile, por alguien fuera de la Academia, listo para ser devorado por la masa. ¿No son estos tres ejemplos imaginarios con los que convivimos aún?

En Corazones, Jorge González hizo lo que todo artista desearía poder lograr y que, en la historia de la música en Chile, sólo lo ha podido hacer también Violeta Parra. Ser inmortal. Tanto González como Violeta, lograron plasmar himnos atemporales que en el 2015 seguimos cantando y que nos siguen sobrecogiendo.

Estos son los testimonios con los que tuvimos la oportunidad de crecer. Por una parte nos decían que éramos estúpidos. Igual de estúpidos que aquel que quisiera escribir canciones pop en los noventa. Pero, por otro lado, existía este manifiesto con el que era posible relacionarse, con el que era posible pensar. Un manifiesto con el que era posible también bailar.