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Las palmeras que veo, desde mi ventana

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La primera antena para celular que hubo en Chile estaba dentro del Crowne Plaza. Era 1986 y entre ejecutivos de empresas y autoridades políticas de la época, acordaron instalar una de tamaño de laboratorio para probar teléfonos móviles, desde una esquina del salón a la otra.

Después de esto, se comercializaron estos nuevos teléfonos dentro de la clase acomodada chilena y poco a poco, las antenas se multiplicaron y cambiaron de tamaño. Del laboratorio comenzaron a pasar a los barrios.

Esos mismos barrios en los que vivías tú, yo, casi todos. Barrios en los que generalmente se hacía una fiesta de navidad o feria para los niños. En esos mismos barrios en los que la señora del kiosco de la esquina te conocía y te preguntaba por tus abuelos o tus papás. “Cuidado al cruzar la calle”, probablemente, sustituía su despedida.

Esa misma señora intentó, quizás, consolarte cuando los Kapo dejaron de traer esos personajes de fruta. Algo diferente a lo que pasó, unos años antes, cuando sentiste que a eso que le decían Y2K iba a ser verdad, porque las bolsitas de Kapo pasaron a ser plateadas y muy futuristas.

Las antenas crecían en medio de los barrios de tu abuela. De esas calles en las que la gente sentía que debía celebrar que Marcelo Ríos se convertía en número uno. Las calles del vecino taxista que dejaba que le pintaran la ventana trasera del auto con un “Teletón” y un corazón dibujado en vez de una o.

Ese espacio, también temporal, en el que creciste con la idea de que en cualquier momento podía haber un tsunami en Gran Avenida, porque era lo que mostraban por la tele todos los inviernos. Esa casa, en ese barrio, a la que llegabas después del colegio entre el ‘98 y el ‘99 y no había luz, porque la sequía nos obligó a adecuarnos al racionamiento eléctrico. ¿Power Rangers en la tele? Otro día.

Esa misma tele que tu familia compró en cuotas, probablemente, y que con la Crisis Asiática pensaron que no iban a poder terminar de pagar. Igual, si tu papá te tuvo joven, quizás viste con él algún programa del Canal 2 en el que se reían de cosas que tú no entendías, pero daba lo mismo, porque si lo veías reír, se suponía que era algo bueno.

Para un niño no debe haber mayor gesto de confianza que ver reír a los adultos que lo cuidan, porque ¿todo bien no?

No.

Y de eso nos vinimos a dar cuenta cuando ya el Canal Rock and Pop no existía, cuando tuvimos acceso a internet, cuando Santiago estaba lleno de palmeras de mentira. Pero no en el centro. No en Providencia, sino en nuestros barrios.

Nos dimos cuenta que estaba todo mal cuando logramos ver que esa idea de “lo peor ya pasó, porque ahora estamos en democracia” era una forma de justificar terribles decisiones, de terribles seres humanos, como por ejemplo, la mantención de un sistema de pensiones que ya está comenzando a dejar abuelos trabajadores sin comida en sus casas. También otras atrocidades, como negarnos una constitución limpia y sin sangre; dejar de hacer completadas para juntar plata para curar enfermedades y no tener que salir endeudados de una carrera universitaria, que ni siquiera nos asegura tener trabajo.

Nos dimos cuenta de que estaba todo mal cuando nuestras abuelas hablaban de delincuencia como el peor problema del país, mientras tanto, ellas seguían endeudándose para costear tratamientos médicos.

Nos dimos cuenta de que estaba todo mal, cuando miramos hacia atrás y nos dimos cuenta que ese spot en donde el Chino Ríos decía “no estoy ni ahí”, tenía -en parte- la culpa de que la gente que era mayor que nosotros, no reclamara por nada de manera pública. Esa idea de que a los jóvenes de los noventa no les importaba nada, al parecer, era un telón de fondo que convenía mantener. Finalmente, ellos serían la siguiente generación de trabajadores, para el progreso de Chile.

Nos dimos cuenta de que estaba todo mal cuando los compañeros de colegio repetían de curso y poco a poco dejabas de verlos, o las compañeras se embarazaban y eran expulsadas del colegio. Cuando reclamar por llegar a clases con semen en la falda, después de bajarte de la micro, era algo que no te atrevías a hacer, porque nadie lo hacía.

Mientras nos dábamos cuenta de todo lo malo, habían cosas buenas. Las señoras de los kioscos de las esquinas de nuestros barrios seguían ahí y nos vendían helados de agua en el verano, igual que todos los años. Probablemente, los adultos que te cuidaban seguían sonriendo, porque tú estabas bien y seguías con ellos.

Las Palmeras también seguían ahí. Siguen ahí. A pesar de sus amenazas de cáncer. A pesar de ser el árbol que está en el centro del escudo de ese Chile que no quiere ser Chile, sino Miami. Ese que se endeuda con tarjetas de crédito para pagar mensualidades de colegio, porque no confía en lo público.

Las Palmeras siguen ahí y son parte de nuestros barrios, son parte de la historia de quienes crecimos en los noventa en Chile, provenientes de familias de clases trabajadoras. Ellas son las que vieron las fiestas de navidad de la cuadra, la separación del vecino, el funeral de la abuela de tu amigo con el que jugabas a lanzar Cadenas de Andrómeda imaginarias, en medio de la vereda.

Nos dimos cuenta de todo lo que está mal, y probablemente, todos los días pensamos un poco en ello, mientras las Palmeras metálicas están quietas, disfrazadas, detrás de los patios. Intentando mimetizarse con las plantas de tu mamá. O tal vez escapar.

Foto * Hisashi Tanida

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