Era una típica conversación de borrachos, de hecho, tan folclórica que llegamos a uno de los tópicos favoritos de discusión entre amigotes (minas, obvio) con extrema velocidad. Todo muy olvidable, hasta que mi copiloto salió con una brillantez, que es lo único que recuerdo de aquella jornada: la palabra “rompetórax”.

En vez de usar una expresión tan siútica como “femme fatale” (la he escuchado sólo un par de veces en boca de un hombre), o tan ofensiva como “maraca” (miles de millones de veces), mi compañero de ebriedad prefería deformar el concepto de “rompecorazones” (¿alguien lo utiliza en serio todavía?) haciéndolo más explícito y doloroso, igual de violento que una patada de Bruce Lee.

Rompetórax. El neologismo perfecto, la hipérbole precisa para describir esa sensación de malestar amoroso que es tan física como espiritual, que te oprime, te asfixia y que sólo te provoca esa clase de persona que parece tener infinito poder sobre ti. Rompetórax, porque te hace añicos los huesos y hace que te sientas, en términos de Fontanarrosa, como si un ejército de hormigas carnívoras estuviera arrancándote la piel.


Más o menos así

Cuando te rompen el tórax, hasta ahí nomás llegaste. Prepárate para el trauma. Lo más seguro es que te pase al menos una vez. Si ya te tocó, tienes claro que es una prueba de carácter porque uno sabe que está frente a una persona rompetórax apenas la conoce. Si no corres por tu vida, todo el resto se irá cuesta abajo. Chao inteligencia, dignidad y fe en el mundo. Nos vemos a la vuelta del viaje.

Menos mal que hay canciones para acompañarte en la epopeya que es sobrevivir a la masacre emocional y darte la tranquilidad de no ser el único miserable al que le han pasado estas porquerías, mientras estás alienado y sólo eres un triste holograma de ti mismo. ¿Autocompasión? Claro que sí y qué tanto. Es mejor dejar que el patetismo fluya de una buena vez, antes que esconderlo, porque la catarsis ayuda a desahogarse, que lógicamente es el primer paso de la solución.

Este mixtape, un compendio absolutamente personal y autobiográfico (no puede ser de otra forma), tiene 18 de las cientos de canciones que alguna vez he escuchado para revolcarme -morbosamente, por supuesto- en mis dramas por culpa de una rompetórax. Para qué nos vamos a ver la suerte entre gitanos: a todos nos gusta el masoquismo emotivo/musical de vez en cuando. Por algo existen las power ballads.