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Existir, vivir y estar: cinco años de I S L A

Bárbara Carvacho Publicado el 26 de Septiembre de 2019 por

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Ser un algo/un alguien viviente con cinco años. Saberse individuo, identificar las partes, el cuerpo, la mente, las emociones. Tener cinco y empezar a desarrollar la motricidad, adentrarse en las pequeñas percepciones de nuestra realidad cotidiana, de las cosas que nos rodean. Los primeros destellos de entender el afecto humano, los vínculos. Tener amigos y amigas, hablar con ellxs y de ellxs. Ser consciente de uno mismo como ente, de la existencia. Dimensionar que se existe.

En un país como Chile hay pocos puentes que faciliten el dimensionarse, el sabernos presentes y vivientes; mucho más difícil es lograr y/o encontrar espacios que no sólo lo permitan, sino que lo potencien. Chile, tierra fértil de talento y clandestinidad. De proyectos que nacen en cuatro paredes, en la oscuridad, y que con amor y precariedad comienzan a ver rayos de luz como sinónimo de ímpetu para revertir el escenario adverso.

Tener cinco en Chile no es tan fácil como suena. Menos en la música, donde todo es más efímero de lo necesario, un rubro que permite manosearse, desvirtuarse y olvidarse fácil como la oferta del mes. Tener cinco en Chile y ser una colectividad que invita a dimensionarse es aún más difícil.

Isla -en su forma estética como I S L A- tiene cinco, y en el ruedo han logrado montar amistades, fiestas, sesiones, álbumes y compilados que invitan la observación, la apreciación del detalle y de lo que nos rodea. Antes de llegar hasta aquí, Nicolás Alvarado y Gio Foschino llevaban un rato haciendo música electrónica ambiente en una escena no-tan-receptiva con la cantidad de corrientes del género como podemos ver hoy.

En el 2014 el panorama era otro, “se resumía en música de baile y música experimental y nosotros queríamos hacer algo que estuviera más o menos al medio”, sin más pretensión que aportar a la apertura de la música ambiente en la movida local. Con menos instantaneidad y flujo de información que hoy, la corriente chilena parecía aguantar sólo la electrónica que invita al baile y el chorreo de pop o el purismo de la experimentación.

En los recovecos de este mapa es que Isla depositó las bacterias que hoy conforman todo un submundo propio y personal dentro de la escena santiaguina. Cinco años de maduración, intercambio, error y lección para lograr levantar con prudencia a los agentes que conforman un catálogo que hace conversar a sus partes con una fluidez admirable.

Casi como si todas las piezas hubiesen pululado sueltas hasta encontrar este mundo prometido, proyectos como Lovshai, IIOII, Janeiro o merci merci se transforman en la edificación de un sello que no ha mostrado pudor para madurar ni expresarse. Aseguran que hay hilos que conectan: la búsqueda de la introspección, de la calidad, de la energía, la motivación y la expansión.

“Los músicos que han participado del catálogo de Isla buscan, a través de su música, generar experiencias que puedan transportarte a un estado de bienestar y contemplación. Creemos que esa es una de las constantes que se manifiesta en el catálogo, en las corrientes más oscuras como en aquellas que representan más luz”, dicen.

Si bien su oferta recorre estados y estilos con holgura -desde un Uma, de Martín Pérez Roa, que llama con elegancia a la pista housera hasta la inmensidad de Hacia Donde Va el Agua de IIOII, un disco pantanoso que sabe de profundidad y construcciones exquisitas; pasando por Suono, de Nicolás Alvarado y Juan Pablo Abalo, una experiencia ambient en su esplendor, que se llevó el Pulsar 2019 a mejor proyecto de música de electrónica-, la conexión se puede apreciar en el ejercicio de compilarse.

Cuando tenemos cinco nos empezamos a identificar. No sólo a nosotros, también al resto. Y cuando nos identificamos, somos capaces de agruparnos, y cuando nos agrupamos somos capaces de viajar.

I S L A Traveling Vol. I e I S L A Traveling Vol. II son un excelente ejemplo del detalle con el que trabaja el sello. Los vacíos que nadie quiso llenar, el recurso del que nadie quiso abusar, la extensión que nadie se atrevió a dar. Piezas agrupadas como un tejido que logran resaltar este puente intermedio entre bailarlo todo y morirse apreciando.

“Isla ha podido poner en escena a varios músicos chilenos que buscan generar paisajes musicales que desarrollen la expansión personal y la identidad colectiva de las personas que se vinculan a él”. La importancia del ambiente en su concepción sonora y social. La importancia de pertenecer a eso. Tener cinco y saberse parte de. Ser consciente de uno mismo como ente y aprovechar la experiencia de la propia existencia para comprender que hay intermedios, huecos y rincones en los que nos podemos situar para el desarrollo.

Ese ha sido el camino de Isla, tanto como sello como colectivo que invita al encuentro entorno a la música electrónica en sus formatos más imaginativos. Al final, se trata de de manejar la electrónica desde una vereda más profunda que el trance de moda, el reventón de la madrugada.

Isla ha sabido ser un espacio físico y metafórico en el que se invita a usar la electrónica como una herramienta de imaginación y creatividad; a ratos el relajo de la comodidad y en otros la solemnidad de adentrarse en uno y en el colectivo. La plaza de juegos a la que quieres ir cuando tienes cinco, una isla que sirve como oasis para trabajar un listado de cosas que Chile no permite: el saberse existente, viviente y presente.

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Este sábado 28 de septiembre es el quinto aniversario del sello, una jornada que invita a escuchar y bailar. Dos escenarios, expo, visuales y la pasada de siete proyectos. La cita es desde las 19:30 horas hasta las 04:00, con valores que van desde los $3000 a los $5000. Apoquindo #5972, metro Manquehue, Galería Metro 21.

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