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Animal Collective: entre la gloria y la pálida

Bárbara Carvacho Publicado el 3 de Septiembre de 2018 por

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Las 21.45 pm del primer sábado de septiembre y esta va a ser una clásica reseña sobre Animal Collective, o parte de. Noah Lennonx y David Portner pisan justo a tiempo la tarima del Teatro Teletón para repasar uno de los discos más destacados de su carrera, también de la camada del pop que se permite ir un poquito más allá y que desvendó a las sectas que tenían secuestrado al apartado experimental. Sung Tongs anda cumpliendo 14 años, bastantes más que los nueve de Fauna que nos congregan a esta celebración sin suflitos de papa, ni de queso, ni de frutas.

Esta casa está triste porque él no está dentro, y todos peregrinamos al llamado. Los que estábamos en el estacionamiento que ahora es improvisado parque, los del baño, de la barra. Todos en seguidilla a escuchar un poquito de gatitos y miausmiaus. La promesa se cumple, Sung Tongs en todo su esplendor, de principio a fin.

Vamos más adelante, emocionémonos más; Animal Collective nos está invitando a su casa, y poto en silla nos prepara para ‘Who Could Win a Rabbit’,y quizás son mis malos hábitos o la luz casual, pero de pronto la invitación a estar en este living con los músicos se puso demasiado real. Y me siento bien, este lugar encaja. Se siente pequeño pero no me pongo triste por eso.

Ojalá andar sin zapatos, desplegar los lienzos sicodélicos de Michael Fuchs que sirven de escenografía y sentarme en ellos. Echar raíces en este teatro que vi por televisión. Ser el bosque que evoca ‘The Softest Voice’, que en realidad a mí me evoca mar, y a otro espectador, una tienda de copas. Ojalá echar raíces aquí, viendo en directo los procesos de estas piezas llenas de capas y sutilezas que juegan con tu cabeza, tanto como tu corazón.

Y ahora no hay alfombra y este lugar dejó de ser pequeño para transformarse en océano. O en espacio. Púrpura, azul profundo, humo y reverberación de voces en este juego a dúo que combina con todo lo que existe en la sala. Es el letargo pedido, y se va el invierno y qué hacemos con ‘Winters Love’. En invierno no tengo piernas y quizás me vaya a desplomar. Made that boy a man. Los hombres frente a mis ojos empiezan a mutar. Noah se transforma en Panda Bear y David ahora es Avey Tare. A lo que vinimos.

La dualidad de la vida, esa que se está yendo mientras las cuerdas se roban aire y salen a pasear. Navegar por los mares no es fácil; hacerlo por tu cerebro menos. Todo está silencioso y nos unimos en las dos caras del invierno. Ponte más cerca que tengo frío, aléjate que el frío no me deja pensar. La dualidad, la dualidad. Panda Bear y Avey Tare.

Tengo más espacio, soy la niña en vacaciones. Soy el pasto sintético, el vaso plástico, soy el entusiasmo ahogado en pito y la falsa esperanza del pisco nuevo, soy todo este espectro sonoro de recursos limitados y todos los riesgos que me atrevo a empujar. Tengo miedo de tener el cerebro atormentado porque en este mar llamado Teletón nadan los fantasmas de todos los valientes que ya respiran con dificultad.

No puedo olvidar nada de esto pero cómo recordar dónde estoy, si la alfombra ya ni siquiera es mar y ahora sólo es invento mental; soy ‘Visiting Friends’. Soy la pálida. Soy el atrape, soy el humo de discoteca que te atora, el pucho imprudente pero injuzgable. Soy el cuico insufrible que no para de conversar. Dame un ratito más que me convierto en Avey Tare, en balada cliché psicodelia, en montaje y arpegios. Tengo 12 minutos para convertirme en lo que quiera.

Me voy a dejar desplomar y ya verán ustedes qué hacen con mi cuerpo. Si quieren lo dejan acá, no creo que a Fauna le vaya a molestar. Ya eché raíces, mis amigos me pueden venir a visitar. Me hago parte de la alfombra por donde caminan los presidentes y los judíos. Soy todas las pálidas de visitar a mis terrores, a todos mis amigos fantasmas. Me voy a desplomar.

Y me convierto en verano.

“Este hueón me quiere matar”, escucho. Aplausos. El trance definitivo, las sonrisas cómplices de saber que casi no la ibas a lograr. Empieza a sonar ‘Collage’ y huele a final. No es que quede poco, es que ya pasamos por el trauma inicial que significa ver con lupa todas las capas que te componen, y no tienes que ir a la universidad para disfrutarlo.

Animal Collective, ente vivo que no importa si tiene dos, tres o cuatro partes, funciona igual. Sung Tongs, de paseito por la vereda brillante del pop, con una parada por la esquina fresca del folk. Este letargo nos pertenece, este letargo no es amorfo. Y tú pudiste ser lo que se te dio la gana porque entendiste tanto la canción que la desmembraste hasta que perdió el sentido, y fuiste mantra, fuiste pálida y fuiste Panda Bear.

Afortunados los que sabían a qué iban, porque para ‘Mouth Wooed Her’, ‘Good Lovin Outside’ y ‘Whaddit I Done’ la masa redujo como clara señal de que, tal vez, este no iba a ser un clásico concierto de Animal Collective. A este cumpleaños no vinimos a bailar, o sí, pero antes de eso tuvimos que poner de fianza a nuestra cabeza, exponernos a trece canciones dispuestas para probar tu paciencia y excitación frente a este bruto que significa Sung Tongs.

Cincuenta y tres minutos después del primer sábado de septiembre. Este no fue un clásico concierto de Animal Collective; esto fue colarse en la intimidad de cerebros que componen en conjunto. Trece canciones que empujaron a estos músicos un poco más allá en la experimentación, y por qué no, en la vanguardia del comienzo de la década.

Eventualmente hay que despertar. El sueño rústico aterriza con la realidad. Volvió la alfombra, el estacionamiento, esta calle que se llama Mario Kreutzberger. Impecable labor para los pegados de la fiesta, también para aquellos que se arriesgaron a contemplar. Para bailar, y fascinarse con barbas y rimbombancia de punta en blanco, quedaban otras pálidas más.

*Fotos: Claudia Jaime

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