“El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”, escribió Pablo Milanés el siglo pasado. Una frase que puede parecer una verdad indiscutible, y desde un punto de vista biológico, lo es. Pero, en lo personal, en nuestros razonamientos, en nuestro consciente e inconsciente, esto se transforma en una afirmación relativa. En un estado mental, tal como la madurez, que se alcanza -o se evita- si se le busca.

En el caso de los músicos, sobre todo de los que son liricistas a la vez, suele ser posible notar cómo crecen, o no, con el paso del tiempo y los discos. Hay excepciones, claro, pero también hay buenos ejemplos y Ben Gibbard es uno de ellos. Y lo sabe. No tiene tapujos en admitir que cae (por decisión propia) dentro de esta categoría.

Su obra (siete elepés si se incluye éste, más todos los EPs que hay entremedio) siempre ha sido personal. Sus discos muestran etapas, sus temas son relatos que pueden ser ficticias, pero que nacen de algo muy propio y real. Basta escuchar su música para “ver” cómo ha cambiado su percepción del mundo desde “You Can Play These Songs with Chords” (1997), ese demo escrito en solitario con el que empezó toda esta historia.

El último capítulo del libro había sido “Narrow Stairs” (2008), de muy buena recepción. El de la consagración, quizás. Pocos pueden discutir que Death Cab for Cutie ya es una banda grande y hasta es viable afirmar que ahora vienen de vuelta. Los laureles del reconocimiento están ahí, abundantes, pero los de Washington no se quedaron descansando en ellos, sino que se dieron el tiempo de hacer un disco tan sincero como inteligente.

Es cierto, este puñado de composiciones es -por lejos- el más soleado que hayan firmado a la fecha. También es innegable que su sonido no ha avanzado mucho. Se ha enriquecido con más detalles de estudio (el reverb, las bases electrónicas), pero poco más que eso. No es casual que varios hayan dicho (medio en broma, medio en serio) que un Ben Gibbard con el corazón roto escribe mejor.

Pero toda esa luz esconde algo. Y no está a simple vista.

Las pistas son sutiles, bien ocultas en esa calidez que ya les es tan propia. “Despertaremos sólo para descubrir que nada es lo mismo que ayer”, canta Gibbard en ‘Home Is a Fire’. “Cuando te sientes como un turista en la ciudad en que naciste, es hora de partir”, afirma en ‘You Are a Tourist’. “Los códigos y las claves pueden protegerte”, avisa en el tema que le da nombre a esta placa. ‘Underneath the Sycamore’ es la historia de una persona dañada que encontró la manera de sanar. ‘Monday Morning’, la de alguien en proceso de cambio. Y así sucesivamente, lecciones que están ahí para quien quiera recogerlas.

Este álbum ha generado una suerte de consenso. Sobre la felicidad, las melodías inconfundibles y todo aquéllo. Pero, donde muchos ven una sola lectura, una sola capa, hay dos. Y es en la que ha pasado desapercibida donde se esconden los códigos y claves de este disco. Sí, “Codes and Keys” no es un nombre antojadizo. Es el título con que Death Cab for Cutie bautizó su propio manual de supervivencia para el siglo XXI, un manual que es mucho más que una celebración del aquí y el ahora.