La cancha VIP debería haberse repletado, pero –como ya se ha visto antes en conciertos de igual magnitud- no se llenó en su totalidad; detrás de la barrera de contención, casi no había espacio desocupado. Por eso era comprensible que varios fans de Metallica intentaran pasar hacia el sector destinado a los más pudientes, unos con mayor éxito que otros, burlando a los guardias privados que resguardaban la separación entre locaciones. Valía la pena el riesgo de ser alcanzado, incluso algunas personas ayudaron a los colados a pasar desapercibidos entre la muchedumbre.

Éramos más de 50 mil personas en el Club Hípico, sorteando los avatares del calor y la sed (adentro vendían bebidas que estaban tibias y eran, cómo no, carísimas), pasando el rato después del concierto de Criminal. La banda de Anton Reisenegger hizo valer su categoría, en la previa, como la única agrupación nacional con el status suficiente como para tocar antes de los de San Francisco sin pasar vergüenzas. Luego de su show, la espera sobrepasó la hora, durante la que sonaron Limp Bizkit y Rob Zombie a través de los parlantes, y los presentes comentaban el impasse del grupo en la aduana además de la llamativa aparición de una abuela rockera. A las nueve en punto, ningún rostro del lugar estaba exento de ansiedad.

Cuando las pantallas del escenario empezaron a proyectar imágenes de El Bueno, el Malo y el Feo, ya sabíamos lo que venía. Metalllica, con perdonables 20 minutos de atraso, subió al escenario y ‘Creeping Death’ fue el primero de los golpes que nos asestaron. El Death Magnetic Tour era nuestro por una noche y la conexión de la banda con el público fue inmediata; pasaron casi 11 años desde la última vez que los tuvimos en tierra local y la herida del 2003 no se podía cerrar de otra manera que no fuese viéndolos. Otra más de Ride The Lightning, esta vez ‘For Whom The Bell Tolls’, anunciaba que la fiesta vendría cargada al repertorio clásico, un alivio para los fundamentalistas del cuarteto.

Con la sapiencia que dan los años de circo, la banda viajó hasta Kill ‘Em All, su debut, con ‘The Four Horsemen’ y el mensaje quedó claro: estaban ahí para satisfacernos y no para saciar las propias ansias de basarse en su último material. ‘Harvester of Sorrow’ fue el primer bocado de ... And Justice For All que pudimos saborear, antes de que James Hetfield hiciera uso de la plataforma del imponente escenario emplazado en el recinto ecuestre (pensada en hacer accesible la visión a la mayor cantidad de fans posible) y entonara –junto a miles de voces más- la clásica ‘Fade to Black’.

El ambiente era propicio para abrir Death Magnetic y mostrar ‘That Was Just Your Life’ y ‘The End of The Line’, dos de los mejores temas del disco que los vio retornar a su buena forma, tras el fiasco llamado St. Anger. Antes de ‘Broken, Beat And Scarred’ y ‘Cyanide’ (también de su última placa), los norteamericanos ejecutaron ‘Sad But True’, configurando uno de los momentos más representativos del concierto. Como bien apuntó Ítalo Espinoza en su artículo previo al show, la banda ya viene de vuelta en la vida y no son los briosos jóvenes de antaño. El famoso single del Black Album no estuvo a la altura, ni a la velocidad, esperada -considerando que originalmente tampoco es tan veloz- y sin embargo nadie pareció reparar en ello. A fin de cuentas, a Metallica se le perdona todo. Lo que sea.

Si las canciones del noveno elepé de estudio de los californianos no logran el efecto sobrecogedor que consiguen los antiguos cortes del grupo, los sonidos de guerra y la pirotecnia pusieron en jaque hasta a los corazones más duros. Nada ni nadie pudo escapar al influjo de la espectacular ‘One’, en la que asombrosamente la banda -salvo Lars Ulrich- pareció rejuvenecer e ignorar la resaca de los años. Para no bajar de nivel, la única opción era seguir con otra joya épica, sin respiro alguno: ‘Master of Puppets’ fue la encargada de mantener el espíritu arriba. En las dos guitarras ESP del impecable Kirk Hammett, alusivas a películas de Boris Karloff,  se leían leyendas que resumen a la perfección esos minutos. “It comes to life” versa la primera y “The Monster is Alive!”, la segunda. Verdades inapelables.

El fuego, que nacía a cada lado del escenario durante ‘Fight Fire with Fire’, alcanzaba a entibiar los rostros de quienes nos encontrábamos cerca. La última ejecución de Ride The Lightning sirvió para que Metallica manifestara que no olvida sus inicios y que tampoco ignora los deseos de sus seguidores. Verlos en vivo es una experiencia completa dedicada por entero a sus seguidores, una aproximación emocional y física a sus creaciones, para taparle la boca a cualquiera de quienes los hayan ninguneado por nimiedades como cortarse el pelo o flirtear con el hard rock en vez del thrash.

Dicen que, después de la tormenta, viene la calma. Y por un segundo lo creímos. James Hetfield partió sentado al comienzo de la abrumadora ‘Nothing Else Matters’, calando hondo al decir “I never opened myself this way”, mientras hasta el simiesco y magnífico Robert Trujillo parecía haber encontrado la tranquilidad mirándolo. Duró poco, en instantes recobraron el temple necesario para hacerle justicia a su himno del Álbum Negro, una canción que pierde en violencia lo que gana en intensidad. Para cerrar el bloque central, el hitazo ‘Enter Sandman’ resultó una sabia decisión; si la idea era dejar al público pidiendo más, la misión estaba cumplida.

El bis contuvo una rareza como regalo del cuarteto hacia los fans nacionales: el antiquísimo cover de ‘Blitzkrieg’, original del grupo homónimo, que fue grabado en 1984 e incluido en una reedición de Kill’ Em All cuatro años después. No la habían tocado en toda la gira Death Magnetic y fue un deleite para los más entendidos. El golpe final fueron ‘Whiplash’ (con Hetfield, como siempre, recordándole a la gente que “you are Metallica”) y ‘Seek & Destroy’, lejos la más pedida a gritos por los presentes. Después de eso, el correspondiente agradecimiento del grupo a Chile, decenas de uñetas y baquetas lanzadas hacia los aperrados de adelante, y la sensación de haber generado un recuerdo para llevarse a la tumba. Digno de repetirse una y mil veces.

*Fotos de Álvaro Pruneda