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Cuando ella habla, escucho la revolución III: Dulce y Agraz

Javiera Tapia Publicado el 16 de Noviembre de 2017 por

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Este es un reportaje dividido en cinco partes que serán publicados de forma diaria a través de POTQ Magazine, sobre las diferentes violencias a las que las mujeres están expuestas en escenas vinculadas a la música.

Revisa los capítulos previos acá:
Cuando ella habla, escucho la revolución I: el 646 y Pablo Gálvez
Cuando ella habla, escucho la revolución II: no son enfermos

El día miércoles 15 de noviembre en la tarde, recibí un mensaje de Daniela, también conocida como Dulce y Agraz. En él, me explicó que después de leer la serie de reportajes que estamos publicando a través del sitio, decidió escribirnos para contar también su experiencia. La puedes leer a continuación: 

“Nunca he verbalizado todo lo que me hicieron. El sujeto del cual fui víctima es director de teatro y tuve una relación con él por más de un año. Es once años más grande que yo y tiene un hijo de cinco. Se llama Jimmy Valenzuela Rodríguez”.

“Lo conocí a los 16, cuando empezó a enviarme mensajes a mi fanpage con la excusa de necesitar unas respuestas relacionadas a su proyecto de título, con el tiempo él fue a Concepción, a un congreso de dramaturgia y nos juntamos. Desde ese día comenzó a manipularme psicológicamente, mis papás se dieron cuenta y trataron de alejarme de él, pero yo ya había desarrollado un apego muy grande. La relación que tuvimos fue súper tortuosa, Jimmy me manipulaba cada vez que quería separarme de él. Creé una especie de dependencia y creía que era la única persona en la que podía confiar, él ya se había encargado de ponerme en contra de cualquier persona que no aprobara nuestra relación”.

“En agosto del año pasado viajé a Santiago porque tenía una tocata en la SCD. Él vivía allá, en un edificio en Baquedano, así que siempre que viajaba a stgo me quedaba en su casa. La noche anterior a la tocata, fuimos a comer a Bellavista con amigo de Jimmy que vivía con él y mientras comíamos, empecé a conversar con su amigo. Jimmy cambió su actitud de inmediato y me empezó a tratar súper mal, llorando le preguntaba qué había hecho mal y él no respondía, solo me tironeaba de la mano para volver a su casa”.

“Llegando allá, las cosas se pusieron peores, mi mamá estaba preocupada, quería saber dónde estaba yo y Jimmy no me dejaba comunicarme con ella, tomaba mi celular y lo tiraba lejos. En mi desesperación le rogué que por favor me dejara llamar a mi hermano para que me fuera a buscar y él me agarraba los brazos y me tiraba a la cama, cuando trataba de levantarme me daba manotazos y me volvía a tirar. Empecé a tener un ataque de pánico y recién ahí accedió a dejarme llamar a alguien”.

“Una vez que logré contactarme con mi hermano entré al baño a lavarme la cara y él entraba a la fuerza al baño una y otra vez, como queriendo sorprenderme sentada en la taza. No me dejaba tener privacidad. Cuando mi hermano llegó, nos preguntó qué había pasado y él dijo que no había pasado nada, que sólo habíamos peleado. Yo no tuve el valor de decir nada, estaba en shock. Al día siguiente, como a las 7 am, me dirigí a la casa de un amigo y Jimmy no paraba de llamarme en el intertanto. Cuando le confesé dónde estaba llegó y me pidió perdón, me prometió que nunca más iba a actuar así conmigo. Yo lo perdoné y mantuve la relación con él durante tres meses más”.

“Durante ese tiempo yo me fui de mi casa debido a los problemas que tenía con mis papás por estar con él y lejos de recibir apoyo, Jimmy me hacía entender que yo era una molestia. Me quedé una semana en la casa de sus papás en Rancagua y ahí tuvimos una pelea gigante por lo mismo, le dije que quería volver a mi casa y nuevamente me manipulaba para quedarme con él. Su abuela tuvo que calmar mis ataques de pánico en el patio, porque él cuando estaba enojado nunca me pescaba”.

“Durante toda la relación me insistía en cumplir requerimientos sexuales con los que yo nunca me sentía cómoda. A veces, me pedía tener relaciones con él más de dos o tres veces al día, e incluso cuando le decía que me dolía, me manipulaba diciéndome que nunca nos veíamos y que teníamos que aprovechar todas las instancias juntos. Cuando por fin logré separarme de él, me siguió buscando y acosando. Hasta el día de hoy sé que está al tanto de mi vida por lo que publico en las redes sociales de mi proyecto”.

“Me da miedo pasar por Baqueano. Me da miedo acercarme al GAM. Me da miedo hablar con su círculo de amigos y nunca más pude dejar de tener miedo. Me quedé callada porque me apena mucho que su hijo un día llegue a enterarse”.

“Agradezco que haya nacido un espacio para poder cobijarme de tanto horror. De verdad, nunca pensé que le pasaba a tanta gente. Te juro que sin el impulso de las demás no me habría atrevido, así que lo agradezco, lo apaño”. 

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