Tres muertos y diez personas graves fue el resultado de la tragedia que se produjo en el debut de Doom en Chile, durante la noche de este jueves 16 de abril en Iberomusic, ubicado en Santiago Centro.

Las informaciones durante toda la madrugada y mañana del viernes fueron confusas. Gonzalo Insunza, jefe de la Zona Oeste de Santiago, declaró que “de acuerdo a información entregada por el administrador, llegó más gente de la que debía haber entrado y una galería cedió. Podemos hablar de una aglomeración, de más personas de lo que soportaba el lugar, me dicen que habría llegado un grupo importante que trató de entrar y a raíz de esa presión, cayó una estructura que aprisionó a las personas que fallecieron y están lesionadas”, precisó.

Por otra parte, Rodrigo Rojas, director regional de ONEMI, recalcó que “el recinto ya tenía su capacidad máxima utilizada y permanecía gente al interior presionando por ingresar, y esto llevó a este colapso de esta reja de contención”. También se ha publicado -sin confirmación- testimonios de asistentes que aseguran haber visto un abuso de fuerza por parte de la seguridad del local e incluso utilización de choques eléctricos para controlar a las personas. Esperamos que se aclaren estos hechos que, en el caso de ser ciertos, sentarían un precedente horroroso en nuestro país.

Los problemas en conciertos -independientemente del género musical- no son historia nueva en Chile. Algunos, por razones de seguridad que involucran directamente a la producción, como por ejemplo, la caída de la torre de control en el Estadio Santa Laura en 1997, en medio de un concierto de Deep Purple. El resultado fueron 35 personas heridas y, desde aquel momento, el lugar dejó de estar disponible para este tipo de eventos.

También, están las tragedias provocadas por los asistentes. En el 2002, DRI se presentó en el Estadio Víctor Jara en el marco de celebración de sus veinte años y, personas que querían entrar gratis provocaron desórdenes. La entrada costaba seis mil pesos. También se vio lo mismo en la venida de Suicidal Tendencies el 2013, tanto en su show en Valparaíso, como en Kamasú (Santiago), donde gente que quería pasar sin pagar rompió la puerta de hierro del local.

En el mismo año, fuera de Club Chocolate, después del concierto de Los Crudos, se rompieron autos estacionados, señaléticas y hubo enfrentamientos con Carabineros. En la ocasión, se acusó de sobreventa del show.

En el caso de lo que sucedió en el concierto de Doom, estamos frente a algo similar a los primeros dos casos mencionados. En Grinder Magazine explican a través de un texto en sus redes: “Hemos leído algunas notas de prensa de algunos medios en donde se culpa al organizador por meter más gente de lo que permitía la capacidad del recinto. Hay que aclarar que eso es totalmente falso, ya que dentro del lugar no había más de trescientas personas (a lo mucho). Presenciamos sin problemas a las bandas teloneras y a Doom. El caos estuvo afuera en la entrada”. Intentamos comunicarnos directamente con la productora, pero todos los teléfonos estaban apagados.

Por una parte, hay personas que creen que merecen entrar gratis a un concierto. Pero dentro del local hubo comportamientos aborrecibles también. Según algunos asistentes, la bajista de Electrozombie, uno de los grupos teloneros, recibió un botellazo en la cabeza. ¿Cómo se explica esto?

Durante mucho tiempo los fanáticos de la música sentían que estaban abandonados, no había una oferta de conciertos que los dejara satisfechos. En estos momentos en Chile y, para ser más específicos en Santiago, existe una cartelera cada vez más variada (con muchos problemas y deudas, algo de lo que hablaremos en otro momento), pero hay oferta. Hay posibilidades de ver bandas. ¿Hay quienes desean volver a tener nada? Lo pregunto mil veces en mi cabeza  ¿Por qué alguien pensaría de verdad que merece entrar gratis a un concierto? ¿Por qué alguien pensaría de verdad que tiene el derecho a poner en peligro la vida de los demás?

Estamos la mayoría equivocados, acaso, por pensar que ir a un concierto significa una oportunidad de compartir lo que amas, en compañía de otros que está en la misma sintonía que tú. Que muera gente en un show de música es la idea opuesta a todo lo que pensamos los trabajadores del área y también, estoy segura, el público.

Lo que pasó anoche es deprimente. Nos muestra el mundo enfermo en el que estamos viviendo, en el que ni siquiera las alternativas que tenemos para escapar del tedio diario son seguras. Ni siquiera lo que amamos, es seguro. También nos violenta.

Es imposible no pensar en Cromañón y las consecuencias que ese hecho tuvo para la ciudad de Buenos Aires. Cierres de locales y centros culturales al por mayor. Clausuras que fueron el motor de un apagón cultural de muchos años en la capital, además de servir como excusa para manejos políticos y económicos, para mafias y conveniencia de unos pocos.

¿Es esta la escena cultural que queremos para nuestras ciudades? Estoy segura que la respuesta de todos los amantes de la música es negativa. Si no nos cuidamos entre nosotros, no nos va a cuidar nadie. Si no respetamos a los artistas que admiramos ¿quién lo va a hacer?

El concierto de Doom es la tragedia que ilumina todos nuestros errores, desde diferentes perspectivas: como consumidores de música, fanáticos, compañeros de una misma idea. Enloda todo el trabajo que realizan diferentes organizaciones, que desean hacer las cosas bien y que no la tienen nada de fácil, con las condiciones que existen en este momento en Chile para montar conciertos.

Todas las semanas reclamamos a través de las redes sociales sobre lo podrida que está la política, sobre lo mal que está el mundo pero ¿y nosotros? ¿Qué estamos haciendo por cambiarlo? No puede morir nadie más.

Foto* Cooperativa