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Ranking inverso: el mejor disco de… Death Cab For Cutie

Daniel Hernández Publicado el 9 de Noviembre de 2018 por

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Algo más de veinte años de carrera y nueve discos. Esa es la trayectoria que contempla a Death Cab For Cutie, uno de los grupos que encarnó el paso desde la independencia y un sello pequeño hacia el estrellato mundial y estar en una multinacional. Es fácil dilucidar el momento en que eso ocurrió, tras la publicación de Transatlanticism en 2003, un disco que los hace pasar de círculos especializados a la masividad. Este sábado debutan en Chile cuando aún está reciente la publicación de Thank You For Today el agosto pasado. Por eso es el momento de descubrir el ranking inverso de su discografía. Como siempre: no trata de ser una lista científica, sino una guía para entrar al grupo y generar interés en los que aún no lo han escuchado.

KINTSUGUI (2015)

El disco anterior al actual de DCFC es un disco triste. Pero no por la habitual melancolía de la música asociada al grupo, sino porque suena a grupo aburrido de sí mismo, con las ideas agotadas, repitiendo trucos (‘No Room in Frame’ casi parece un tributo imitando al grupo que un día fueron) y con muy poco que decir. Que sea su disco menos vendido desde The Photo Album casi quince años antes, indica la sangría de seguidores que han traído los decepcionantes últimos discos de la banda, coronada con un trabajo del que apenas nada se salva. Quizá la bonita ‘Ingénue’ se salva, curiosamente firmada junto a Chris Walla, a punto de salir del grupo y que hace sospechar que su partida es dramática para el devenir del proyecto (es el primer disco que no era producido por Walla). ‘The Ghost of Beverly Drive’ es como una mala copia de su propio ‘The Sound of Settling’. ‘Hold No Guns’ trata de ser el punto emotivo del disco y sólo invita a pasarla a toda velocidad. Que el single fuera la bochornosa ‘Black Sun’ deja dicho casi todo.

Canción recomendada: ‘Ingénue’.

CODES AND KEYS (2011)

Probablemente conscientes del callejón sin salida en el que se estaban metiendo en su carrera con un declive evidente, malas críticas e incluso convertidos en ejemplo de grupo acabado al poco de llegar a su cénit, Codes and Keys parece querer ser una reinvención propia de los momentos de crisis. En vez de apostar por los sonidos más reconocibles, por unas guitarras que por momento eran afiladas y por momentos relajantes, sorprenden, en cierta medida, por el peso que tienen las programaciones y los sonidos sintéticos. No es que fuera nada nuevo para Gibbard, cuyo disco más vendido es, curiosamente, el que hizo en el proyecto paralelo, junto a Jimmy Tamborello (Dntel), Postal Service.

El disco trata temas menos oscuros que en el anterior –Narrow Stairs- en un momento crucial del matrimonio de Gibbard. Durante la promoción hablaba de lo que le había cambiado ser un hombre casado, pero se divorciaría apenas cinco meses después de su salida. Todas estas circunstancias no hacen más veraz o autentica su música. Canciones que parecen descartes de Radiohead como ‘Doors Unlocked and Open’, y otras con la sensación de que quieren ser, de manera equivocada modernos y cool a cualquier precio como en ‘Monday Morning’.

Casi lo peor es buscar de manera obvia, deshonesta una canción que fuera la nueva ‘Transatlanticism’ en ‘Unobstructed Views’. Al menos esta vez aciertan con el single inicial, ‘You Are a Tourist’, con su simpático video. Trabajar con Alan Moulder en la mezcla, uno de los nombres imprescindibles de la música contemporánea tras la mesa de sonido, suena tan desaprovechado como la colaboración de Brian Eno con Coldplay en Mylo Xyloto. Un mal disco en el que, seguramente, muchos fans del pasado se bajaron definitivamente.

Canción Recomendada: ‘You Are a Tourist’

NARROW STAIRS (2008)

Si al grupo de amigos que grabaron el escuálido Something About Airplains en 1998 le hubieran dicho que justo diez años después llegaría al número uno de ventas, se hubieran reído. Prototipo de banda indie, en la segunda categoría de la escena emo casi cuando esta estaba por agotarse y, no tanto después, encabezando la lista de Billboard. Pero, a la vez, también es la confirmación que su nuevo estatus no les estaba sentando muy bien a la creatividad.

Sin ser un mal disco por momentos parece carecer de alma, algo imperdonable sobre un grupo y un autor como Ben Gibbard en el que lo confesional era parte central de su encanto. Aquí eso está exacerbado, sí, probablemente sean las letras más oscuras y sinceras de su carrera (de hecho él, tiempo después, se arrepentiría de ser tan transparente en un momento tan malo de su vida), pero eso no significa que sea más fácil empatizar con el resultado porque, al fin y al cabo, estamos hablando de música. Fruto de esta negrura seguramente sea la elección del primer single, ‘I Will Possess Your Heart’, una canción con una letra terrorífica sobre un stalker (que, en 2018 puede ser bastante discutible, porque se puede interpretar como una romantización de un acosador). Nada menos que ocho minutos y medio, casi los cinco primeros meramente instrumentales, para presentar el disco (evidentemente con una versión para radios).

Hay varias canciones tontas por el camino como ‘No Sunlight’ que pasaría por ser una canción mala de los Shins. Un disco mucho más centrado en las guitarras que el anterior Plans, muy bien producido, como siempre, por Chris Walla, en el que hay cosas que simplemente no funcionan como la beatleliana ‘You Can Do Better Than Me’ o ‘Grapevine Fires’, pero también hay explosiones llenas de vida como ‘Long Division’ y ‘Cath’. O emotivos momentos que remiten a un pasado mejor como ‘Talking Bird’.

Canción recomendada: ‘I Will Possess Your Heart’

SOMETHING ABOUT AIRPLANES (1998)

Una cosa que me causa mucho placer como oyente, como fanático de la música, es que el mejor disco de un grupo que me gusta mucho no sea su debut. Cada vez estamos más acostumbrados a la misma dinámica de un primer disco sorprendente, un segundo disco como mera extensión del primero y, luego, una carrera en la que las bandas tratan de encontrar la voz o la inspiración que les llevó a hacer aquel disco inicial. Pero, ay, es que la energía y creatividad juvenil no es fácil de simular. Curiosamente es algo que ocurre con mayor frecuencia en la música que en otras artes. Es bastante habitual que la obra maestra de un escritor llegue con los años, o que el dominio de la técnica ayude a un director a conseguir sus mejores películas. Pero, en la música, y cada vez con más frecuencia, los debuts marcan las carreras. Por suerte para Death Cab For Cutie su caso no fue así.

Something About Airplanes puede ser el favorito de algunos seguidores, sobre todo de los (pocos) que se enteraron de su existencia en 1998 pero, difícilmente, se podría considerar el punto álgido de su discografía. Un disco muy deudor de la escena emo, con ejemplos casi explícitos. ‘Amputations’ o ‘Fake Frowns’ parecen intentar emular la dolorosa emo(ción) de los mejores Sunny Day Real Estate, por ejemplo.

Pero más allá de imitar modelos, el disco suena honesto y con mucha verdad en su espíritu de adolescente melancólico. La preciosa ‘Bend to Squares’ que lo abre, con unos delicados arreglos dentro de la modestia del conjunto se alza como toda una declaración de principios. ‘Sleep Spent’ es una canción que repetirán de una u otra forma muchas veces a lo largo de su carrera. También ya muestran plenamente una forma de hacer las cosas que explotarán en el futuro. ‘Pictures in an Exhibition’ y ‘President of What?’ son canciones arquetípicas de un estilo que explotarán en el futuro, con esas guitarras entrecortadas y en primer plano, llenas de parones y arrancadas, como una versión más arreglada de Pavement. Un buen debut, no muy original pero sí con suficiente personalidad para abrir el apetito para más.

Canción recomendada: ‘Pictures in an Exhibition’

PLANS (2005)

El primer disco de DCFC tras su glorioso Magnum Opus, es también su debut en una multinacional y, por tanto iba a ser juzgado con la severidad de los que abandonan el barco de la independencia. Muchos anunciaron un desastre por adelantado y, no, no ocurrió. Plans es un disco estimable. Tras estas circunstancias la apertura del álbum era una cuestión muy a tomar en cuenta. Por suerte aciertan con la épica y preciosa ‘Marching Bands of Manhattan’. Todo lo necesario para calmar a los seguidores que tenían cierta ansiedad. La siguiente canción es otro acierto. El single de adelanto, ‘Soul Meets Body’ difícilmente decepciona. Una canción coreable y un punto alto en cualquiera de sus conciertos. Y aunque hay algunas canciones que no están a la altura del legado del grupo como ‘Summer Skin’s, ‘Your Heart is an Empty Room’ o ‘Brothers on an Hotel Bed’, también hay razones suficientes para dar crédito a un disco que al que el tiempo le ha sentado bastante bien.

Temas como ‘What Sarah Said’ o ‘Crooked Teeth’ servían para seguir confiando en la banda. El disco incluye la canción más famosa del grupo si nos atendemos a las cifras de reproducciones, ‘I Will Follow You Into The Dark’, una especie de reverso acústico del ‘New Slang’ de los Shins, pero con mucho menos encanto, casi una versión fogatera y aburrida de ella.

El álbum termina con una pequeña decepción, ‘Stable Song’. Es la versión jibarizada de ‘Stability’, probablemente una de sus tres mejores canciones que aparecía en el supremo EP de mismo nombre junto a una versión de ‘All is Full of Love’ de Bjork.. Mientras que ‘Stability’ dura más de doce mágicos minutos, y podría durar una hora, ‘Stable Song’ no llega a los cuatro y se siente como comparar Psycho con Bates Motel.

Canción Recomendada: ‘Soul Meets Body’

THE PHOTO ALBUM (2001)

Este disco tiene una importancia crucial en la carrera de DCFC. Es el disco que, definitivamente, los hace pasar de un grupo del montón a un grupo importante. Quizá sólo dentro de ciertos círculos, pero tras el paso de gigante que significó We Have The Facts and We Are Voting Yes, The Photo Album es eso, la foto de un grupo a punto de tocar el cielo con los dedos. Lleno de clásicos de su repertorio como ‘A Movie Script Ending’, o ‘I Was a Kaleidoscope’ es difícil poner muchos peros a la exacta mezcla de energía y sentimientos, de rabia y de impotencia, que recorren estas diez canciones casi sin puntos bajos.

Alejados de la explosión de lo cool liderada en esos mismos momentos por los Strokes, no es difícil recordar este disco como el hilo musical de jóvenes introvertidos a los que no les interesaba salir a bailar en las discotecas indies que tanto proliferaron con el cambio de milenio. Como si fuera la banda sonora de una película que triunfó en Sundance en esos años, como Like Crazy o las que protagonizaba Greta Gerwig (el video de ‘A Movie Script Ending’ es resumir esa de esas películas en cinco minutos). La energía parece siempre contenida, al borde del estallido (o al borde del llanto) con ejemplos como ‘Why You’d Want To Live Here’ o ‘Debate Exposes Doubt’ los puede emparentar con bandas como Engine Down o Jimmy Eat World, pero la apuesta por la exploración más interior también los relacionaría con coetáneos como Pedro the Lion, más interesados en las relaciones entre las personas que en los saltos en las tocatas.

Hay ideas ingeniosas como el vals (disfrazado) de ‘Styrofoam Plates’, que rompe un poco la uniformidad estilística de un disco con un concepto sonoro muy definido. Un trabajo que posiblemente ponga de los nervios y sea el ejemplo perfecto a odiar por quien no soporta el lloriqueo del indie-rock más canónico, pero también la recomendación perfecta para los amantes del sonido de Cascadia.

Canción recomendada: ‘A Movie Script Ending’

WE HAVE THE FACTS AND WE ARE VOTING YES (2000)

Un título desafiante, autoafirmante, para un disco que se concibió como un conjunto a modo de álbum conceptual sobre una relación fallida. Es muy interesante escucharlo con las letras delante, llenas de detalles reconocibles sobre la construcción y el derrumbe de esa relación, sobre situaciones tragicómicas como estar molesto y borracho en una boda de la familia de tu pareja (‘Company Call Epilogue’) o los reproches amargos (“When your apologies fail to ring true, So slick with that sarcastic slew” canta Gibbard en ‘For What Reason’). Pero también los momentos previos al enamoramiento (‘Title Track’ está llena de bellas imágenes: “My memory cannot recall a wave of alcohol, We shared a cigarette and shaved the hours off”).

Un disco que es todo un estado de ánimo, casi siempre en una clave similar y que el aspecto conceptual lo hace disfrutar casi como una película con sus idas y venidas, con personajes secundarios, algunos de ellos fuera de campo. El álbum también marca el final de la primera etapa del grupo, la que parte con las demos de ‘You Can Play These Songs With Chords’. La de un sonido menos cuidado, más seco, menos pop. El favorito de muchos fans y del guitarrista/productor Chris Walla tiene algo de pureza, de ingenuidad, de dudas sobre si se está preparado para afrontar la vida de adulto, en lo personal o como banda.

A pesar del poco amor que siempre le ha tenido Pitchfork a la banda, este trabajo apareció dentro de los 50 mejores discos de indie rock de la costa Pacífico Noroeste. Aunque suene poco impresionante dicho así, estamos hablando de la escena de Bikini Kill, Beck, Los Shins, Gaze, Bratmobile, Neko Case, Modest Mouse, Elliott Smith, Sunny Day Real Estate, Beat Happening, Built To Spill, Sleater Kinney, Fleet Foxes, Destroyer o Japandroids, entre otros. Bastante asombrosa la música salida de ese pedazo de tierra.

Canción recomendada: ‘405’

TRANSATLANTICISM (2003)

“So this is the new year and I don’t feel any different”. Abrir así un disco sólo puede ser una declaración de principios. Una en la que se nos dice, desde el inicio, que lo que se viene son más preguntas que respuestas, más incógnitas que certezas, más dudas que tranquilidad. Un título con el que es fácil que se te enrede la lengua, pero que es perfecto para lo inmenso, oceánico, de su contenido. Incluso la banda misma es consciente de la posición central en su carrera. Se editó una versión de las demos del disco, hace poco hicieron un concierto en el que lo interpretaron en su totalidad, sigue siendo su trabajo más vendido y el que nunca deja de ser descubierto, recomendado.

Juegan de nuevo al disco conceptual (en este caso sobre las dificultades de una relación a distancia) y, con su edición en 2003, DCFC justificaba su existencia y creaba, seguramente de manera inconsciente, todo un clásico del inicio del milenio. También un icono pop. Recordado es el póster del disco en la habitación del Seth Cohen en la serie The OC. Lo curioso es que el disco, en su momento, fue un poco ensombrecido por el éxito del proyecto paralelo de Ben Gibbard, Postal Service. Give Up se convirtió en un fenómeno (el disco más vendido de la ya extensa carrera de un sello esencial como SubPop) y quizá no dejó ver toda la grandeza que se escondía en Transatlanticism.

En lo personal, creo que mientras que el disco de Postal Service, por mucha nostalgia que despierte y su carácter único le de un aura especial, el paso del tiempo lo ha dejado como una reliquia de la era de la indietrónica, mientras que el poso de DCFC se ha ido incrementando y con ello la visión que se tiene de él. Un disco casi perfecto (casi, porque al escucharlo de un tirón siempre parece fuera de lugar ‘The Sound of Settling’ y sus coros con los eufóricos “papa papa”). Está repleto de canciones que duelen de verdad (escuchar e identificarse con las relaciones fracasadas o banales al decir “she was beautiful but didn’t mean a thing to me” en ‘Tiny Vessels’), otras que son auténticos estados de ánimo en si mismas (‘Passenger Seat’, ‘Lightness’), miradas a su pasado emo (‘The New Year’, ‘Title and Registration’) y, claro, el monumento construido con paciencia de la titular.

‘Transatlanticism’, la canción, no tiene prisa y en sus ocho minutos va creciendo en si misma y en el oyente. El efecto hipnótico, como de olas muriendo en la orilla que consiguen las guitarras es otro de los hallazgos de la nada pirotécnica, sobria y medida producción de Chris Walla. Un disco que de tan personal es universal y que encoge el estómago con ese final habitual de sus conciertos repitiendo de manera obsesiva “I need you so much closer…so come on”.

Canción recomendada: ‘Transatlanticism’

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