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Las edades de Corderolobo

Javiera Tapia Publicado el 6 de Abril de 2018 por

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Ya han pasado casi cinco años desde el último lanzamiento de Corderolobo. Un proyecto que, mientras para muchos, es la respuesta solista de Carlos Vargas (Yupisatam, Inflamable, Jirafa Ardiendo), en realidad es un entramado poliédrico y mutante. Árbol es la confirmación de esto. El tercer disco de este colectivo -porque es más que una banda- abandona el formato libro y pasa a ser un álbum visual. En esta entrevista, desentrañamos el proceso creativo detrás del proyecto, junto a Vargas, compositor y Ricardo Villavicencio, director e ilustrador.

“Yo me fui pero siempre seguimos en contacto. Y después de la separación de Yupisatam, cuatro años después, armamos el primer disco de Corderolobo”, dice Ricardo Villavicencio, el último baterista de la banda responsable de hits de mediados de la década pasada como ‘Duermo’.

“Yo hacia los pósters de Yupisatam, pero cuando Carlos iba a sacar el primer disco solo, pensábamos en que había una trampa. No valía la pena sacar un cedé, pero en ese momento era la forma en que oficialmente una banda lanzaba un disco. Pensábamos que gastar plata en sacar un disco no iba a servir de mucho. Ahí nació esta idea de pensar qué más se podía hacer. Aún no estaban tan de moda los vinilos, tiramos varias ideas y llegamos al formato de libro. Pero la primera versión eran las canciones del Chino y yo básicamente ilustrando algunas, sin mucha presión. Lo único que teníamos claro era la idea en general”, relata.

La idea de poder trabajar en un objeto coleccionable fue lo que los llevó a decidirse por un libro como vía de entrega. “Imagínate que durante la trayectoria del proyecto, uno puede almacenar esto libritos por tomos y conservar en biblioteca, agregar más contenido que no sea solo la música. Esa fue la intención, siempre conservando el mismo formato para que tuviera esas características”.

“Igual hay ideas que a mí me cuesta un poco transmitir”, explica Carlos. “Teníamos la idea de que cuando saliera un disco no fuera solo el formato, sino que el mismo fuera parte de la propuesta, no separables. En internet era un poco difícil, porque yo subo el disco a Spotify y después puedo agregar un archivo en pdf que nadie va a bajar. Entonces, la experiencia de hacer el libro era tenerlo en las manos. Y cada persona que lo tuvo me dijo ‘oh esta hueá es bacán’, pero yo seguía sin poder transmitirlo con palabras”, declara.

La música es compuesta por Carlos Vargas, pero existe un equipo detrás que muchos no se imaginan que está moviéndose. Así fue desde Corderolobo (2011) hasta el reciente Árbol. Solo fue cambiando la forma. “Todo se basa en las músicas y las letras, lo que viene añadido es una interpretación. Lo que lo hace interesante, es que si bien en ese primer libro eran ilustraciones que representaban a las canciones, en el segundo disco, empezamos a invitar a escritores”, explica Villavicencio.

—Cada una de las experiencias les iba enseñando cómo aprovechar más el formato.

“Exactamente. Y si bien, este colectivo tiene algo visual, el cómo se interpreta con las letras y la música, también está el cómo se presenta en vivo, eso es otro mundo. Incluye otro grupo de colaboradores que se va ensamblando de acuerdo al tipo de show”, dice Ricardo.

“Hay una etapa de construir y grabar el disco con un equipo, después está Ricardo que tiene otro mundo y después yo monto el disco con otro equipo. Para este, por ejemplo, hemos intentado ser lo mínimo que podemos ser, porque han cambiado las circunstancias. En los anteriores, a nivel de música, era una sumatoria de partes más fáciles. Era más fácil sumar mucha gente que se aprendiera cosas más simples para tocar juntos. Este disco es más complejo en la interpretación, entonces, armamos un grupo más chiquitito que pudiera ensayar más”, explica Carlos.

“Lo otro que cambió también, por algo circunstancial, pero que afecta, es que hice la sala en mi casa ahora. Como me complica salir por problemas de salud, hice la sala en la casa y ensayamos ahí. Entonces se está formando algo más familiar, con poquitas personas. Somos seis: la Pepa que siempre ha cantado con nosotros, el Pato en batería, Zama, Carvallo que tiene una banda que se llama Jota Lobo y la Paula, mi señora. Y el Antonio que toca trombón. Y eso era lo mínimo a lo que podíamos llegar, ja, ja, ja”, aclara. “Mis condiciones de vida, también condicionan el resultado final del disco. Por eso se ensaya de cierta forma, por componer en la casa fue a bajo volumen. Inevitablemente el contexto lo marca”.

Árbol dura 31 minutos, son nueve canciones y, al mismo tiempo, es un cortometraje que puede verse por trozos o como un todo.

“Al principio nuestra idea solo era hacer algo y nos preguntamos si teníamos que volver al libro. Le dimos muchas vueltas. Pensamos harto en el formato”, dice Ricardo. “Creo que esa idea que tuvimos al principio nos limitó. Sentimos que si empezábamos a experimentar más con el formato libro, se iba a convertir en lo mismo que ya habíamos hecho y eso es lo que queríamos evitar. Entonces, nació esta idea de crear una serie de videos loops para Youtube, muy simples, para cada canción y después unirlos en un tema principal. Es una experiencia visual para acompañar la música. La idea empezó a agarrar vuelo en producción, cada video se transformó en una pieza única para cada canción, en algo un poco más grande”, puntualiza.

“Cada canción es un episodio sobre algo. No hay ninguna narrativa que hay que descifrar, en todo caso, porque no queríamos distraer el foco que es escuchar el disco, pero de alguna manera, como los videos tienen personales o lugares, es inevitable no intentar hacer conexiones. La idea es que cada canción representa el cotidiano de una persona, que al final del día se encuentra con otro en el concierto de Corderolobo. Cada persona tiene su vida y se encuentra en ese lugar”, relata el ilustrador.

El formato cambió y el equipo también. En esta partida Felipe Cadenasso y Antonio del Favero estuvieron detrás de la producción. “Cuando conocí a Felipe y Antonio fue bacán, conectamos. Andaba buscando personas que me pudiesen entender, que entendieran esta lógica de trabajo que tenemos con Ricardo, que no son equis horas de grabación y listo. Quería trabajar gente que se involucrara genuinamente con el proyecto. El periodo de grabación con ellos fue súper bonito. Nos pusimos como meta que la grabación fuera en sí un fin también. De hecho cuando terminamos el disco, igual sentí un vacío en mi vida. Nos juntábamos, conversábamos”, explica Vargas.

“Después de que grabamos todo, también se dieron el tiempo ellos para escuchar el disco y meterle mano. De hecho, les pedí que le perdieran el respeto a los temas y que metieran mano no más, que se sintieran libres de eso. Y cuando volvieron las canciones, volvieron muchas sorpresas, cosas que no hubiesen salido de mi cabeza. Yo me nutro de todos los que me rodean. Carvallo de Jota Lobo influyó harto antes de entrar a grabar. La producción de ellos se notó en el proceso, pero también en el final. Tiene hartos sonidos chiquititos, hay momentos en los que siento que Felipe y Antonio se metieron en mi cabeza a cachar qué es lo que había y lo plasmaron”.

“Siento que es como una obra de teatro lo que vamos a hacer el viernes”, dice Carlos. Y la verdad es que son una suerte de dramaturgos, es verdad. Una sala del GAM abrirá sus puertas para transformarse en un cine y mostrar de principio a fin los 31 minutos de duración de Árbol. Los asistentes, en butacas, serán los primeros en ver y escuchar este nuevo disco.

—Es una declaración de intenciones que la primera presentación de este trabajo no sea la banda tocando en un escenario, sino la proyección del trabajo visual junto a la música.

“Sí, al principio era divertido, porque yo pensaba que este disco era para escucharlo solo”, confiesa Carlos. “Pero hicimos una prueba de este sistema con gente y fue súper bueno, porque te obliga a estar dentro del contexto, a escucharlo, a prestar atención. Fue super entretenido. Siento que vale la pena mostrarlo así”.

“Por otra parte, cuando tocai música de este tipo, a medida que te vai volviendo viejo, te quedai más solo, porque tus pares empiezan a desaparecer de lo que están haciendo y empiezan a ser menos. Te quedan menos ejemplos de cómo uno podría madurar en este mundo, para no sentir que estai repitiendo hueás o haciendo el loco. Y con Ricardo esa puerta se ha abierto, a avanzar por otros lados que no estaban escritos”.

—¿Te refieres a esa idea del señor que actúa y se comporta como cuando tenía 19?

“Sí, hay momentos en los que podís ser medio patetico. Yo hablo a nivel personal. Y también, super sinceramente, esa hueá de las tocatas, a mí también me tiene saturado. De más que si toca una banda que me gusta harto la voy a ir a ver, pero fisicamente y de todo, ya no estoy en condiciones de vivir ese mundo. De hecho, siento que saber eso te libera harto y te permite crear. Y te libera mucho de la ansiedad actual que hay. Tengo Facebook por la banda, y veo que a veces, si desaparecer un rato, te empiezan a picar las manos por tener que decir oye estoy vivo todavía”.

“Y lo otro es que en Chile, como pasó lo que pasó, en la cabeza están Los Jaivas, Los Prisioneros, después masivamente Los Tres… pero ejemplos de ir madurando y haciendo música no tengo en la cabeza, eso de ver varios ejemplos de ver cómo puedo crecer y seguir haciendo mi hueá”.

“Desde la observación, no desde el juicio, creo que las bandas nuevas viven en un mundo súper distinto al que vivimos nosotros”, dice Ricardo. “Es generacional, pero por otro lado, claro, generalizando, esa ansiedad te puede alejar de lo final. Esa desviación de si te querís sentir querido o hacer música. Capaz si fuéramos de esta generación estaríamos en la misma. Cuando teníamos veinte nosotros seguíamos las condiciones de ese momento y hay algo importante, cuando uno se va poniendo más viejo, uno se va quedando cada vez más solo y va replanteando esta hueá. Y nosotros disfrutamos mucho el desarrollo personal que tiene cada uno haciendo esto. Si bien trabajamos en equipo y nos encanta, termina siendo super personal”.

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