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Niño de Elche: «Las discusiones me divierten, son parte de la performance»

Marisol García Publicado el 28 de Junio de 2019 por

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Más cómodo en la propuesta que en la provocación, el músico, performer y escritor español es hoy sin embargo para los medios sobre todo un activador de polémicas. «El hombre que bombardeó el flamenco», lo llamó El País. Y, sí, su frente de enemigos está en la ortodoxia folclórica y nacionalista, ocupada hoy en el debate inconducente en torno a apropiacionismo cultural. «La paradoja es que este extremo conservadurismo está llevando a que surjan propuestas alternativas muy interesantes», dice en entrevista en Madrid el hombre que sólo en 2019 se ocupa en la promoción de dos discos, dos libros y una película.

Admiraba hace años Francisco Paco Contreras a aquellas figuras aparentemente definidas por su firmeza y distinción, hasta que un amigo le hizo ver que, en el arte, la personalidad es poco más que un traje:

«No es más que repetir una misma cosa siempre, ¿no?».

La frase se le presentó como una contraproposición rompedora para sus juicios de entonces, ya severos como auditor aunque aún no entroncados con pasos profesionales propios. Y lo ha acompañado hasta hoy, cuando su nombre artístico, su trabajo incesante y discutido, y, sí, su personalidad distintiva son las de un figura de atención creciente en toda España.

Una de los muchos rasgos llamativos en la carrera de Niño de Elche es la inusual rapidez con la que se ha alzado: en los últimos seis años van cinco discos, un libro y singles de alianzas musicales vistosas, como con C. Tangana y Los Planetas. Sus inusuales decisiones de trabajo encuentran un cauce de divulgación creciente, de invitaciones al Sónar 2018 al comisariado del más reciente Festival Flamenco Madrid.

Flamenco, trap, rock, bolero, electrónica, performance y tuits como armas de agitación. Con la exposición ha venido el debate… o qué va debate: han sido duelos de espadas verbales dispuestas al corte y la sangre. Entre otras muchas cosas, Niño de Elche —«el hombre que bombardeó el flamenco», según El País— es hoy un polemista público disponible para exponer la estolidez de cierta ortodoxia y la valía de su cruce iconoclasta con la tradición. Su columna “Confieso que he robado” puede leerse como un manifiesto.

—Te ve uno discutiendo con quién sea, usualmente estudiosos del flamenco, y queda la impresión de que sinceramente te divierte.

—Bueno, hay que tener paciencia pero me lo paso muy bien, sí, y lo valoro como un proceso personal, que muchas veces me lleva a tener un viaje introspectivo. Las discusiones me divierten, son parte de la performance. Pero también me doy cuenta que a veces me invitan a sitios directamente para pelear, a encender lo que supongo entienden por provocación; y entonces yo simplemente doy mi charla y me voy. No estoy para ese juego televisivo. No es gente que quiera entender desde el espacio del pensamiento ni la reflexión, porque de lo que está preocupada es de las opiniones: «Dime tu opinión para confrontarla o para estar de acuerdo. Pero dímela rápido».

—¿Hasta dónde llegas en la disposición al debate, entonces?

—Estoy dentro de un mercado, de una industria, y a la vez trabajo desde lo conceptual, entonces claro que hay que invertir tiempo en la explicación, que es importante. Pero explicación, no justificación: ésa es la gran diferencia para mí.

—Trabajar como tú lo haces justo en un momento en que lo de la «apropiación cultural» pasó a gran discusión de medios probablemente te ha beneficiado.

—El debate sobre apropiación que tenemos se da en un sentido muy hermético; de repente te encuentras con trincheras. Recibo muchas críticas de gente muy joven, que no parten desde si les gusta o no les gusta mi proyecto sino que desde que lo que yo hago es un… sacrilegio.

—Y esa indignación no hace más que comprobar lo que intentas demostrar.

—Claro. Un crítico decía: «No se están dando cuenta del espejo que Niño de Elche les está poniendo». La apropiación en el trabajo artístico sí puede ser interesante si tienes algo que crees que es tuyo, y lo desvirtúas. Pero si lo quieres conservar desde un sentido nacionalista o localista, ahí es cuando estamos errando. [El ensayista esapañol] Ramón Andrés dice que pensamos que hoy vivimos en una sociedad muy abierta, con mucha diversidad, pero después cuando rascas no hay tanta. La paradoja es que este extremo conservadurismo está llevando a que surjan propuestas alternativas muy interesantes. Los agentes populares en la música son tan mágicos que hacen saltar las costuras cada dos por tres.

«… Cosas voy haciendo», dice con voz tranquila Niño de Elche sobre su particular agenda de multicreador, sentado en la gran oficina que su nuevo sello discográfico ocupa en el Paseo de la Castellana de Madrid. El músico tiene trato de gran fichaje para la promoción de Colombiana (2019, Sony Music), pero a la vez que la promoción y muestra en vivo de ese quinto disco solista los meses por venir lo ocuparán en la muestra de un álbum con la banda rock Los Planetas (Fuerza Nueva es el nombre del proyecto, ya con dos singles en circulación), una película rodada por él en Bolivia, y la publicación de al menos dos libros: uno de poesía y relatos eróticos, y otro de ensayo sobre «la mentira en el flamenco» que Anagrama ubicará en su atractiva colección “Nuevos Cuadernos”.

«”¡… pero haces tantas cosas!”, me dicen. Y, no sé, lo que hago va fraguando con el tiempo, que para mí es muy importante. El sentido ése de “carrera artística” es algo muy lineal, y en la música esa linealidad es por un lado muy conservadora y por otro irreal. Prefiero funcionar más como un artista contemporáneo: tengo diez carpetas y las voy llenando; entonces van saliendo ideas, y las distribuyo: esto puede ser un libro, esto puede ser un cartel, esto puede ser un documental… Analizo el contexto, el formato, los momentos. Lo que importa no son los géneros, las producciones ni las disciplinas sino que el núcleo que alimenta todo eso».

—Sugiere un único work-in-progress, más que una sucesión de lanzamientos.

—Eso es. Al menos acá en España al producto artístico lo entienden como algo que yo te ofrezco para que tú consumas de forma directa. Pero yo prefiero entregar un disco como un espacio para que tú repienses qué te ofrezco. Para que tú también hagas, como público; y tomes decisiones y viajes a otras cosas.

Ya en los títulos de las composiciones de Niño de Elche esa propuesta de referencias se hace evidente, como los saludos a Tim Hardy, San Juan de la Cruz y Guy Debord —así de inesperado— que se aparecían en su disco del año pasado, el extenso y descolocante Antología del cante flamenco heterodoxo. Pero incluso antes de esa insolencia rompegéneros, el alicantino había grabado un álbum de tributo a Miguel Hernández (Sí, a Miguel Hernández, 2013), con todo el atrevimiento que podía sugerir que un cuasi debutante saludara el gesto previo (y clásico) de Joan Manuel Serrat. Textos de Antonio Escohotado y Ernesto Cardenal, entre otros autores, aparecen entre las canciones del nuevo Colombiana.

—Me interesan esos creadores que con su obra saben crear un mapa, un territorio, un contexto. Lo interesante es saber cómo funcionan las cosas, y no tanto qué son; así vamos viendo de qué agarrarnos. Al contar una historia tengo la responsabilidad y el cometido de mostrar los materiales, que son de todos, dejando que quede una parte subjetiva para que cada uno haga su construcción, ¿no? En los últimos dos discos me ha acompañado [el artista y teórico] Pedro G. Romero y él me dice: «No estamos aquí para hablar de la verdad, sino para inspirarnos en lo que nuestra memoria nos ha dejado y sobre eso crear otras realidades». El arte no está para decir la verdad.

Madonna invita a su nuevo disco al colombiano Maluma y los medios aplauden el (discutible) «cruce cultural». Niño de Elche trabajó su álbum más reciente en Bogotá junto a un músico y productor local (Eblis Álvarez, de los irresistibles Meridian Brothers), pero prefiere definir su encuentro como un «choque cultural».

Colombiana suena a cumbia y a selva, a sudor y alucinógenos, a antiguos refraneros e incluso al ‘Ni chicha ni limoná’ que de otro modo adaptó para nosotros Víctor Jara. Pero no suena nunca a turismo ni a encandilamiento oportunista con el pulso urbano regional que tan bien ubicado aparece hoy en el Primer Mundo. Niño de Elche, nativo de Alicante, en la costa mediterránea (la ciudad de Elche tiene poco más de 200 mil habitantes), dice estar satisfecho con un disco agitado e inquietante que a su juicio desafía estereotipos de la ida y vuelta entre Latinoamérica y Europa:

—El flujo transoceánico de información y saberes es una idea romántica, pero que hoy funciona en un mundo en el que el concepto mismo de viaje está alterado en su concepción temporal y espacial, por las drogas, por las aerolíneas low-cost e internet ya ni te cuento. En este disco hemos contrapuesto cumbia y flamenco, no en un sentido de fusión ni mestizaje, sino más bien de convergencia, en un juego también retrospectivo de ir y volver al pasado y al presente, y usando cosas muy específicas, que demuestran que ahora que lo latino está en boga en realidad no conocemos tanto de su música como pensamos. Entonces hay una parte divulgativa, como un toque de atención para alimentar y activar la curiosidad, y una parte… áspera, porque trabajamos con un sonido de a veces disonancias, instrumentos no totalmente afinados.

—Mucha de la proyección folclórica cuida precisamente lo contrario: la tradición debe sonar impecable, estilizada.

—El mundo del folclor (hablo del folclor institucionalizado) es el mundo más conservador hoy en día. Ha cogido las malas formas de la academia, queriendo convertirse en ello. Entonces ves cómo han suavizado el folclor, quitándole todas las asperezas, porque eso lo creen grotesco, no musical. Este disco es un ejercicio de volver a sonidos disonantes pero populares, a una voz rasgada, a una sopla, a esas pequeñas cosas que pueden verse como anormales y que toda la moda y el cruce con lo latino se han perdido como impurezas.

—Por mucho tiempo, lo que un músico pop entendía por trabajo intercultural era la inmersión pasajera en un descubrimiento reciente. A lo David Byrne.

—Se ha hecho muchísimo, claro. No soy muy fan de ese trabajo musicológico, de campo, antropológico, que por cierto conozco y es valioso. Nuestra intención al trabajar en el disco no era universalizar, porque cuando universalizas, estandarizas. La world-music malentendió esta cosa de los puntos en común. No se trata de quitarles asperezas a las músicas para encontrar una universalización, para rockerizar o encontrar puntos pop entre ellos: no. Los puntos comunes están en otros estratos: en la historia, las actitudes.

—Las discusiones te obligan a argumentos que muchas veces tomas de la historia y la filosofía. ¿Estudias mucho?

—Soy más elefante de cacharrería. Sí paso mucho tiempo estudiando pero eso lo combino con mi parte más punk y desenfadada de atreverme a hacer… Si el mundo del conocimiento lo ves como una preparación no terminas nunca. Me sumerjo en los trabajos sobre todo para aprender, que es algo que la gente muchas veces no entiende. Antonio Escohotado dice una cosa muy interesante: «Voy descubriendo la tesis mientras escribo». Un poco me pasa eso: tengo una intuición de lo que puede ser pero en los procesos de mis discos lo que me sucede es que parto sin referentes o con referentes muy lejanos, y tengo que estar constantemente repensando, reescuchando y, bueno, confiando en mi intuición.

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