Quizá al leer el titular nos parezca tan ridículo que nos de risa, pero el asunto es más serio. En los últimos días saltaba la noticia de que parlamentarios guatemaltecos habían pedido la prohibición de actuar en el país al veterano grupo de metal sueco Marduk por, ojo, ser satánicos. Fundados en 1990, se inscriben en la larga tradición de grupos de metal escandinavos.

Hace unas horas se confirmaba que las autoridades de Guatemala decidían, por abrumadora mayoría en una votación en el Congreso, prohibir la presentación de la banda. Nada menos que 87 votos a favor y sólo 13 conservando la cordura, dieron como resultado que, tras un debate metafísico sobre las letras satánicas del grupo, les impedirían presentarse el próximo 11 de octubre en aquel país.

Al contrario de lo que están diciendo muchos medios, la resolución no es vinculante, y no tiene carácter legislativo de facto para prohibir el ingreso al país de la banda por considerar que su música es “satánica y blasfema” y que “atenta contra los sentimientos religiosos, mayoritariamente cristianos, de la sociedad guatemalteca”. La decisión, eso sí, incluye una petición al Ejecutivo para que ordene a la Dirección General de Migración que se prohíba el ingreso al país centroamericano de “cualquier persona relacionada con el grupo”.

Todo el asunto es más paradójico si se tiene en cuenta que ya habían actuado en otras ocasiones en el país y, en las ocasiones anteriores, no hubo problemas. Muchas voces críticas indican que tiene más de cortina de humo que de realidad este debate, puesto que en las últimas semanas han habido fuertes protestas por la corrupción del gobierno del presidente Jimmy Morales.

Todo se convierte en algo más desagradable, cuando el grupo ha flirteado con la simbología y hasta las ideas nazistas y eso no parece molestar a los parlamentarios. En 1995, el guitarrista Morgan Steinmeyer Håkansson se quejaba en una entrevista de que medios alemanes los tildaban de neonazis por una declaración suya en la que declaraba que los inmigrantes no deberían ser permitidos en Suecia y que estaba orgulloso de que su abuelo fuese un oficial de las SS nazis. Eso, que tiene implicaciones en la vida real, parece ser que molesta menos que el chiste de la adoración a satán.

Más allá de la apelación a la libertad de expresión, es desconcertante que un parlamento se entretenga en asuntos imposibles de demostrar como el viejo pascuero, el ratón de los dientes o el satanismo. Al enterarnos de esta noticia, se nos hace difícil no recordar a Chile en el año 1992, cuando una campaña de la Iglesia chilena acusaba a Iron Maiden de satanismo, cerca de su arribo previsto en julio de ese año. La cobertura mediática, además, creó alarma social y política, poniendo dificultades a la realización del show, denegando permisos para realizarlo en la Estación Mapocho, y asustando a los auspiciadores. Finalmente, tuvo que ser suspendido, para la frustración de los fanáticos de la banda en el inicio de la transición. Toda esta situación creó hasta un pequeño incidente diplomático con protestas del gobierno británico.

Aquí se pueden ver las imágenes de un Chile infame que esperemos haya quedado atrás.