Música
Veinte años de baile, ritmo y sabor que ya son una marca registrada. Veinte años en que su nombre se transformó en sinónimo de fiesta en cualquier idioma. Nunca fueron típicos, y hace rato que dejaron de ser sólo venezolanos. La gozadera de Los Amigos Invisibles, y ellos bien lo saben, ya le pertenece al mundo entero.
Si lo de ayer fuera la secuencia final de una película, ésta debería llamarse “Trece Años Después”. Sería una cinta de ésas con complejo de montaña rusa, con multitud de ires y venires. El 16 de octubre de 1997, una banda en su mejor momento repletó el Teatro Caupolicán en medio del éxito mundial de su “Travelling Without Moving” (1996), un disco que terminó de consagrar a una agrupación que se había tomado radios y pistas de baile a lo largo y ancho del planeta. Trece años después, “Rock Dust Light Star” (2010) era la razón (o la excusa) para el regreso de Jamiroquai.
Durante los últimos años, el pop y algunos géneros musicales tradicionales, e incluso pasados de moda, parecen estar siendo reivindicados con frescura e inquietud dentro de las corrientes indie y la electrónica. El caso de Inglaterra es especialmente particular: el dubstep, uno de los estilos gestados en la isla de manera underground en los clubes nocturnos, ha sido sobreexplotado en su versatilidad por DJs y productores buscando la última fórmula maestra para dar en el clavo de la vanguardia. Es así como el wooble bass y los beats característicos del dubstep purista de mediados del 2000 se han encontrado, de manera pretenciosa, con el techno, el ambient y hasta con la oscuridad gótica en artistas cómo Scuba, Burial, Shackleton y Balam Acab.
Desde hace cerca de dos años que no sabíamos nada de My Morning Jacket. Los norteamericanos habían lanzado “Evil Urges” el 2008, recibiendo loas por parte de la crítica y el público. Por ende, el lanzamiento de una nueva obra es imán inmediato para las expectativas, que de a poco comienzan a ser apaciguadas.