Por Carlos Torrejón

Inglaterra. Terminaban los ’80 y con un movimiento musical desgastado (la escena Madchester, que ya no daba más), se le hacía necesario a la prensa de la época encontrar una nueva definición y hype para el grupo de nuevas bandas que, desde hacía un tiempo, venían presentándose en diversos tugurios de la gran isla. Eran chicos desgarbados que, casi estáticos en el escenario, sólo atinaban a mirar el suelo. Grupos que se caracterizaban por un sonido lleno de feedback, ruido blanco y pedales, mucho reverb, flanger y distorsiones varias. Y ellos siempre con la cabeza gacha, quizás por timidez o bien para no errar al saltar entre tanto pedal.

Era el comienzo del shoegaze, los ingleses tenía su nuevo sabor de temporada, pero la historia contó otra cosa: no fue sólo un invento, sino que dio origen a un movimiento que marca un referente hasta el día de hoy.

Dentro de la camada de los ’90 (con My Bloody Valentine, Ride, Curve, Pale Saints y Slowdive como cabezas de serie), surge una banda que se distinguió de las demás por su sonido, con melodías más definidas, arreglos exquisitos y una voz que dejaba el susurro característico de los cantantes de esta escena, para pasar a ser parte importante en todo el juego sónico. Ese grupo se llamó Catherine Wheel, un cuarteto proveniente de Great Yarmouth, Inglaterra, formado el año 1990.

Sonaban a una mezcla rara con toques del metal e indie norteamericanos, algo de Dinosaur Jr. , Hüsker Dü, Pixies y Sonic Youth; pero claramente el fantasma de la Velvet Underground y los toques de The Jesus and Mary Chain -que los emparentan con sus compañeros de movimiento- están presentes. Una gran mezcla de arreglos, con feedback precisos, una batería muy interesante en ritmos y arreglos y un bajista que potenciaba el concepto más pesado del grupo, los llevó a crear discos que tuvieron un destacado éxito comercial.

Fue en su segundo larga duración, titulado “Chrome” (sucesor de “Ferment de 1992), donde mostraron todas sus armas y capacidades, con un disco lleno de buenas canciones, himnos para una juventud británica cansada e indolente, un álbum que pasó a la historia de aquel sonido inglés como obra imprescindible y necesaria. Incluso, conquistaron una porción del mercado norteamericano, tan deseado y a la vez esquivo para las bandas del Viejo Continente.

Es más, los canales de videos de la época, como MTV y MuchMusic, los metieron en el saco del movimiento grunge, logrando el apogeo de Catherine Wheel en 1995, con el single ‘Waydown’ (de su tercera placa, “Happy Days”). Esto les valió cierto recelo de parte de los medios de su país de origen, quienes los dejaban fuera de los recuentos musicales por considerarlos algo así como unos bastardos del rock norteamericano.

Pero este cuarteto, además de argumentos musicales, tenía otros encantos. El registro privilegiado de su vocalista y su influencia más dura venían de familia; era que no, si bajo esa apariencia de adolescente sufrido (pero siempre a la moda), estaba el cantante, guitarrista y compositor Rob Dickinson. Sí, los que no sabían, ya lo podrían adivinar: el primo de Bruce Dickinson, líder espiritual del heavy metal y voz de Iron Maiden. Catherine Wheel era completado por Brian Futter en guitarra y segunda voz, Dave Hawes en bajo y Neil Sims a cargo de la batería.
El nombre del grupo fue tomado de un eficiente instrumento de tortura, con forma de rueda, lo que entrega indicios de que su intención musical va más a lo directo y potente, que a las sonidos más vaporosos y saturados practicados por sus colegas. Además, muestra un humor bastante negro, que también queda de manifiesto en algunos pasajes de su lírica, con letras escabrosas y muy bien elaboradas. Son, claramente un grupo de canciones magníficas. Con sus guitarras siempre presentes giraron en largos tours con grupos como INXS y Slowdive, mientras sus melodías influenciaron a muchos grupos. Sin ir más lejos, las guitarras de “Pablo Honey” y “The Bends” de Radiohead huelen, en buena medida, al espíritu de Catherine Wheel.

“Chrome”, la excusa para este comentario, es un disco sin precedentes, que nace de mezclar angustia adolescente, grandes ideas y sensibilidad musical. Este elepé los alejó del movimiento shoegaze y de su inicial “Ferment”. Con melodías más maduras y arreglos precisos y espaciales, nada sobra, ni nada falta. Desde su portada color azul profundo que muestra una danza bajo el agua (una tremenda foto del colectivo Hipgnosis, conocidos por el arte de “The Dark Side of The Moon” de Pink Floyd), hasta el orden en que fueron puestos los temas, armando un viaje completo con momentos de electricidad pura y descansos llenos de delays y reverb.

Editado y distibuido por Fontana Records (sello que en su catálogo incluye a Cocteau Twins y James, entre otros), “Chrome” fue producido por Gil Norton, quien también trabajo en discos de Pixies, Foo Fighters y Echo & The Bunnymen. Con su experticia, el asesor supo sacar el máximo provecho a las melodías de Catherine Wheel. Bajo su tutela, el cuarteto plasmó todas las aristas de su música en este disco, pasando desde melodías sensibles y etéreas como ‘Fripp’ (el mito dice que su nombre es en honor al maestro Robert Fripp, lo que la banda nunca desmintió), a otras netamente shoegaze y épicas como ‘The Nude’, una bella y atemporal canción; hasta la alegre y bailable ‘Show Me Mary’.

Si bien es cierto que “Chrome” no es el disco que los catapultó a su mayor notoriedad –lo que sí hizo “Happy Days”- es la gran obra de los liderados por Dickinson. Cuenta con 12 tracks y los singles resultaron ser una tríada perfecta, comenzando por ‘Crank’, un tema radiable con ese tufillo inglés que tanto gusta y que se mete en lo más profundo de tu memoria auditiva. Luego vino ‘Show Me Mary’, placer culpable de varios seres indie de la época, que la bailaron cuando nadie los veía. Y finalmente ‘The Nude’, que -a estas alturas- debería ser un clásico atesorable junto a imprescindibles como ‘Only Shallow’ de My Bloody Valentine o ‘Rave Down’ de Swervedriver.

Los británicos continuaron editando discos de gran calidad musical hasta su disolución en 2000. Pero es “Chrome” la joya de la corona, un disco que siempre invita a ser escuchado y que contiene temas que ya se quisieran otros grupos. Por ejemplo, ‘Pain’, lleno de distorsiones, feedback, portentosas melodías y una letra que parte almas. O ‘Ursa Mayor Space Station’, en donde las guitarras se vuelven más densas y oscuras y el flanger juega en un torbellino sónico en donde cada golpe eléctrico se agradece y disfruta.

Una obra completa desde su arte hasta su música, que podría ser la banda de sonido de uno de tus mejores días. Escúchalo.