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Banda Sonora Autoconvocada

Banda Sonora Autoconvocada

Javiera Tapia

“Es nuestro destino trabajar como esclavos esto durará quizás por muchos años si no te rebelas, si no haces algo”. Los Miserables, Date cuenta (2000)

“No sé a quién mierda yo le tengo que pagar No se sorprendan si reaccionamos mal”. Fiskales Ad-Hok, Sudamerica-no (2001)

“No te extrañen las piedras ni te asombren los fuegos”. Tata Barahona, Luz de rabia (2015)


En una situación crítica como la que se ha producido en Chile en 2019, entre las más diversas señales culturales que haya en juego, la creación musical cumple un rol de referencia. Frente a una idea recurrente en los primeros días de revuelta, sobre lo difícil que fue en apariencia anticipar este conflicto, la música es uno de tantos desmentidos: en ella hay constancia previa y significativa de los motivos de la crisis. Lo impredecible pudo ser el momento de la explosión, no el estado de cosas que la hizo posible. “No son treinta pesos, son treinta años” es una de las consignas iniciales del movimiento, tal vez la primera, y en relación con esos treinta años hay literatura, hay un historial amplio de movilizaciones previas a 2019 y hay música.

La actual música popular chilena tiene una sapiencia de décadas en el instinto de buscar y encontrar al margen de los medios oficiales las vías para darse a conocer. En los años más recientes han sido sitios digitales de distribución a falta de sellos disqueros, softwares a falta de estudios de grabación, redes sociales a falta de prensa, fondos concursables a falta de recursos en el mercado. Pero desde antes, y en la base, han sido además años de grabaciones independientes, sellos disqueros alternativos, encuentros autogestionados, actividades en espacios públicos, avisos pegados en los muros de las ciudades y personas y grupos que tocan en las esquinas, que cantan en las micros, que riman e improvisan en los vagones del Metro.

Música en las calles, en una frase. Calle, en una palabra, metafórica o literal. No son palabras ajenas al gesto de cantar y tocar en Chile, ni lo fueron desde el día mismo en que el país inició un estado de subversión sin precedentes, ese viernes 18 de octubre de 2019 que todavía resuena próximo pero al mismo tiempo histórico desde ya. Era un estado latente, como latente era también el descontento. No lo sospechaba el Presidente, quien como el mundo sabe disfrutaba una velada familiar minutos antes de decretar Estado de Excepción y de militarizar buena parte del país esa misma noche del 18 de octubre.

No lo sospechaba su primo el Ministro del Interior, a quien, también ese día más temprano, vimos por televisión con toda la pompa de su ancha investidura prometer el máximo rigor de la Ley de Seguridad del Estado para quienes hasta entonces estaban saltando los torniquetes del Metro en la capital. No sospecharon las cúpulas del poder que el anuncio punitivo sólo iba a generar más coraje y agitación: las personas salieron a las calles de igual forma, y con ellas salió la música que ya tenía, que ya tiene, esa calle en el ADN.

Desde aquella noche se escucharon los primeros cacerolazos y un cántico inicial de muchos que se iban a sumar en los siguientes días, semanas y meses: “Evadir, no pagar, otra forma de luchar”. Ritmo y verso espontáneos y naturales para la cohesión musical del hastío generalizado. En menos de setenta y dos horas la cantante y rapera Ana Tijoux ya había transformado esa célula rítmica de olla y cuchara de palo en una primera canción, que antes que canción fue un concentrado de cincuenta y nueve segundos de contingencia en estado puro: ‘Cacerolazo’, lista para su viralización inmediata.

Fue también la primera de decenas de nuevas composiciones motivadas por el movimiento que aparecieron desde entonces, en los más diversos géneros musicales. Una semana más tarde, el domingo 27 de octubre, ya había en Santiago una profusión de actos públicos con música en vivo, desde una concentración masiva en el Parque O’Higgins hasta otras jornadas en comunas como Lo Espejo, Peñalolén o Providencia, que fueron a su vez las primeras convocatorias de una espiral de actos y giras asociados a las manifestaciones.

Pero más significativa incluso que todas esas señales es la música que, también desde el comienzo, pusieron en juego las propias multitudes autoconvocadas.

Fieles a la naturaleza de este movimiento, articulado sin partidos políticos ni diri- gentes por cierto, sin representantes y casi sin voceros ni voceras tampoco, fueron las personas anónimas en las calles quienes de manera espontánea se encargaron de reconstituir una banda sonora chilena preexistente a la crisis: manifestantes que acudieron a una memoria personal para configurar en su conjunto un repertorio colectivo, para recordarnos cuántas señales había registradas y desde cuántos años antes. Bastó salir a las marchas y encuentros para verlo, escucharlo y sentirlo.

Literalmente, millones de personas desde entonces han hecho pancartas, han diseñado lienzos, han escrito en murallas, han pegado carteles, han desplegado papelógrafos, han pintado esténciles o simplemente han cantado, y por esas vías han invocado una memoria musical, implícita hasta entonces, que se hizo audible y visible en 2019. Latente por treinta años. Patente desde ahora.


Escrito en carteles, cantado en la esquina

“Dice que lo tiene todo, pero yo no pienso igual te hace falta escuchar cumbia, te hace falta humildad”. Santaferia, ‘Don Satán’ (2011)

“*Corfo* Tengo un aval que es un ladrón”, dice una pancarta amarilla con letras azules colgada a la espalda de una estudiante que ha venido esta tarde a la plaza capitalina antes conocida como Baquedano o Italia, y hoy rebautizada Plaza de la Dignidad por vía popular. Es el viernes 22 de noviembre de 2019 y, aunque hayan pasado veinticinco años desde que Los Tres grabaron ‘El aval’ en su disco Se remata el siglo (1993), la frase de esa canción sampleada hoy no puede ser más atingente para llamar la atención sobre el crédito Corfo de pregrado universitario, y para averiguar cuánto más aplastante que el CAE resulta esta solución educacional que ahoga a estudiantes en deudas con la banca.

Semanas antes de esa instantánea, cuando han pasado apenas cinco días desde el inicio de las protestas masivas, entre la multitud que el 22 de octubre marcha por Alameda rumbo a Santa Rosa, una joven levanta una hoja blanca con el dibujo de un reloj y el aviso “La hora sonó!”. El mismo origen tiene la frase que el 11 de noviembre trae escrita en un cartón otra manifestante al llegar al Parque Bustamante, con caricatura presidencial copiada del ilustrador Malaimagen y el anuncio “No permitiremos más tu doctrina del shock”. Los dos son versos de la canción ‘Shock’, una declaración contra el neoliberalismo a ultranza ensayado y consolidado en Chile que Ana Tijoux grabó en su disco La bala (2011).

Los versos “Todo lo quitan, todo lo venden, todo se lucra, la vida, la muerte” en letras de papel pegadas a las paredes o “Tu comunicado manipulado ¿Cuántos fueron los callados?” pintado en un esténcil son más pruebas murales y públicas de cómo esta canción aparece y reaparece en la ciudad como referente de la revuelta.

Entre la muchedumbre que apenas logra moverse en medio de la histórica manifestación de cuadras y cuadras convocada el viernes 25 de octubre en Santiago es llamativo encontrar a dos jóvenes que muestran carteles con las frases “Millones de almas en sus cuentas” y “Ellos gobernaron el pasado, la rutina, la energía, no gobernarán el futuro”. Son líneas de la canción ‘Millones’ que una joven Camila Moreno puso en su primer disco, Almismotiempo (2009): otro título que se oye adelantado hoy.

De data más larga aun es la invitación “Quememos este circo y también al mandamás” que un manifestante ha pintado en vivos colores sobre una cartulina para salir a marchar el martes 29 de octubre, encomendado a la canción ‘El circo’ que la banda punk Fiskales Ad-Hok grabó en su segundo disco, Traga! (1995).

Las paredes hacen lo suyo y en diversas esquinas citadinas es posible encontrar la ilustración de un perro en pose agresiva al lado de la leyenda “Ládrale a la autoridad”, que es parte de ‘La sinceridad del cosmos’, éxito de masas de Ases Falsos incluido en el primer disco del grupo, Juventud americana (2012), así como aparece también el mensaje más reciente “El gobierno la maquilla pero mata, roba y miente”, extraído de la letra de ‘Facts’ (2018), de Pablo Chill-E, y estampado en más esténciles sobre las murallas.

En la esquina de la Alameda con Vicuña Mackenna, epicentro de las manifestaciones en la capital, pronto se vuelve costumbre escuchar con parlantes a la calle un repertorio que va desde punk y rock hasta la versión cumbiera de Evelyn Cornejo para ‘Mas van pasando los años’ de Violeta Parra y más cumbias como ‘Don Satán’ de Santaferia. Y no todo pasa en el centro de la ciudad.

“Violento es que te pregunten ¿de qué vas a vivir? si decides ser artista en este país” se lee en el letrero que dos niñas comparten el 16 de noviembre, al final de la marcha entre la Plaza de Armas de San Bernardo y la intersección de Gran Avenida y Américo Vespucio, comuna de La Cisterna en la zona sur de Santiago. En la misma esquina un joven trae impresa a gran tamaño la foto de Alex Anwandter sosteniendo el anuncio “¿Sabía ud. que en Chile se violan los derechos humanos?” que el cantante pop chileno ha exhibido dos días antes en la entrega de los premios Grammy Latino en EE.UU.

Y, desde luego, en las calles hay también menciones a músicas más históricas. Ésas van desde pancartas y lienzos con frases como “Seremos el baile donde ninguno del pueblo sobre” (cita a ‘El baile de los que sobran’, de Los Prisioneros), “Por qué, por qué los ricos tienen derecho a jubilarse tan bien!!” (cita a ‘Por qué los ricos’, también de Los Prisioneros), “Yo prefiero el caos a esta realidad tan charcha” (verso de Mauricio Redolés) y “Canto que ha sido valiente siempre será canción nueva” (verso de Víctor Jara), hasta ese video viralizado durante la quinta noche de protestas, donde desde distintos departamentos de Santiago una mujer canta y un hombre toca la guitarra en una versión espontánea y a dúo de ‘Para que nunca más en Chile’, de Sol y Lluvia.


Si tu apellido no es González ni Jara

“Yo tengo esa sangre, esa sangre en las venas de gente que vive entre balas y penas de hombres que gritan llorando a los muertos la sangre de un pueblo regada en el suelo”. Daniela Millaleo, ‘Trafun’ (2013)

A partir de ese repertorio se hizo común, en los primeros días de protestas, cierta idea de que las canciones que surgieron en las calles provienen de un pasado lejano, así como la suposición de que por el contrario no hay obras recientes en la música chilena que tengan esa calidad de himno.

Una escucha apresurada parecía probarlo. Fue no sólo público y notorio sino además conmovedor cómo un cancionero completo de Violeta Parra, que remite en gran mayoría a los años sesenta, se tomaba la vía pública en citas a composiciones como ‘La carta’, ‘Al centro de la injusticia’, ‘Arauco tiene una pena’, ‘Qué dirá el santo padre’ o ‘Miren cómo sonríen’, con la clarividencia de versos como “Miren como se alistan cabo y sargento / para teñir de rojo los pavimentos” si había que referir a las víctimas de la represión uniformada, o con títulos certeros como el propio “Miren como sonríen” si se trataba de retratar algo tan puntual y perturbador como el rictus de Andrés Chadwick, cuando el entonces ministro compareció frente al Congreso el 23 de octubre a rendir cuenta de los atropellos cometidos por uniformados bajo estado de excepción.

También en aquellos días corroboraron ese carácter de himno las históricas composiciones ‘El derecho de vivir en paz’ de Víctor Jara, grabada con los Blops en 1971; ‘El pueblo unido jamás será vencido’ de Sergio Ortega, grabada por Quilapayún en 1973; o la más reciente ‘El baile de los que sobran’ de Jorge González, grabada por Los Prisioneros en 1986.

La condición universal de esas canciones es indisputable, pero remitirse sólo a repertorios así de consolidados resulta conservador e insuficiente. Los de Violeta Parra, Víctor Jara, Sergio Ortega y Jorge González son himnos porque tienen al tiempo de su lado para haber sido consagrados como tales, y porque en los años en que fueron grabados y difundidos hubo una industria musical o un contexto político que los respaldó, dos diferencias en contra de canciones más recientes.

Pero además basta estar al tanto de la creación y circulación de ciertas músicas de hoy para constatar que, desde ámbitos tan distantes como el rap proletario de un MC como Portavoz y el trap de raigambre popular de un cantante como Pablo Chill-E, hay canciones cuyos versos abundantes son coreados de memoria por audiencias de cientos y miles. Es un llamado de atención a prestar oídos a las músicas actuales y apreciar lo meritorio que hay en el gesto de seguir enseñando canciones nuevas a grandes audiencias, aun si tu apellido no es Ortega ni Parra, ni González ni Jara.

De esas referencias más recientes tratan las siguientes páginas. No es la música de los años sesenta, setenta ni ochenta. Son las melodías y los versos que en un tiempo más inmediato anticiparon este movimiento. La música que advirtió la sublevación.


Urgente, gratuito, compartido, paritario

“Abuso de la tele que niega la belleza Abuso de los medios que aturden la cabeza”. Isabel Parra, ‘Abusos’ (2014)

Es posible remontarse a los inicios de los gobiernos de la Concertación a contar de 1990 para hallar en la música de ese tiempo voces críticas a la transición pactada entre civiles y militares. Referidas en el primero de estos artículos, esas voces coexisten en la canción comprometida y heredera de la resistencia cultural a la dictadura de los años setenta y ochenta y en expresiones más recientes como el rock, el rap y el punk. Luego, en “Desde el rap a la música urbana: apuntes del subsuelo”, Freddy Olguín, rapero además de periodista y productor de música independiente, reconstituye el modo en que ese enfoque crítico encontró también vías en el rap, que por naturaleza es expresión de oratoria, desde los más tempranos años noventa.

Un escenario simultáneo al de esas rimas es el de la música electrónica, considerado por el periodista y músico Luis Felipe Saavedra en el capítulo “Technocracia: música electrónica y post-dictadura”, con mención a las particularidades de esa creación desprovista de discurso literal y por lo tanto aun más sugerente como vehículo de sentido crítico. Y con la experiencia previa de haber filmado documentales como “Hardcore: la revolución inconclusa” (2011), la realizadora audiovisual Susana Díaz aborda junto a la periodista Leyla Manzur la evolución de un movimiento político por definición como es el hardcore, o hardcore punk, con sus antecedentes en el punk rock desde fines de los años ochenta y con sus diversas expresiones generacionales.

Un eventual segundo tiempo en esta propuesta retrospectiva se inicia a mediados de la primera década del nuevo siglo, impulsado sobre todo por un circuito de rap popular que agudiza el discurso contestatario y lo hace más frontal. En paralelo recrudece una generación de bandas mestizas entre el rock, la cumbia y otros géneros, también en vinculación con movimientos sociales como las movilizaciones estudiantiles de 2006 y 2011 y con más reivindicaciones en torno a los ecosistemas, los pueblos originarios, los recursos naturales o el sistema previsional, entre otras. Como parte de este mosaico, el universo de la cueca es abordado por la historiadora Araucaria Rojas, quien en el ensayo “Trayectorias discursivas de los conjuntos de cueca de mujeres. Santiago (1998-2019)” describe y caracteriza el rol de las mujeres en ese ámbito durante las últimas dos décadas. Y en “El feminismo como discurso crítico en la música popular del último lustro”, la periodista Javiera Tapia aborda algunos de los nombres más recientes de la canción pop chilena, con foco en la creación de mujeres y con la convicción necesaria para destacar al feminismo como la expresión más importante de los últimos años en el movimiento social.

Estos artículos han sido escritos en los descuentos de 2019, mientras era discutida la paridad de género en el Congreso o ardía el santiaguino Centro Arte Alameda en los días finales de diciembre.

Se oía venir tendrá alguna segunda edición más avanzado el año que empieza, una temporada 2020 que será crucial para las reivindicaciones levantadas en estos más de dos meses de expresión popular. Pero por lo pronto ésta es una versión inicial acorde a los tiempos que corren: un libro urgente, gratuito, compartido, paritario. Paritario por la composición del equipo invitado a redactar los artículos de esta primera edición. Compartido porque otro efecto de 2019 ha sido recuperar el valor de una reflexión colectiva: desde el 18 de octubre proliferaron en Chile cabildos y asambleas autoconvocadas, y éste de algún modo es un encuentro de ese tipo también, nuestro cabildo, otra asamblea posible.

Urgente porque apremiaba hacer algo que contribuyera en alguna mínima cuota a argumentar sobre la legitimidad del movimiento social, en este caso a partir de un registro de los  antecedentes de ese movimiento en la expresión artística. Y gratuito porque mientras más simple y directo sea el acceso a estas páginas mejor será para traer a la memoria y ojalá poner a circular, escuchar, cantar y tocar este cúmulo de música anticipada a su tiempo.


Ejercicio de inventario

“No hay que ver el futuro para saber lo que va a pasar”. Nicolas Jaar, ‘No’ (2016)

“Apuntes sobre treinta años de música y contingencia en Chile” fue el subtítulo inicial considerado para este trabajo, descripción de la que subsiste la voluntad de tomar nota de estas contingencias con fines de inventario y ayudamemoria. Es un recordatorio de que, por ejemplo, en 1990 un cantor llamaba “democracia protegida” al gobierno de la recién instalada Concertación y un grupo de rap santiaguino acusaba la desmovilización social decretada desde ya por el nuevo régimen, o de que 1992 una banda de rock de La Cisterna apuntaba una crítica generalizada a la clase política que hoy es habitual, y en 1993 un dúo de Valdivia retrataba la abulia social de la época.

Pronto en 1994 una autora regresada del exilio estaba cantando sobre un montón de mujeres, como si fuera una sinopsis de los movimientos feministas del futuro, y en 1996 una serie de grupos y solistas suscribían un primer disco colectivo en defensa del ecosistema, tal como en 1997 un cantante de masas tomaba el pulso del consumismo aspiracional chileno con éxitos de nombres como ‘Preemergencia’ y en 2001 una banda hardcore recordaba que el Senado de ese año seguía siendo el senado de Pinochet.

Dos años antes de la primera movilización secundaria, un rapero imaginaba en 2004 un motín en la sala, así como en 2009 una joven autora se anticipaba a las múltiples colusiones de parte del gran empresariado con una canción llamada ‘Millones’, o como en 2014 la rapera y cantante más internacional de su generación desplegaba en un disco llamado Vengo las temáticas completas de una crisis social en vías de explotar tarde o temprano.

Solo en esta genealogía recién nombrada se suceden los nombres, más o menos advertidos, de Raúl Acevedo, Panteras Negras, Los Miserables, Schwenke & Nilo, Isabel Parra, ElBío-Bíosiguecantando, Joe Vasconcellos, Malgobierno, GuerrillerOkulto, Camila Moreno y Ana Tijoux, pero así como esos casos es posible encontrar en estos treinta años cantidades de canciones chilenas a tono con sus tiempos o incluso adelantadas a ellos.

Ni siquiera se trata solo de letras, más o menos literales: la convicción se ha demostrado también, en ocasiones más poderosa aun, en una creación musical que cuestione los lugares comunes de la composición o la producción, en la opción por difundir un trabajo sin fines de lucro contra toda lógica capitalista, en una postura crítica o ajena al gran negocio, en definitiva. Si usar la industria para amplificar un discurso contestatario es posible, estar al margen también es manifiesto.

Las disciplinas del arte son relevantes para retratar el espíritu de las épocas y deberían ser fuentes consideradas para entender a la sociedad y sus cambios. Vistas hoy en retrospectiva, las creaciones musicales referidas en las próximas páginas son documentos. En tiempo real fueron apelaciones, llamados de atención al poder incluso. “Te hace falta escuchar cumbia, te hace falta humildad”, cantaban ya en 2011 los Santaferia en su citada canción ‘Don Satán’, para los días de la primera administración del actual mandatario chileno. Y no es descabellado que para tal o cual Presidente una cumbia o cualquier expresión musical popular sea un “insumo”, para hablar en términos burocráticos. Lo dice en parte de la letra de su canción ‘No’ el músico Nicolás Jaar: “No hay que ver el futuro para saber lo que va a pasar”. Vale más escuchar el presente. Tener oídos abiertos.

El discurso crítico en la música chilena actual ya es tranversal, y no hay mucha excusa para no estar al tanto tras años de evidencia. El 23 de octubre, en  los días iniciales de las protestas de 2019, un panelista del programa matinal de Canal 13, Polo Ramírez, fue tendencia nacional por su frase “Sabíamos que había desigualdad, pero no sabíamos que les molestaba tanto”. Cuatro años antes, en 2015, el mismo panelista había posado de “punk” como humorada para una nota de TV sobre ese género musical. De haberse molestado en aparentar menos y reportear más sobre el tema tal vez hubiera encontrado, en el disco Calavera, publicado en 2001 por la banda punk Fiskales Ad Hok, una canción llamada ‘Sudamerica-no’, y hubiera escuchado un verso que nunca estará de más citar, una otra vez, sobre todo en días como los que han vuelto a correr desde el 18 de octubre pasado. Para que no se diga que era imposible prever la explosión. Como constancia de que se oía venir. Grabado y avisado hace dieciocho años: “No se sorprendan si reaccionamos mal”.

David Ponce Santiago de Chile, diciembre de 2019.


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David Ponce (1968) es periodista, estudió en la Universidad de Chile y desde 1993 ha escrito sobre música popular en diarios, revistas y medios digitales. Ha trabajado en la producción de discos como “Música x Memoria” (2011), publicado por el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, y de programas de radio como “Nuestro Canto” (2016 a la fecha), que conduce Miguel Davagnino en Radio ADN. Ha escrito los libros “Prueba de sonido – Primeras historias del rock en Chile (1956-1984)” (2008) y “Lucho Gatica cuenta el bolero” (2018) entre otros, y en 2018 inició la editorial Cuaderno y Pauta para publicar libros de periodismo sobre música popular.

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