La explosión de bandas y solistas internacionales que han venido a estas latitudes durante los últimos años (en una frecuencia que, no cabe duda, se ha intensificado desde el pasado 2010) tiene dos caras que a menudo se anulan entre sí. Una es la de los precios de la mayoría de estos eventos, asaltos a mansalva a bolsillos que rara vez pueden aguantar la andanada de golpes de forma incólume. Ahí vienen las deudas, las decisiones difíciles y todo lo demás que ya conocemos de sobra. Pero también está esa otra faz. Ese momento cuando lees o escuchas el anuncio de una visita cuyo nombre te es familiar, pero jamás esperaste escuchar en la misma oración que el nombre de tu país, a no ser que hubiera un robusto y soberano “no” de por medio. Y para quienes han disfrutado sus casi dos décadas de carrera, pocos grupos parecían tan lejanos e improbables como Kashmir.