El revival ochentero a estas alturas ya no es sorpresa para nadie. Como estrategia artística (o comercial, dependiendo del nivel de cinismo de cada uno) fue un éxito rotundo, y lo sigue siendo, aunque con mucho menos factor sorpresa. Ya pasó ese momento en que cargarse al electropop o a los sintetizadores era grito y plata por defecto. Ahora, después de MGMT, Empire of the Sun y todos los demás, hay un mínimo nivel de exigencia al respecto.
Con casi un 30 por ciento del presupuesto ya asegurado vía financiamiento colectivo, el compositor Sebastián Jatz es el motor del proyecto “Reunión”, que montará la obra que John Cage realizara junto a Marcel Duchamp: Una partida de ajedrez donde todos los movimientos de las piezas son amplificados. Música tranquila e inteligente.
Uno de los puntos altos del primer día de Lollapalooza fue la impecable calidad del sonido en todos sus escenarios. Sin embargo, el viejo vicio de los problemas de audio en eventos de convocatoria masiva encontró la forma de volver en gloria y majestad, nada menos que con el último cabeza de cartel del festival. Al final, la experiencia de ver en vivo a Foo Fighters fue de dulce o de agraz dependiendo en buena parte de la ubicación en que se encontraba el espectador.
Desentendiéndose de la enfermiza puntualidad de todos los shows, y faltando 7 minutos para la hora de inicio pactada, los habitantes del Movistar Arena empezaron a pifiar nerviosamente. Mucha ansiedad y expectación se generó en torno a la presentación del norteamericano, quien aún no logra descartar del todo la chapa de fenómeno mediático, en contraposición a los que afirman en el estilo que cultiva la renovación más profunda producida en la música de baile durante los últimos años.
Lo que queda claro después de ver a MGMT es que la banda es amada por sus fans, pero un tanto incomprendida -o ignorada- por la masa en general. Tocando frente a una gran porción de los presentes en Lollapalooza, el pop sensible, sofisticado y lisérgico de los oriundos de Connecticut parecía estar, a ratos, en el contexto equivocado.
Una leyenda llegó a imponer rock a la tarde del Parque O’Higgins cuando Joan Jett subió a escena acompañada por The Blackhearts, ante la expectación generalizada de miles de personas. Los avezados, esperando ver qué recovecos de su discografía mostraría en vivo. Los fans casuales, ansiosos por los singles más conocidos. Aquellos que no la conocían (de nombre, al menos), curiosos por saber de qué iba el asunto. Y todos saltando al unísono con el comienzo de ‘Bad Reputation’.
El escenario les quedó chico a los Illya Kuryaki and the Valderramas. La explanada del Parque O’Higgins era el lugar, merecían un tablado más grande. Consideremos la expectación generada tras el anuncio de reunión de la dupla Spinetta-Horvilleur y la explicación se da por sí sola. Para muchos se trató de la reconciliación con un repertorio que hizo mella en el público local hace un buen puñado de años, y que recién ahora tuvieron la oportunidad de presenciar. Por lo mismo, la propuesta no podía ser otra que la de un frontón de éxitos, a prueba de festivales, un despliegue de sus más nobles cartas reinterpretadas con soltura y precisión.


