Los músicos que lanzan un primer álbum, si continúan haciendo carrera, deberán tarde o temprano enfrentar la presión de su sucesor. Los artistas que tienen discografías tremendas y sacan nuevo material tienen un obstáculo de mayor dificultad que superar: el legado. Que su propio catálogo sea el sistema de medición con que estas canciones “modernas” sean analizadas. Y cuando se trata del regreso de un grupo como Soundgarden, icónico dentro de su género, todo se vuelve aún más complejo.
Tras haber logrado uno de los mejores debuts de su década (y de este siglo) con “Funeral” en el 2004, había expectativas no menores en lo que podría hacer Arcade Fire a continuación. Si bien la verdadera y transversal masividad aún estaba a algunos años de distancia, era innegable que el conjunto ya había atraído la atención tanto de la prensa musical como de aquellos que están siempre a la búsqueda de “la próxima gran cosa”. En unos y en otros se repetía la pregunta: ¿cómo afrontarían los canadienses la posibilidad de sufrir el síndrome del segundo disco?
Cuando New Order comenzó el proceso de grabación del disco “Waiting for the Sirens’ Call” (2005) se creó una interesante cantidad de material, pero no todo fue usado. De esas composiciones no incluídas se rescataron las ocho que encontramos en “Lost Sirens”, cuya fecha de lanzamiento se retrasó debido a problemas de derecho de autor entre Peter Hook (a estas alturas, ya ex bajista de la banda) y los demás involucrados.
Win Butler y Josh Deu se conocieron en el colegio, entraron a la misma universidad y crearon una banda. La bautizaron Arcade Fire. El primero cantaba, el segundo tocaba guitarra. Poco a poco, se unieron nuevos integrantes. Llegó el verano del 2003 y grabaron un EP homónimo que recibió críticas positivas, en su mayoría. Cambiaron de formación. Y el frío invierno del 2004 arribó, acompañado del fallecimiento de nueve familiares de miembros del grupo. En esos momentos, el nombre “Funeral” sonaba perfecto para su disco debut.
